Páginas

sábado, 6 de diciembre de 2008

Disco: La Reina Pastrula (2008)

Solista: Rafo Ráez (Perú)

Hay un problema terrible en el Perú en lo que respecta al rock actual. Y ese problema es la ignorancia. Si tú, querido lector / oyente, te detienes en el Jirón de la Unión, que es un vía peatonal por donde transcurren cientos o, más bien, miles de individuos por hora, y preguntas al primer desprevenido, como un encuestador de institución sociológica, cuál es el mejor rockero peruano joven, lo más probable es que el entrevistado, muy suelto de huesos y con la seguridad de quien enuncia una verdad irrefutable, diga: Gianmarco o, en el mejor de los casos, Pedro Suárez Vértiz. ¿Por qué sucede esto? ¿A qué se debe tan escasas posibilidades de respuestas? ¿Y, por último, cuál es la razón por la cual nosotros, los peruanos, tengamos un gusto tan dudoso, por decir lo menos? Pues bueno, según mi parecer, los principales culpables son los medios, que reducen las opciones musicales a un puñado de perpetradores de bazofias sonoras, y, actuando a la manera de los peores dictadores, arrojan al olvido o al destierro a los verdaderos talentos, acusándolos de underground, difíciles o, incluso, poco agradables. ¿Por qué los comunicadores toman el privilegio de elegir por las masas? ¿Por qué no actúan de forma más transparente y reparten todas las cartas del juego -es decir, todos y cada uno de los caminos trazados por los diferentes músicos- y esperan a que el público, guiado por su mera intuición o preferencia estética, elija la mano con la que se debatirá en el mundo de las preferencias musicales? No lo sé. Tal vez haya intereses económicos detrás. Tal vez (cosa que es lo más probable) haya simple y llanamente estupidez en sus cabezas. Y es entonces esta estupidez la que mantiene en una perpetua ignorancia al público el cual, esperanzado en la supuesta buena iniciativa de los medios, elige únicamente entre lo que le ofrecen estos, y cree, en una suerte de ceguera cultural, que el mundo del rock contemporáneo es tan básico y esperpéntico como lo que ofrecen los mencionados Gianmarco y Pedro Suárez Vértiz.

Ahora bien, tú, querido lector /oyente, me preguntarás entonces: ¿qué otras alternativas hay en el rock peruano actual? Pues te diré una que, desde hace un largo trecho de tiempo, no es un secreto bajo inquebrantable llave, pero aún no logra la explosión de popularidad y reconocimiento que merece su obra. Y el artista en cuestión es Rafo Ráez.

Es cierto que Rafo no goza de una obra de una calidad constante. En su perenne búsqueda de nuevos sonidos, ha caído a veces en el pozo oscuro del disco fallido. Un ejemplo de esto es su penúltimo trabajo, Chasqui Change, en el cual, por tratar de dominar las teclas, diseñó canciones que bordean el abismo de lo horrible. No obstante, si hacemos las sumas y las restas, sacamos un resultado positivo en lo que respecta a lo hecho por Ráez. Este ha sido el artífice de discos tan redondos como Suicida de 16, El loco y la Sucia, Pez de Fango (en coautoría con el espléndido poeta José Watanabe), y esa cúspide melodiosa que es el Obsequio.

Pero lo mejor de Rafo no está solo en el pasado. Pues, en la línea de los mencionados discos, hace solo unas semanas sacó al mercado La Reina Pastrula, que, sin ninguna duda, es uno de los mejores productos del año no únicamente en el Perú, sino también en todo el mundo de habla hispana.

Con un sonido inaudito, que va desde lo juguetón hasta lo desaforado y violento, y pasa por lo tierno, desvariado y reflexivo, Ráez ha compuesto una amalgama de melodías y ritmos que llegan, a ratos, y con una fluidez desconcertante, a picos de genialidad que en pocas ocasiones se encuentran en nuestro hábitat sonoro. Y lo repito: no estoy hablando de la simple y talentosa perfección. Señalo, sin ninguna hipérbole de por medio, que Rafo en La Reina Pastrula linda con lo excepcional. Y esto, estimadísimo lector / oyente, hay que celebrarlo con palmas, licor y mucho rock and roll.

Pero vayamos a los detalles.

Las piezas de La Reina Pastrula son como joyas en una caja de chocolate: escogieras la que escogieras siempre te llevarás el premio mayor. Subrayaré en primer lugar las instrumentales: King Kong Palace e Incendio. King Kong Palace es una composición jazzística que procura una atmósfera entre gansteril y solemne, entre celebradora y melancólica. Incendio, de otro lado, es de aires andinos (con mayor precisión, ayacuchanos) y se asemeja mucho a Campo Minado de Corazones, un punteo de guitarra eléctrica que presentó Rafo en el Suicida de 16. Incendio, que es de un tristeza enfermiza, hunde al oyente en la explanada inabarcable de la soledad. Es, a mi parecer, como el gatillo del arma de una depresión profunda. En la Reina Pastrula hay también reflexión sobre lo nacional. Esto lo tenemos en Blanco y Rojo, en el que, alineando diferentes capas vocales, la voz dice: Yo soy peruano / rojo, blanco, rojo /pasión, quietud, pasión. Esta es, pues, una hermosa analogía entre los colores de la bandera y las características de lo peruano. En Mi Gordita encuentro alegría y buen humor, conectado con un ritmo bailable que haría las delicias de cualquier habitué de discoteca u otro lugar de diversión. Dice la lírica: Yo la quiero mucho y la quiero comer / yo la quiero mucho y la quiero tener / cerca siempre mío para fornicar / cerca siempre mío para conversar. Divertido, ¿no? Para los románticos, Ráez toca Los Amantes de Fuego, con una potencia que, gracias a la tensión de la guitarra y la batería sincopada, dibuja de manera muy sensual las pulsiones que dominan a los enamorados y que los empujan a las concreciones de los sueños de placer más salvajes. Dice Ráez: Se quieren besar / se quieren beber / se quieren pensar / los amantes de fuego / se dan uno a uno / se dan uno a dos. La pareja que persigue una imposible unidad hasta que, en ese camino desordenado y enloquecido, alcanzan la extinción crepitante que ofrecen las llamas del fuego. ¿Y la genialidad? ¿Dónde está la genialidad? Si eso deseas, querido lector / oyente, pues te invito a prestarle atención a Pueblo Jardinero. En un crescendo hermoso, esta canción parece dirigida a penetrar el alma del escucha y dominarla por unos breves minutos hasta hacerle recordar el platónico mundo de la ideas. Pueblo Jardinero es el sumun de la peripecia musical de Ráez en este disco, pues, con una sencillez que conmueve y perturba, elabora un discurso lírico que confunde y maravilla como el sueño del estremecedor opio o el retozar blando luego del amor perfecto. Un detalle de la lírica: Pueblo Jardinero / está clara la cosa / la espina es la hermana de la rosa / no es un sacrificio / la tierra es morirse / seré un jardinero de raíces / si muero.

¿Seguirás, pues, estimado lector / oyente, prefiriendo a Gianmarco o Pedro Suárez Vértiz? ¿Continuarás creyendo que el rock se limita a lo indicado por nuestros comunicadores obtusos (de los otros, de los inteligentes, también los hay, pero, lamentablemente, son pocos y están en extinción)? ¿Pensarás que Pedro Suárez Vértiz es nuestro Bob Dylan, como dijo alguna vez Jaime Bayli -ese excelente periodista político, pero pésimo escritor y peor crítico de arte-? Por favor, espero que cambies de opinión y le des una oportunidad a Rafo Ráez, quien, de seguro, no te decepcionará y al que, luego de apreciarlo, no lo considerarás de ninguna manera como nuestro Bob Dylan nacional, sino, orgullosa y definitivamente, como nuestro único e incomparable Rafo Ráez.
Julio Meza Díaz

You Tube y los amigos que suben música:




domingo, 16 de noviembre de 2008

Disco: Cuentos Chinos para niños del Japón (2007)

Grupo: Love of Lesbian (España)

En la actualidad, en la lejana madre patria, hay una movida pop muy interesante. Con sonidos delicados y armoniosos, algunos grupos le están insuflando un nuevo espíritu a su tradicional música popular. Sin embargo, en esta parte del mundo -latinoamérica-, se desconoce casi por completo lo que sucede en España. En las radios o programas de televisión, sólo se da espacio a proyectos demasiado comerciales (por ejemplo, la Oreja de Van Gogh) y hasta estúpidos (ahí tienes, querido lector / oyente, a Alejadro Sanz o Enrique Iglesias). Al otro lado del charco, hay creadores tan interesantes que, me parece, deberían obtener una mayor difusión por estos lares. Acá, se les llega a conocer únicamente por contactos personales o, de manera más amplia, por los excelentes blogs de propaganda y crítica (toma nota del siguiente: misterpollo.blogspot.com). En esta ocasión, pues, hablaré de uno de los protagonistas de esta nueva generación de talentos: Love of Lesbian.

Aunque comenzaron cantando en inglés, este puñado de barceloneses ha sacado a la luz un par de discos en español que conforman lo último de su excelente carrera artística. Un buen melómano como tú, estimadísimo lector / oyente, debe tener entre sus archivos las siguientes joyas: Maniobras de Escapismo (2005) y Cuentos Chinos para niños del Japón (2007). Para mí, este último trabajo es de una calidad estética tan notable que, desde su primera apreciación, conmueve de modo rotundo y genera una necesidad adictiva a su sonido. Las canciones de Cuentos Chinos para niños del Japón no son simples estructuras de melodías ligeras y tiernas. El estilo que impera entre estos tracks va más allá de la mera realización de un producto agradable para el oído corriente. En estas logradas piezas, se puede detectar el oficio cuidadoso de unos creadores que dominan la materia sonora. Gracias a esta capacidad, según sus deseos y aspiraciones, obtienen formas musicales ingeniosas, de tonos que van de lo festivo a lo melancólico y de una carga expresiva que sorprende por su transparencia y, a la vez, complejidad.

Cuentos Chinos para niños del Japón arranca con una pieza que posee una suavidad que hipnotiza y atrae. Esta es Universos infinitos que, con una guitarra acústica y otros artificios, brinda la entrada correcta para lo que será la atmósfera general de la producción: un espacio sónico de alegre melancolía. La lírica suelta: “Ahora dicen que hay muchos más universos / infinitos como el nuestro / dime si no es para volverse loco / ¿no te sientes más pequeño?”. Quizás esta sea una forma de referirse a su propio universo creativo. Un guiño intertextual de apertura del conjunto. Noches reversibles sigue con la misma lógica. Un fondo suave, sin muchas pretensiones, pero que seduce con efectividad. Es como cada uno de los giros casi imperceptibles de un trampolín vertiginoso que conduce al placer de los oídos. La voz canta: “Si pudiera transformar nuestras noches en ciclos sin final / podría ser tan fácil, sería espectacular si fueran reversibles aquellas noches de incendio”. Se hace mención, pues, a la imposibilidad de volver al pasado. Inmediatamente después, el disco tiene una transformación interesante, pero que no destruye la lógica general. Con Villancico para mi cuñado Fernando, Love of Lesbian opta por darle un ligero cambio a su estilo: acelera sus cuerdas, hace malabares verbales y torna lúdico su sonido. Dice la voz en los coros: “Te acabas de buscar la ruina / y ahora yo empiezo a reaccionar / mis brazos se mueven como aspas de ventilador / me da igual que sea navidad / con hilo dental pienso hacerte la circuncisión”. La violencia se impone en una relación familiar quebrada por desavenencias. En “Me amo”, que constituye un alegato feliz sobre la autoestima más desmesurada, se aprecia con claridad los chispazos virtuosos y juguetones que marcan esta parte de Cuentos Chinos para niños del Japón. La lírica detalla: “Soy un ser divino / ven a adorarme / qué buena suerte / amarme tanto”. Evidente auto aprecio, ¿no? Y, por último, comentaré la canción que me ha subyugado: Shiwa. Aunque no comparte el sonido del resto del conjunto, es tan encantadora que, empujado por su mensaje pacifista, estuve a punto de cambiarme de religión y flotar por las aguas mansas de las doctrinas sencillas pero iluminadas. Esto no lo digo nunca, querido lector / oyente, de modo que presta atención: quizás Shiwa, gracias a su redonda belleza, pueda cambiarte la vida definitivamente.

Y bueno, ¿se llegarán a popularizar discos tan contundentes como Cuentos Chinos para niños del Japón? ¿Tendremos que seguir escuchando en las radios bodrios españoles semejantes a David Bisbal? ¿Nuestras quinceañeras latinoamericanas y demás féminas de dudoso criterio continuarán pensando que Alejandro Sanz es un gran letrista y se yergue como el non plus ultra de la composición en la península ibérica? ¿Alguien reconocerá que el pop de la madre patria no murió con Mecano o con los trabajos ochenteros de Miguel Bosé? ¿Quién nos podrá salvar del terrible destino que le esperan a nuestras oídos? ¿Colgarán a los DJS de marras que se rigen por el gusto (o estupidez) de las mayorías? ¿Maldita sea, vendrá el Chapulín Colorado y asesinará a los dueños de las enormes disqueras idiotas?... Sólo hay algo cierto, finalmente: el mundo de los sonidos gratos no se limita a las obras de un puñado de autores archiconocidos y archibabosos; después del horizonte del dial, hay más, mucho más. Querido lector / oyente, libérate, y ve tras ese infinito de placer.
Julio Meza Díaz


Youtube y sus virtudes:






miércoles, 29 de octubre de 2008

Disco: Helville De Luxe (2008)

Solista: Enrique Bunbury (España)

Algunos de mis amigos, fanáticos de Héroes del Silencio, me habían afirmado que el ex vocalista de dicho grupo era, en la actualidad, un pésimo cantautor. Dudando de esas palabras, me atreví a juzgar por mí mismo la calidad compositora de Enrique Bunbury. “No quiero dejarme llevar por opiniones de otros”, me dije, y conseguí el Helville De Luxe, el último disco del pelucón español. Y, como sospechas, querido lector / oyente, lo escuché de inmediato, con las ansias que proporciona una curiosidad inapagable. A continuación, luego de la primera experiencia, cavilé: “De repente necesita otra oportunidad”. Y, con ese razonamiento, me metí por las orejas la música de Bunbury como una docena de veces. Finalmente, exhausto, y con la repulsión del que ha probado por terquedad mil pestilencias, vomité mi juicio inapelable: “El Enrique este, para no desperdiciar su tiempo, y el de sus escuchas, debería emplear el resto de su existencia en oficios más adecuados para su talento. Quizás la contabilidad o la ebanistería sean lo indicado para su desarrollo vital”.

Sucede, pues, que el Helville De Luxe es un disco fallido por donde se le analice. Sus canciones carecen de la menor audacia creativa, y parecen cortadas por la tijera de un autor no mediocre, sino más bien evidentemente pésimo. No basta con manejar una voz de registro considerable, estar vestido con los ropajes de la fama del pasado y, además, tener el respaldo de alguna disquera poderosa. No, todo eso no es suficiente. Para hacer buena música, se requiere de trabajo constante y de una luz (dícese, por la mayoría, inspiración) que recoja y organice de manera destacable el conocimiento de la tradición a la que uno se inscribe. Y ese es el gran error de Bunbury. Pareciera que no está informado más que de los referentes de su antigua banda, Héroes del Silencio, y no hubiera tratado de acumular las experiencias de otras estéticas. El Helville de Luxe suena a Héroes del Silencio, pero en su versión más sosa y aburrida, y sin ningún destello en particular.

Comentar por separado las canciones de Bunbury es un ejercicio vacío. Cada una de ellas arrastra una torpeza que hastía e incluso amarga. Pues molesta (sí, lo digo con todas sus letras: molesta) que alguien que fuera considerado un gran artista allá por los 80 y 90, en la actualidad no sea más que la sombra pálida de su propia sombra. Las migajas restantes del gran banquete de la música.

“¿Tenían razón mis amigos?”, pienso. Pues sí. Es triste pero cierto: Enrique Bunbury es un pésimo cantautor. Si desean comprobarlo, adquieran el Helville de Luxe, y vayan pensando, desde ya, qué harán con el disco. Les doy una sugerencia: úsenlo de frisby.

Julio Meza Díaz.

Gracias a You Tube:





jueves, 16 de octubre de 2008

Disco: No sé si es Buenos Aires o Madrid (2008)

Solista: Fito Páez (Argentina)

Recuerdo que en los 90, cuando me encontraba en el colegio -estuve gran parte de mi niñez y adolescencia en el San Agustín, esa ultra conservadora institución educativa que se ubica en Lima, en un barrio pudiente llamado San Isidro-, cuando estaba en quinto o sexto grado de primaría, comentaba, había datos de mi persona que guardaba como secretos de gran valor sentimental. Por ejemplo, nunca le decía a nadie, ni a mis más cercanos compañeros, que era un filatélico empedernido que, con una lupa de por medio, me pasaba horas contemplando las imágenes diminutas de esos papelitos los cuales, pese a su ínfimo tamaño, poseen para los conocedores una inmensa estima artística y monetaria. Otra de las intimidades que no sacaba a la luz era mi gusto por la música rock, y, sobre todo, por el placer que me despertaban las melodías exquisitas de Fito Páez. ¿A qué se debía esta vergüenza? Pues a un hecho execrable. Sucedió en una actuación en el San Agustín. Un grupo de estúpidos y carentes de talento, empuñando con torpeza instrumentos musicales, ejecutaron la peor versión que he escuchado de Mariposa Technicolor. En los coros, dando muestras de un idiotismo palpable, estos chiquillos, en vez de repetir el título de la canción, gritaban a voz en cuello: “¡Fito Páez es un cabrón!”. Que fuera verdad o mentira esta frase era lo de menos. El problema se centraba en que, desde ese momento, en el inmenso ámbito del San Agustín, se condenó a cualquier escucha de Páez al exilio absoluto y a la mofa más pérfida.

En la actualidad, el asunto me causa gracia, por supuesto. Pero en su momento me generó una enorme preocupación. Si, empujado por un arrebato, daba a conocer mi recóndito gusto por el talento del rosarino, pagaría caro mi audacia; de modo que esto lo oculté hasta mi último tarde en ese detestable colegio. Pero, por suerte, la vida siempre da revanchas. Y, en estos días, en que gozo por completo de mis libertades individuales, puedo gritar a medio mundo que, luego de Spinetta y Charly García, y junto a Cerati y Andrés Calamaro, me parece que Fito Páez es uno de los grandes artistas gauchos que más aprecio. Por este motivo, cada vez que este compositor presenta un nuevo álbum, lo disfruto hasta el cansancio auditivo y, además, lo celebró como la llegada de una nueva esperanza en una vida gris.

El disco que ha llegado a mis manos se titula No sé si es Buenos Aires o Madrid. Como algunos saben, no es un producto de estudio, sino la grabación en vivo de algunas de las piezas más destacables de Fito. Si hay algo que las liga, es la estética plasmada por la exigua cantidad de recursos instrumentales. Al igual que en el caso de su penúltimo trabajo, Rodolfo, en esta oportunidad hay canciones que son acompañadas únicamente por las armonías vibrantes de un piano de cola. Encuentro otra constante también, y es la respuesta enfebrecida del público. Cuando escucho un concierto semejante, concluyo lo siguiente: un buen cantante es aquel que despierta pasiones no con uno o dos hits, sino con decenas o, tal vez, centenas de canciones, que su fans disfrutan y conocen de manera parecida a los religiosos frente a sus oraciones místicas.

No sé si es Bueno Aires o Madrid abre bellamente con 11 y 6. El respetable aclama y Fito, con una voz limpia y sus teclas melodiosas, suelta: “En un café / se vieron por casualidad / cansados en el alma de tanto andar…”. Es la tierna historia de una pareja de niños que disfrutan del amor y la libertad de un modo conmovedor y poco ortodoxo. Más adelante se escucha su clásico El amor después del amor. Con una apertura inusual, Fito quiebra la melancolía del piano añadiéndole mucha más melancolía: “El amor después / del amor tal vez / se parezca a este rayo de sol…”. ¿Hay algo mejor que la experiencia del amor luego del amor? A mi parecer, y guiado por la lírica de esta canción, sólo sabemos en verdad del amor cuando se da luego de otro amor. ¿He usado demasiadas veces la palabra amor, no? Bueno, es que en los últimos días, por un mero afán dramatúrgico, le he dado vueltas a ese término tan inexplicable y, a la vez, hermoso que es el amor. Luego, la sorpresa del disco: Contigo, original de Joaquín Sabina, cantado por Fito y por aquel madrileño de ronca garganta y verbo afilado. Dice el estribillo: “Y morirme contigo si te matas / y matarme contigo si te mueres / porque el amor / cuando no muere mata / porque amores que matan / nunca mueren”. Enredado pero certero. Ese juego de palabras carga una verdad poética que he comprobado en más de una oportunidad. Con un piano de teclas alegres, Dar es dar es entonada por Fito como quien hace música en una cantina para beodos felices. “Dar es dar / y no marcar las cartas / simplemente dar”, dice Fito, y, de esta manera tan sencilla, pero profunda, aclama positivamente el desprendimiento en sus diversos matices. Y, para acabar, Mariposa Technicolor, en su enésima versión que, sin embargo, todavía fascina a los escuchas y a este triste comentarista.

Y bueno, ¿habrá todavía algún chiquillo que, por temor o vergüenza, no quiera dar a conocer sus gustos musicales? Espero que no. Porque, si hay algo que, de acuerdo con mi experiencia, brinda placer, es gritar a los cuatro vientos el gozo que nos proporcionan ciertas obras de arte. Esto es lo que me motiva, por ejemplo, a seguir escribiendo estos textos, y a chillar, sin miedo alguno, que SOY UN MELÓMANO QUE DISFRUTA DE FITO PÁEZ, como de tantos otros cantautores. He dicho.

Julio Meza Díaz

Gracias a You Tube:










viernes, 10 de octubre de 2008

Disco: Cumbia (2008)


Grupo: Bareto (Perú)

He puesto el disco Cumbia, de Bareto y, como si una fuerza animal naciera de mis entrañas, me pongo de pie y comienzo a bailar, entregado a la alegría de los sonidos de la selva y a una suerte de relectura de la psicodelia más sensual.

***

Arrancaré mi crítica con una afirmación tajante: Bareto es una de las grandes revelaciones peruanas de lo que va de la década del 2000. Corriendo el riesgo de ser rechazados por su estética -pues en nuestro medio se privilegia demasiado la lírica y se menosprecia los grupos meramente sonoros-, emprendieron un proyecto que, en su primera etapa, demostró una influencia básicamente anglosajona. No obstante, en sus declaraciones a la prensa y en una pieza en particular -La calor-, ya daban visos de su interés por la música mestiza, es decir, el arte melódico del occidente más añejo recogido por nuestros pares, reelaborado y presentado con características propias, novedosas y mixtas.

Con Cumbia, su último disco, Bareto ha conseguido llevar muy lejos esta preocupación por los estilos selváticos y andinos tropicales. Sin lugar a dudas, el resultado final de su búsqueda ha sido deslumbrante: entre sus piezas, encontramos ritmos clásicos ejecutados con maestría; arreglos que echan mano tanto del saxofón huancaíno como de la guitarra más aguda y trepidante; golpes furiosos de batería que destacan en una atmósfera que, en su versión antigua, trataba de silenciar la violencia de este instrumento; y gritos felices que celebran, en cada clímax musical, la pasión de estar haciendo una armoniosa combinación de sonidos excitantes.

***

Sigo bailando con un júbilo que no había sentido desde hacía mucho. No obstante, algo quiere detener mi goce: estoy sin pareja y, en esta clase de trances -actos dancísticos cercanos a lo orgiástico-, se requiere de una acompañante de naturaleza voluptuosa y arrebatadora. Sin dejar de moverme, tomo entonces el paquete de Cumbia y lo observo con minuciosidad. En los interiores, hay una reina que crece entre flores gigantescas, haciendo vibrar sus carnes generosas y batiendo su cabellera abundante hasta lograr la crispación del macho más inocente.

***

Aunque todas las piezas de Cumbia son destacables, quiero señalar con especial énfasis el segmento dedicado a Juaneco y su combo. En Vacilando con ayahuasca, encuentro una guitarra que, tocada con un talento que sobresalta, empuja la pieza a un vértigo de locura. Ya se ha muerto mi abuela es más relajada, pero no por ello carece de detalles importantes: los vientos le insuflan una fuerza que hace trepidar los pies incluso a los duros como tabla. A continuación, en Mujer hilandera y A la fiesta de San Juan, la guitarra vuelve a ponerse de relieve: guían el ritmo a una velocidad que inquieta y alegra, que envuelve y somete de forma determinante. Un brillo aparte es el manejo de los coros: son de una potencia carnavalesca que contagia. Alejado por estilo del Juaneco y su combo, pero incluidos en un mismo género, Soy provinciano, original de Papá Chacalón, es una joya por su mezcolanza musical: con vientos andinos, y una percusión lindante al reggae, genera una ambiente melódico, tierno y relajado, que invita a la apreciación detenida de las notas y a la nostalgia del terruño dejado atrás. Llorando se fue, de los Kjarkas, es interpretado con una velocidad motivadora, dirigida por los vientos contundentes que, como si hablaran con radicalidad, parecen retar a los bailarines avezados a intentar perseguir su compás enfebrecido.

***

Ahora no estoy solo: en un giro real maravilloso, la mujer del interior del disco se sacude con su cuerpo pegado al mío, sus caderas se bambolean con ánimo candente, y yo, que, a esta altura de las circunstancias, ya perdí mi característica timidez, entre gestos temblorosos y dubitativos, acerco una mano curiosa y toco eso que se estremece y palpita, esos bultos que me encandilan y que me atrapan y me sumergen en la loca pasión, al rito de la lujuria feliz y sin trabas. “Oh, mi selvática quimera”, pienso, entregado al movimiento puro.

***

Por último, tengo que decir que Bareto no sólo ha conseguido un excelente disco. Con su eclecticismo profundo, ha vinculado a ciertos sectores representativos de la capital, Lima -como los estudiantes universitarios, los habitúes de Barranco y un puñado de seguidores de distinta procedencia-, con los círculos más lejanos de la sierra y la selva. Mestizaje, le dicen a este resultado. Y, en un país de tantas y tan diferentes sangres, hay que celebrarlo. ¿De qué manera? Pues escuchando el Cumbia de Bareto, y agitándose con los bamboleos de una selvática liberada. He ahí el mejor elogio para tan excelente disco. ¡Bareto, vamos a la fiesta de San Juan!
Julio Meza Díaz

You Tube y sus videos:




sábado, 13 de septiembre de 2008

Disco: ? (2007)


Grupo: Bersuit Vergarabat (Argentina)

Con una vergüenza que roza el malestar físico, debo confesar que, sobre el tema en el cual me quiero especializar como crítico -el rock iberoamericano-, no manejo una cultura tan amplia que abarque la totalidad de mi universo de observación. Pese a esta carencia, hay un de detalle que quizá me absuelve de la terrible culpa: mi ansia de conocimiento. A cada persona nueva que conozco, le pregunto al respecto de sus gustos musicales y, con mayor exactitud, sobre su posesión de discos de rock en español. Este método, sin embargo, no me ofrece una ampliación drástica en mis nociones previas del asunto que trato. Pero, aunque tú no me lo creas, estimado lector / oyente, me ha permitido escuchar, entre una serie de grupos-basura, una que otra joya que vale la pena rescatar, limpiar y exhibir para su apreciación pública. Esta semana, por ejemplo, mientras estaba atrapado en la redacción de un documento jurídico -me desempeño en el área de asesoría legal de un ministerio-, escuché a lo lejos, es decir, a unos diez metros de distancia de mi escritorio, unas melodías que no caían en el facilismo de la sencillez pop, sino que lucían un mar de movimientos sonoros que me dejó pensativo por un momento. “Caray”, me dije. “¿Qué grupo es ese?”. Dejando mis labores a un costado, me acerqué al compañero que lanzaba desde su computador aquellas piezas musicales que me habían hipnotizado.

-Dime, ¿qué bandas en castellano te vacilan? -le inquirí.

-A mí solo me gusta una -me respondió el compañero, con un gesto de seguridad desconcertante.

-Y, ¿cuál es esa?

-Bersuit Vergarabat.

Y sentí como si me hubiera metido una diestra certera en la quijada: yo desconocía por completo a ese grupo. No obstante, con la ayuda de mi compañero, ingresé a ese mundo raro pero bello que es la obra de Bersuit Vergarabat.

Por supuesto, no te aburriré, estimado lector / oyente, con la detallada narración de mi experiencia con cada uno de los discos de la mencionada banda. Como es costumbre en mis críticas, solo me referiré a la última producción en estudio. En este caso, por suerte, fijaré mi juicio en una obra de regular calidad, que, pese a sus altibajos, da muy buenas luces de la capacidad actual, pero sobre todo del potencial latente de Bersuit Vergarabat.

? es el nombre del trabajo en cuestión. De manera general, se puede decir de este que es un ambicioso proyecto. Lo que se han propuesto los integrantes de Bersuit Vergarabat es hallar su estilo en el crisol de las formas. No se detienen en un único sonido, sino más bien experimentan con una multitud de posibilidades. Escuchar ? es abrir las orejas a ritmos tan disimiles como la cumbia, el rock, la murga, el electrónico, la balada y a un largo etcétera.

? empieza con Laten Bolas. Con un arranque discotequero, las guitarras arman una capa sónica de gran fuerza. Mientras tanto, la voz dispara: “Yo no creo en la suerte / ni en error ni accidentes / solo veo mandatos / que acechan inconscientes / que te atan las manos / o te cortan las piernas / el deseo es estéril / el misterio supera siempre…”. ¿La testosterona como leitmotiv del hombre? Al parecer eso es lo que tratan de decir los Bersuit Vergarabat. Manejando un ritmo festivo, con unos tambores que remiten a la murga y una voz con aires punk, en Mi vida se canta lo siguiente: “Me resisto a tener un celular / como un perro que no quiere su collar / será que por el mundo no me quiero dejar encontrar / y controlar a otro no nos hizo bien / así fue como aprendimos a querer…”. Aquí se detalla, pues, las manías y demás características del personaje que construye la canción. Personaje que, por cierto, se identifica con una serie de gustos muy particulares. De tintes más rockeros, Rebelión es un grito contra el entorno enfermizo. El vocalista afirma: “Millones escasos / penosos retazos / a todos nos falta un pedazo / dientes apretados / siempre enojados / esclavos de los resultados…”. Quizás esto se explica por el desencanto ante una existencia insoportable y trastornadora. Con pincelazos de balada romanticona, Luna hermosa es un canto amoroso al satélite de la noche. La lírica, que conmueve por su sencillez y ternura, dice lo siguiente: “Esta luna es pura belleza de una imposible perfección / carga una luz milenaria que no se aguanta / la divina sabe la receta para un amor bien animal / e invita a beber a los hombre cuando está llena…”. ¿La luna como influencia determinante en las acciones de los hombres? Quién sabe, pues, si bien es cierto que rige los vaivenes del mar, ¿por qué no de un bravo macho? Finalmente, la que para mí es la joya del disco: El lechero. Con una atmósfera que invita a la diversión y al goce del más puro humor, las letras dictan: “… Probar mayonesa / o un chongo que baile arriba de la mesa / cualquier desparpajo / acrobacia del tajo / cascada, frotada, masajes nalgales…”. El lechero es, entonces, un servidor sexual que, con alegría y desvergüenza, ofrece sus diversos talentos a una muchedumbre de necesitadas (os) de afecto espiritual y cariño corpóreo.

¿Y es un buen o mal disco? Es uno recomendable. Y, también, es una excelente manera de ingresar al rico universo de Versuit Bergarabat.

¿Y seguiré preguntando a fulano y mengano qué está escuchando ahora? Sí, por supuesto. Y, antes que nada, tendré las orejas bien limpias para encontrar aquí o allá, bajo un árbol o detrás de una puerta, un buen disco de rock en español.

Julio Meza Díaz

You Tube y lo suyo:





jueves, 21 de agosto de 2008

Disco: Un mañana (2008)

Solista: Luis Alberto Spinetta (Argentina)

¿Quién soy yo para criticar la última obra sonora de uno de los genios de la música contemporánea? Desde la perspectiva más optimista, frente a Luis Alberto Spinetta, mi persona no es más que una hormiga contrahecha. O, quizás, algo peor todavía: un protozoario moribundo de lodazal. Y se me ocurren ejemplos más drásticos, pero me parece que lo que trato de decir se entiende muy bien: no soy nadie ante Spinetta. Sin embargo, tengo que declararme un atrevido desvergonzado, pues emplearé mi humilde pluma para comentar Un mañana, interesante producción que demuestra que, para hacer rock del bueno, a veces se requiere una edad avanzada y un espíritu de lucha inapagable.

De manera muy general, puedo decir que Un mañana se circunscribe dentro de los rasgos jazzísticos con que Spinetta ha venido tiñendo sus últimas obras. No obstante, hay momentos que escapan de la regla, y logran alcanzar picos sublimes, en donde se reconoce un genio inaudito. Sin duda alguna, este trabajo es una demostración más de que Spinetta es todavía ese monstruo super evolucionado que reina en ese mundo alucinante que es el rock argentino.

Pasemos a los detalles.

El disco empieza como un llamado a la puerta: una batería golpea reclamando suma atención. Es La mendiga, que no muestra nada nuevo dentro del universo reciente de Spinetta, pero tampoco desluce sus logros. Mientras al fondo hay un conflicto armonioso entre el piano y los tambores, la voz canta, en un desarrollo verbal intrincado: “…No fue tu amor lo predecible al fin / cuando él se marchó / y se ocultó de tus ojos / tus ojos de estrella / en la tempestad…”. La lírica de Spinetta no deja dudas: es una de las más elaboradas del rock en español. Más adelante, con un estilo que desperdiga elegancia, está No quiere decir. Con los punteos acerados de una guitarra agudísima, Spinetta suelta: “Aunque el sol te abrigue no quiere decir que no tengas más frio / y si la luna se cubre no quiere decir que no tengas su luz / cada día es la mañana desnuda y tu corazón tiene prisa…”. La tendencia de Spinetta es emplear rasgos jazzísticos para acompañar sus letras que son manufacturas de gran precisión y resonancia. A continuación, Hidra al sol es de una forma cercana a lo que el músico argentino empleó en la década del 70: con una guitarra acústica, la voz tiembla y se debata entre las variaciones de registro, que van desde finos quiebres, hasta momentos ligeramente roncos. La lírica entona: “Oh, mi amor / dime cuándo quema el sol / con mis manos haré brisa para que no / oh, dime si podré jugar / sin los sueños la armonía no tiene lugar…”. Con trazos de una tensión creciente, Hombre de luz es tal vez la pieza más singular. Consiste en una atmósfera sonora que trata de recrear el vacío del espacio exterior. La voz canta, con tono frío: “Hombre de luz que vuelas al espacio / señálame la ruta al sol / quiero estar allí / volando…” Alucinante, ¿no? Para cerrar, Spinetta vuelve a los pincelazos jazzísticos, y suelta una letras transparente, que cae en el plano de lo erótico: “Tus ojos vagan tristes / haciéndose en las sombras / mientras la noche abrigue, amor / yo subiré a tu alcoba /y en tu cielo me reuniré / en tus labios me perderé / para soñar”. Se escucha, pues, un Spinetta que festeja con alegría los placeres de la carne. Y, de este modo lúbrico, pone punto final a Un mañana, su más reciente disco.

Y bueno, sólo me resta preguntarte, querido lector / oyente, si estuve a la altura de Spinetta. Claro que no me hago ilusiones. Me contento con que me digas que he abrazado su tobillo y que, desde mi profunda pequeñez, he observado el destello en los ojos de ese gigante, viejo y genial músico argentino que se configura como la muestra viva que, pese y justamente debido a sus casi sesenta años, el espíritu de un hombre maduro aún puede florecer. ¡Y de qué gran manera!


Julio Meza Díaz

You Tube y su virtudes: