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sábado, 14 de junio de 2008

Disco: Plástico Divino (2008)

Grupo: Dolores Delirio (Perú)

-Tus críticas llevan una misma estructura -me señaló una estudiante universitaria-. Presentas al grupo en cuestión. Hablas de su último álbum. Describes algunas de sus canciones. Y, al final, cierras con una frase de aire reflexivo. ¿Por qué insistes en seguir esa línea?
-Bueno, quizás se deba a que la mecanización hace más fácil un trabajo -le respondí, un poco fastidiado por su observación.
-Y dime, ¿sobre qué vas a escribir ahora?
-Tengo varios discos en proceso de escucha. Pero en estos momentos le estoy prestando más atención al de Dolores Delirio: Plástico Divino.
-¿Qué vas a decir sobre ese cd?
-Bueno…

1998. Parque Kennedy. Rodeados por adolescentes que visten camisas afraneladas y botas de leñador, los integrantes de Dolores Delirio atrapan sus guitarras y rompen el silencio con un punteo envolvente. Ha comenzado “No ves el sol”. Ganas el tiempo que suelo perder. También el dinero que nunca tendré. Aunque dicha canción lleva impresa en su sonido la estética de los 80, en estos días ya es un clásico contemporáneo del rock no comercial. Los asistentes se entusiasman y, mientras agitan las cabezas y siguen el ritmo con el pie, alzan las voces hasta convertirlas en un solo grito ronco y sentido. No ves en mi rostro la misma expresión. Aunque eso te cause quizás decepción. Los trajes oscuros de los muchachos de Dolores Delirio contrastan con la luna llena que está particularmente blanca. Y, como si esto les hubiera despertado un espíritu lobezno, algunos entusiastas de entre el público aúllan con frenesí, llegando a un estado de verdadero paroxismo. Mira este sol. Ve la lluvia caer. Y esta flor del desierto en la luna. Observa estos niños bañados en barro. Somos… Somos tú y yo.

-Bueno… de acuerdo con mi punto de vista, señalaré que no es un disco redondo. Contiene piezas regulares. Pero también hay de las buenas. Y de las que son muy buenas.
-¿Cuáles son estas últimas?
-A mí me parece que son Cielo - Infierno, Histeria, (Ultramar) Azul y, sobre todo, Jardín de estatuas. Esta última creo que está trazada con mucho talento. Define el nuevo sonido de Dolores Delirio. Entre lo electrónico y el rock guitarrero. Algo muy lejano a su inicial tendencia ochentera. Pero hay algo más importante que estos detalles.
-¿Y qué cosa es eso?
-Bueno…

2008. Vocé. El público, que está conformado por jóvenes y adolescentes, aguarda a que inicie la siguiente canción. Los muchachos de Dolores Delirio afinan los instrumentos, sueltan un arpegio agudo y arranca una vibración inquietante. Los oídos de los asistentes reconocen la tonada. “¡Histeriaaa!”, grita uno, y todos se mueven al ritmo del golpe de las baquetas, manteniendo un gesto de furia contenida. Vuelo despacio y así soy fatal. Si acelero seré un suicida. Algunos levantan los brazos y los sacuden una y otra vez, mientras dan ligeros saltos sobre su sitio. La atmosfera se torna tensa, pues cada vez hay más gente entonando la lírica. La risa es porque nunca maduré. Mi silencio, tu obsequio porque ya quemé. Pese a los reflectores y los rayos de luz, el ambiente es lúgubre y compacto, y da la sensación de incrementar la fuerza que despiden los parlantes y las gargantas de los asistentes. Los cuerpos reaccionan, y hay empujones y danzas extrañas: se arma un conato de pogo. Ven, anima mis desvelos y complace todos mis deseos. Tan fáciles de odiar. No me das tiempo a protestar. Ya me disfrazaste de maldad.
-¿Y qué es lo importante?
-Que Dolores Delirio, pese a la muerte de uno de sus guitarristas, pese a los cambios entre sus miembros, sigue en pie, haciendo canciones destacables. Que, aunque tienen ciertos márgenes por entre los cuales va su estilo, han sabido evolucionar: Dolores Delirio de los 90 no es el mismo que el del 2000. Y aún enciende pasiones, muchas pasiones.
-En fin. Si es como lo describes, escucharé el disco… Una cosa más: ¿continuarás con la misma estructura en tus críticas?
-Estoy pensando en hacer lo mismo, pero con cierto toque distinto, al igual que la música de Dolores Delirio a lo largo de su carrera.
-Ah mira, qué interesante.
-Sí, pronto lo leerás.
Julio Meza Díaz

Gracias a You Tube y a los que suban los videos:





domingo, 1 de junio de 2008

Disco: Humo y Espejos (2008)


Grupo: La Monja Enana (España)

A inicios del nuevo milenio, explotó en España una bomba compuesta de melodías dulces y una actitud que se inclinaba entre lo aguerrido y lo rosa. Los críticos, los periodistas especializados y el público en general, llamaron a esta dinamita sonora con una palabrita un tanto despectiva: Tontipop. Fueron muchos los grupos que practicaron dicho género (entre los más destacados, cito a los siguientes: Blas y Las Astrales, Los Fresones Rebeldes, La Casa Azul, Meteosat, Niza, etcétera), pero muy pocos de ellos continuaron en la brega, y casi ninguno construyó una obra sólida que perdurará más allá de la moda y los requerimientos del mercado. Entre los sobrevivientes, que sí lograron hacer de una estética generacional su sonido propio, y, además, se popularizaron fuera de las fronteras de su país, podemos hallar al excelente proyecto denominado La Monja Enana.

Con seis discos en su haber, este 2008 han presentado al público el que, a mi parecer, es su mejor producción: Humos y espejos. Sin alejarse de su sonido con aires infantiles, La monja enana ha compuesto doce temas que, sin mucho esfuerzo, logran demostrar que la creatividad musical a veces requiere de pocos elementos para expresarse con plenitud. En Humo y espejos (y como en toda la discografía de este grupo español), no hay grandes performances sonaras, tampoco la voz se disfuerza en demostraciones vacías de histrionismo, mucho menos se procura una lírica barroca e ininteligible. Sólo con la simpleza (que no es igual a la estupidez de varios grupos pop), La monja enana ha logrado capturar su belleza, una que causa admiración, enternecimiento y alegría. Una rosa feliz que exuda imaginación.

Paso a analizar el disco Humo y espejos.

Pessoa, a través de su heterónimo Álvaro de Campos, escribió lo siguiente: “Todas las cartas de amor son ridículas”. Según mi perspectiva, dicha afirmación se puede extender a las canciones. Para comprobar lo que digo, sólo basta encender la radio y escuchar el hit romántico de turno. Sin embargo, pese a ser ridículas, debo aclarar que hay composiciones sentimentales de las buenas y de las malas. Y, en Humo y espejos, se puede encontrar un ejemplo de las primeras. Con una guitarra eléctrica sin pretensiones, Canción de amor n° 3, demuestra que se puede hablar de forma inteligente del sentimiento más humano. Dice la voz, con ironía: “Por ti voy a escribir una canción de amor / llenaré el escenario con músicos de sesión / hablaré de mi bañera, de colillas y café / con citas y referencias que sólo yo entenderé”. ¿Una burla o una canción de amor? Pues es una meta canción. Una canción de amor que habla sobre las canciones de amor. Inteligente juego, ¿no? Más adelante, se encuentra Café Kafka. Con un secuenciador de fondo, la cantante le rinde tributo al escritor de Praga con unos versos inquietantes: “Leo mi esquela en el diario / asistiré a mi funeral / empiezo a sospechar que algo no va bien”. A La monja enana le gusta la literatura, ¿no? Claro, pero tampoco le produce asco las matemáticas. Con mayor complejidad sonora, en Ciencia en la vida cotidiana suena: “Tardé a fichar, me quedé a resolver un problema complicado / la tensión superficial entre pompas de jabón me ha costado el trabajo / le he cogido antipatía al incremento de entropía”. Unas piezas después, se hace referencia a al cine, mencionando un tipo de equívoco en la filmación, que se denomina Fallo de raccord o Error en la continuidad. Dice la voz en Raccord: Entro en mi cuarto / noto que algo no es igual / es un decorado, no parece de verdad / las paredes de mi habitación / no han tenido nunca ese color / se ha producido un fallo de raccord. En Héroes del pasado, que según mi opinión es el mejor track, La monja enana da muestras de su audaz ironía. Con un ritmo festivo, la lírica dice, refiriéndose a los más viejos rockeros: “Héroes del pasado muertos y enterrados / héroes del pasado muertos y olvidados / uno se ha vuelto loco, otro es un desgraciado / uno murió en el coche, otro se ha suicidado / gracias a la técnica digital / este año habrá gran gira mundial”. Al respecto, suelto una pregunta: ¿querrán los integrantes de La monja enana que se burlen de ellos de la misma manera? Supongo que sí. Porque será un indicador que el rock vive, pues éste es iconoclasta hasta con sus propios ídolos.

Este disco es, pues, la comprobación que lo sencillo no carece de rigor creativo. Como ha repetido una y otra vez Mario Vargas Llosa, “la oscuridad no es sinónimo de profundidad”. A veces, pues, es preferible realizar lo de La monja enana: hacer canciones transparentes, y conseguir muy logradas vibraciones emocionales e intelectuales. Un gustazo de primera oída.
 
Julio Meza Díaz

You Tube:




sábado, 3 de mayo de 2008

Disco: Doce segundos de oscuridad (2006)


Solista: Jorge Drexler (Uruguay)

La primera noticia que tuve de Jorge Drexler fue que había ganado un Oscar por la composición de una pieza para una película sobre el Che Guevara. “¡Qué estupidez!”, exclamé. “La revolución cubana es un fiasco, y aún se componen canciones para ese barbudo venido a menos”. Y luego, seguro de que el artista uruguayo no era más que un bluff creado por los medios, me encerré en mi habitación para escuchar discos y olvidarme de la existencia de Drexler. Pero, como diría Rubén Blades, “la vida te da sorpresas”, porque, años después, me encontraba en la casa de mi amiga Ivette, y ella me hizo escuchar una versión delicada y laboriosa de High and Dry de Radio Head. “¿Quién es ese cantante?”, le pregunté, admirado. “Es Jorge Drexler”, me respondió, y, de inmediato, le pedí prestado su cd y me marché corriendo a mi casa: la curiosidad me mataba, pero, sobre todo, me daba vergüenza el juicio de valor que elaboré sobre un artista antes de escucharlo con detenimiento. “Los prejuicios, carajo”, me dije. “A veces nos impiden encontrar lo bello”.

Y así llegué a Doce segundos de oscuridad. Un disco en verdad valioso, con canciones construidas con una pericia admirable, y una voz ligeramente áspera, pero a ratos diáfana como un cristal pulido. Sin exagerar, es una de las mejores producciones que se han hecho en Latinoamérica en lo que va de la década del 2000. Sólo basta detenerse en las melodías sugestivas y complicadas, y en la lírica destacable y, por momentos, bellísima, para caer en la cuenta que mis calificativos no mienten ni caen en la simplicidad del fan. Estoy seguro que, a cualquiera que disfruta de la buena música, se conmoverá de placer cuando tenga en los oídos Doce Segundos de oscuridad.

El mencionado disco gusta desde el principio. La canción que le da título, si bien no impresiona por su estética musical, empuja a la reflexión por su lírica sencilla, pero, a la vez, compleja como el día a día del hombre. Dice la voz, refiriéndose a un faro que se ubica en la costa: “No es la luz lo que importa en verdad / son los doce segundos de oscuridad”. En La vida es más compleja de lo que parece, unas guitarras acústicas dan un fondo relajado y entusiasta, que permite los devaneos existenciales de la voz. Ésta dice: “El velo semi transparente del desasosiego / un día se vino a instalar entre el mundo y mis ojos / yo estaba empeñado en no ver lo que vi / pero a veces / la vida es más compleja de lo que parece”. Las ideas sobre las complicaciones del vivir prosiguen más adelante. A éstas, se suman las dificultades del deseo. En El otro engranaje, sobre una caja de sonido programado, Drexler canta: “El deseo sigue un curso paralelo / y la historia es una red y no una vía… la fidelidad / brumosa palabra / con sus incierta lista de gestos prohibidos / muerde siempre menos de lo que ladra”. Con una musicalización más compleja, en Hermana duda, Jorge Drexler continúa en su enumeración de los cuestionamientos del hombre contemporáneo. Es más, la incertidumbre se torna en el tema central: “No tengo a quien rezarle pidiendo luz / ando tanteando el espacio a ciegas / no me malinterpreten / no estoy quejándome / soy jardinero de mis dilemas”. Por supuesto, el amor no se queda atrás, y aparece, pero con un tono de ironía. Quizás porque esa sea la manera más adecuada de tocar sin solemnidad el tema del afecto. Así, en Inoportuna, dice la voz: “Tú por ejemplo / tan a tiempo / y tan inoportuna”. Con unas ligeras guitarras punteando acordes apretados, en Soledad, un hombre solitario, que acepta su situación con valentía, dialoga con la mismísima soledad y concluye con ella: “Ya pasó / ya he dejado que se empañe / la ilusión / de que vivir es indoloro”. El dolor y la vida, conceptos que, a veces, no pueden ir separados.

Pero no todo es luz en el día, pues también hay una que otra sombra que empaña el paisaje. A mi parecer, las canciones Disneylandia y La infidelidad en la era informática no encajan en el disco. Con unas mezclas electrónicas, y unas letras de cierto rebusque intelectual, dichas piezas decepcionan por su disfuerzo y por su carencia de estilo y armonía. Son, finalmente, dos puntos en contra de Doce segundos de oscuridad.

Y bueno, sólo me resta agradecer a mi amiga Ivette, que me regaló un disco excelente (¿porque me has regalado el disco, verdad Ivette? De todos modos, hazte a la idea que me lo obsequiaste, pues pienso devolvértelo cuando en Lima llueva a cántaros; o sea, nunca). Por otra parte, hay una lección que rescatar de mi manera de conocer a Drexler, a quien lo despreciaba por meros prejuicios. La enseñanza es la siguiente: en el mundo de los discos, hay que escuchar primero antes de opinar.
Julio Meza Díaz

Gracias a los que mediante you tube comparten música:






martes, 15 de abril de 2008

Disco: Verano Fatal (2007)

Dúo: Nacho Vegas y Chritina Rosenvinge (España)

Para comprender este disco basta con analizar su portada. Christina Rosenvinge luce gesto de desdén, que cuadra de forma adecuada con el estereotipo de la femme fatal que desea pero que no demuestra su goce. Nacho Vegas, con su rostro anguloso, pone al descubierto su papel activo, pues, con su ligera postura que tiende hacia la caída, es el que sostiene la unión de los cigarros, los que, por cierto, se vinculan en un detalle importante: el fuego. Es un micro incendio, una candela mínima, la que mantiene el contacto de estos artistas. No hace falta el encuentro de las miradas (por este motivo, tienen los ojos cubiertos con enormes lentes negros), ya que la ligazón es mucho más intensa. Esta se da por el elemento que consume y redime, que a veces explota pero funde: la llama rojiza, propia del infierno satánico y de la totalidad de Dios en el antiguo testamento.

“¡Tirada de los pelos!”, puede gritarme usted, querido lector / oyente, sobre mi interpretación. Pero yo sacaré a mi favor el mencionado disco y lo pondré a girar: mis argumentos, entonces, serán los sonidos armónicos de este agradable álbum.

Ahora bien, de las siete canciones que componen Verano Fatal, me parece que hay dos que destacan sobre las demás: la que da título al disco y Me he perdido. La primera, Verano Fatal, es en la que mejor se aprecia el diálogo de las voces. Teniendo como fondo un muro acerado de guitarras eléctricas, Christina Rosenvinge suelta: “hacer siempre lo incorrecto es una forma de acertar”. Más adelante, Nacho Vegas dice: “para ser un buen cantante tienes que desafinar”. Con frases de tono asertivo, la canción avanza en una estructura semejante al movimiento del péndulo, es decir, va de un lado a otro: en un momento pareciera retener cierta fuerza explosiva y, en otro, revienta hasta una plenitud grisácea y melancólica. En Me he perdido, con punteos delicados de cuerdas, y una voz seca y afilada como una navaja, se narra el encuentro metafórico de un hombre con una mujer sombría. La voz dice, describiendo a su manera el espíritu destrozado de la fémina: “Miré hacia el suelo y me santigüé / te encontré entre los escombros / y aún quedaba un muro en pie / te vi apoyada en él y creo que / lo hacías para no perder la fe”.

“¿Pero es bueno o malo este disco?”, me preguntará con razón el lector / oyente. Pues seré claro en este punto: si bien la junta entre Nacho Vegas y Christina Rosenvinge ha sacado chispas y, es más, ha originado un ardor que no sólo enciende cigarros, sino también los ánimos de los oyentes, el disco en mención convence cuando llega a su clímax, como en Me he perdido o en Verano Fatal, pero en otros temas, como en Ayer te vi, por ejemplo, la simpleza musical y las voces que se arrastran corroen los buenos cimientos del proyecto musical del dúo español.

Así, llego a la conclusión que sólo lo que es candela en el mundo de la música pervive y sobresale, pues, parafraseando la legendaria frase de Mario Vargas Llosa, afirmo que “la música es fuego”.
Julio Meza Díaz

Videos para un verano fatal:





martes, 8 de abril de 2008

Disco: Aznar - Lebón / Lebón Aznar (2007)


Dueto: Pedro Aznar y David Lebón (Argentina)

Hay algo que siempre me ha inquietado de los argentinos: es difícil encontrar rock de pésima calidad hecho por ellos. Desde Litto Nebbia hasta más allá de Fito Páez, siempre se han destacado por su brillante manejo de la plástica sonora. Es cierto que la influencia de los ingleses es determinante en sus diversos estilos, pero se tiene que señalar que han sabido leer la escuela extranjera desde su óptica personal, creando de este modo un sonido propio y de rasgos definidos. Por supuesto que mis afirmaciones caen en el saco roto y dudoso del juicio de valor que opta por la generalización. Sin embargo, mi propósito no es dictar cátedra, sino hacer una breve semblanza que justifique creaciones tan sencillas pero a la vez tan maravillosas como el disco Aznar - Lebón / Lebón - Aznar.

Este estupendo disco doble, trazado a cuatro manos por Pedro Aznar y David Lebón, la mitad de aquel mítico grupo llamado Serú Giran, es el resultado de un conjunto de presentaciones que la dupla de cantantes dio en el teatro Nd Ateneo de Buenos Aires. Sin duda alguna, el público que estuvo presente deliró con las canciones que entonaron, con un talento de tono entrañable, tanto Aznar como Lebón. Prueba de eso son las palmas y gritos que se encuentran entre track y track, y que no representan más que la euforia de contemplar la destreza artística en su más armoniosa evolución.

¿Resaltan algunas piezas? Pues me parece que sí. Por ejemplo, Sólo Dios sabe, canción en principio grabada por los Beach Boys con el título de God only knows. La versión realizada por Aznar y Lebón no es superior a la original, pero tampoco inferior. Es, a mi parecer, del mismo nivel. Algo que quiero resaltar de Sólo Dios sabe es el manejo de voces de ambos artistas: siendo corto en la adjetivación, dicha técnica puede calificarse como sumamente pulida. Otra pieza que destaca como las rosas frente a las demás flores es Amor de juventud. Con un bajo que acompaña dulcemente a la voz, la canción se va construyendo en una progresión delicada, hasta llegar a la versatilidad que da el conjunto de todos los instrumentos. Dice la voz: “Amor de juventud / sus brazos por primera vez / amor de juventud / un beso y es el infinito / amor de juventud”. Con tinte político, un track interesante es Mano dura. Imprimiendo una atmósfera siniestra y tensa gracias a la batería sincopada y las cuerdas que avanzan al ritmo de caballos marchantes, dicha canción dispara: “Hey, mano dura / tanto hablar de la maldad / hey, mano dura / puño y fuego no traen paz”. Palabras estas que me hacen recordar a las personas desaparecidas durante la dictadura militar: ese hijo de puta de Videla parecía el mismísimo demonio. Y, para cerrar con la cereza sobre el delicioso helado, se escucha en el último track del último disco una pieza para los nostálgicos: Seminare, de Serú Girán. Por supuesto, comentar esta canción está de más.

¿Y qué resultado dan las sumas y las restas? Pues uno solo: únicamente hay sumas. Y, para el cierre, quiero dar una frase que me despierta el disco en mención: en el arte, como en el mundo del vino y de los argentinos, los néctares maduros dan siempre un buen producto.

Julio Meza Díaz

You Tube y sus servicios:




domingo, 30 de marzo de 2008

Disco: A talonear! (2007)

Grupo: El Tri (México)

Lo que voy a decir es casi un pecado para mi grupo de amigos adictos a la buena música: me encanta El Tri. Lo sé: es un grupo demasiado comercial, en términos artísticos sus composiciones son pobres, la voz es inaguantable como la fricción de dos hierros oxidados, y su actitud rockera es tan anacrónica que incluso sus ingenuos ropajes generan más ternura que excitación. Pero hay algo que debo agregar a favor de esta banda mexicana: Alex Lora y compañía, con sus virtudes y defectos, han trazado algunas canciones muy efectivas, que aún se siguen coreando en fiestas y conciertos. Y, como si lo anterior fuera poco, han logrado algunos imposibles para muchos rockeros: ser escuchados, admirados y, sobre todo, queridos.

Con casi tres décadas en la brega, El Tri ha publicado A talonear, su más reciente disco, que es un conjunto de diez canciones que, para los fanáticos, será melodía deleitosa en sus oídos y, para los críticos ortodoxos, será más de lo mismo. ¿Mi postura? Pues me colocó en un punto intermedio. Es cierto, lo expuesto en esta producción es semejante a lo que, en el pasado más reciente, ha sido el estilo guerrero del Tri. Pero eso no significa que sus actuales composiciones sean malas. Pues, como cualquiera con buen gusto diría, los tracks de A talonear tienen un brillo propio y rotundo.

El disco comienza con A talonear, que abre con un puñado de gritos y sonidos guturales que dan una buena pista de lo que serán los minutos siguientes: rock and roll del más fuerte y puro. Las guitarras, estridentes y distorsionadas; la batería, enérgica y cómplice; la voz, acerada y ronca; todos los componentes suman para dar cabida a un tema poderoso como el estallido de un misil. La letra dice: “Hoy es uno de esos días / en que no tengo ganas de hacer nada / quisiera quedarme acostado / tocando la guitarra / pero tengo muchas deudas / y muchas preocupaciones / así que más me vale ponerme ya a talonear”. ¿El tocar música como puerta de escape de una realidad cruda? Al parecer, sí. “El talonear” o hacer rock, para esta canción, es la única manera de producir ingresos materiales. O, como dice un amigo idealista que recién empieza en el mundo de la composición, “se vive del rock o se muere por él”. Con la misma potencia, en Nunca es tarde, Alex Lora canta: “Vamos vagando sin rumbo / como animas en pena… nuestra visión es borrosa… señor danos la serenidad / para aceptar las cosas que no podemos cambiar / valor para cambiar las que podemos”. La presencia de Dios en las canciones de El Tri es continua. En sus discos previos, ya había presentado piezas con referencias a íconos de la cultura religiosa mexicana (la Virgen de Guadalupe, por ejemplo). Alex Lora es un compositor creyente que expone en sus trabajos sus necesidades y cuestionamientos de fe. Con una música más liviana, cercana a una suerte de balada dark, en Mañana, la voz de Alex Lora canta: “No te creas todas tus mentiras / no inventes mas pretextos / si tu quieres la puedes hacer / ahorita es el momento / en el que hay que echarle ganas”. En esta pieza, la lírica casi roza con el discurso de autoayuda, situación que, si bien para algunos es positiva, a mí me parece una concesión para las masas. Esto mismo se repite en Tenemos que hacer el amor, en el cual destaca un coro en verdad vergonzoso, que, sin ningún objeto estético, repite hasta el cansancio el mismo estribillo. El disco cierra con, quizás, la mejor canción: Qué padre es soñar. Ésta es una pieza melancólica con un discurso político optimista y hasta tal vez ingenuo, pero de una conmovedora melodía. Dice la voz: “Prefiero seguir soñando / que aceptar la realidad”. Excelente, sin duda.

¿Y es un buen disco esta última entrega de El Tri? Pues no será de lo mejor del rock mexicano, pero es destacable y, sobre todo, da luces sobre lo que es una vida de coherencia (es decir, la vida de El Tri) ligada al arte y, sobre todo, al rock and roll.
Julio Meza Díaz

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sábado, 23 de febrero de 2008

Disco: Boleto (2006)

Grupo: Bareto (Perú)

Una pregunta: si uno hace un grupo musical, ¿necesariamente tiene que hacer canciones? ¿O, prescindiendo de un vocalista, se pueden hacer únicamente piezas sonoras? Tal vez en estos devaneos existenciales se entregó la gente de Bareto antes de trazar su primera composición. Y, sin temor al rechazo, acaso se respondieron: queremos hacer música sin letra, música que comunica más con un La sostenido que con un verso estúpido y soso, música al fin y al cabo, que hace vibrar al que la escucha y hace sentir fuego vivo al que la ejecuta. Quizás se dijeron eso o quizás no. Pero de lo que estoy seguro es que atinaron en el blanco, y supieron guiar sus esfuerzos hacia un propósito creativo que sorprende por su iniciativa y agrada por su calidad. Por eso, no arrojo mis palabras al vacío cuando sugiero, a mi estimable lector / oyente, que, si quiere pasar un momento simpático, se ponga a oír el Boleto (2006) o el Ombligo (2005), ambas producciones de Bareto, que demuestran que no sólo de punk vive el hombre.

Pero bueno, antes de los elogios, pasemos a la crítica de rigor. Saquemos nuestro Boleto y comencemos un viaje por las intimidades sonoras de Bareto.

La fuga de Túnez abre el disco con unos sonidos cautelosos que, poco a poco, tras el ingreso de uno y otro instrumento, van describiendo una huída mágica por territorios ondulantes. Algo que se debe apreciar con atención son los instrumentos de viento, que parecen iniciar un diálogo cadencioso con los punteos de la guitarra eléctrica. En seguida, suena Bam Bam. Con la misma estructura musical, se da predominio al aparato de las seis cuerdas, tanto en su lado más agudo como en los vibrantes bajos. Algunas piezas después, le toca el turno a La del brazo, el que, a mi parecer, es el track más hermoso del álbum. Con una melodía tomada de una canción de Frágil, el emblemático grupo de rock progresivo peruano, Bareto desarrolla una elegante y sabrosa composición, que empieza con un tímido bajo, pero que fluye con un saxofón que parece una cometa en un apacible cielo celeste. Con la misma atmósfera que su nombre genera, Tarantino (nombre del talentoso director de películas como Reservoir dogs o Kill Bill) es una pieza sombría, que hace alusión a movimientos sospechosos, a pasos calculados pero desenvueltos con temeridad. Tarantino es, según mi parecer, la más dura de las ejecuciones de Bareto, dura en el sentido de un ritmo latino muy barroco. Por último, no puedo concluir sin comentar La calor, que, como su nombre lo indica con su equivocado pero sugestivo artículo (la), hereda mucho de la música selvática, sobre todo de los sonidos alegres y acalorados de Juaneco y su combo, los cuales, aún después de varias separaciones y muertes de sus integrantes, siguen tocando y alegrando la deliciosa selva peruana y alrededores.

Bareto, pues, hace pensar que nuevos aires corren en la composición musical peruana. Y hace pensar, sobre todo, que la buena música de ahora no necesariamente debe ser cantada, sino pregúnteles a los excelentísimos Bareto.
Julio Meza Díaz

Gracias a Youtube algunos videos: