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jueves, 21 de agosto de 2008

Disco: Un mañana (2008)

Solista: Luis Alberto Spinetta (Argentina)

¿Quién soy yo para criticar la última obra sonora de uno de los genios de la música contemporánea? Desde la perspectiva más optimista, frente a Luis Alberto Spinetta, mi persona no es más que una hormiga contrahecha. O, quizás, algo peor todavía: un protozoario moribundo de lodazal. Y se me ocurren ejemplos más drásticos, pero me parece que lo que trato de decir se entiende muy bien: no soy nadie ante Spinetta. Sin embargo, tengo que declararme un atrevido desvergonzado, pues emplearé mi humilde pluma para comentar Un mañana, interesante producción que demuestra que, para hacer rock del bueno, a veces se requiere una edad avanzada y un espíritu de lucha inapagable.

De manera muy general, puedo decir que Un mañana se circunscribe dentro de los rasgos jazzísticos con que Spinetta ha venido tiñendo sus últimas obras. No obstante, hay momentos que escapan de la regla, y logran alcanzar picos sublimes, en donde se reconoce un genio inaudito. Sin duda alguna, este trabajo es una demostración más de que Spinetta es todavía ese monstruo super evolucionado que reina en ese mundo alucinante que es el rock argentino.

Pasemos a los detalles.

El disco empieza como un llamado a la puerta: una batería golpea reclamando suma atención. Es La mendiga, que no muestra nada nuevo dentro del universo reciente de Spinetta, pero tampoco desluce sus logros. Mientras al fondo hay un conflicto armonioso entre el piano y los tambores, la voz canta, en un desarrollo verbal intrincado: “…No fue tu amor lo predecible al fin / cuando él se marchó / y se ocultó de tus ojos / tus ojos de estrella / en la tempestad…”. La lírica de Spinetta no deja dudas: es una de las más elaboradas del rock en español. Más adelante, con un estilo que desperdiga elegancia, está No quiere decir. Con los punteos acerados de una guitarra agudísima, Spinetta suelta: “Aunque el sol te abrigue no quiere decir que no tengas más frio / y si la luna se cubre no quiere decir que no tengas su luz / cada día es la mañana desnuda y tu corazón tiene prisa…”. La tendencia de Spinetta es emplear rasgos jazzísticos para acompañar sus letras que son manufacturas de gran precisión y resonancia. A continuación, Hidra al sol es de una forma cercana a lo que el músico argentino empleó en la década del 70: con una guitarra acústica, la voz tiembla y se debata entre las variaciones de registro, que van desde finos quiebres, hasta momentos ligeramente roncos. La lírica entona: “Oh, mi amor / dime cuándo quema el sol / con mis manos haré brisa para que no / oh, dime si podré jugar / sin los sueños la armonía no tiene lugar…”. Con trazos de una tensión creciente, Hombre de luz es tal vez la pieza más singular. Consiste en una atmósfera sonora que trata de recrear el vacío del espacio exterior. La voz canta, con tono frío: “Hombre de luz que vuelas al espacio / señálame la ruta al sol / quiero estar allí / volando…” Alucinante, ¿no? Para cerrar, Spinetta vuelve a los pincelazos jazzísticos, y suelta una letras transparente, que cae en el plano de lo erótico: “Tus ojos vagan tristes / haciéndose en las sombras / mientras la noche abrigue, amor / yo subiré a tu alcoba /y en tu cielo me reuniré / en tus labios me perderé / para soñar”. Se escucha, pues, un Spinetta que festeja con alegría los placeres de la carne. Y, de este modo lúbrico, pone punto final a Un mañana, su más reciente disco.

Y bueno, sólo me resta preguntarte, querido lector / oyente, si estuve a la altura de Spinetta. Claro que no me hago ilusiones. Me contento con que me digas que he abrazado su tobillo y que, desde mi profunda pequeñez, he observado el destello en los ojos de ese gigante, viejo y genial músico argentino que se configura como la muestra viva que, pese y justamente debido a sus casi sesenta años, el espíritu de un hombre maduro aún puede florecer. ¡Y de qué gran manera!


Julio Meza Díaz

You Tube y su virtudes:





jueves, 17 de julio de 2008

Disco: Unplugged (2008)

Solista: Julieta Venegas (México)

Mis amigos más cercanos me preguntan: ¿qué le ves? Y yo les respondo: su mirada melancólica; su cuerpo delicado como una pluma que lleva el viento. Y ellos insisten: ¿pero no la encuentras muy delgada, muy plana? Y yo agrego: no. Para mí, roza la perfección. Es como trazada según mis necesidades afectivas. Es lo más cercano de mi ideal. Y ellos continúan: ¿pero acaso la conoces? De repente es una muchacha indeseable. Una vulgar que resulta más fastidiosa que piedra en el zapato. Y yo la defiendo: No. Eso nunca. Sus canciones son tan tiernas que, estoy seguro, parten de un interior de la misma naturaleza. No tengo duda que ella es luz y, mediante su música, vierte luz. Y ellos, por último, aceptan: estás enamorado hasta el tuétano. Y yo anuncio: Y lo seguiré estando hasta el final de los tiempos.

¿De quién hablábamos? Por supuesto, de mi queridísima Julieta Venegas, que, hace solo unas semanas, ha presentado su última producción, un unplugged de MTV que ha arrancado las más divididas opiniones y que, desde mi trinchera de crítico de rock, estoy obligado a defenderlo… perdón, a comentarlo desde la más neutral perspectiva.

Comencemos.

El disco en cuestión arranca con Limón y sal, pieza que le dio título a su anterior trabajo. El sonido que adopta esta canción en el unplugged da una idea de lo que será el resto de la obra. Una labor pulcra de cuerdas, unos vientos mesurados, un xilofón agudo y preciso, y una batería tan estilizada que únicamente aporta platillos vibrátiles y una tarola de suaves retumbes. Unos detalles que convierten las versiones eléctricas en música para salón. Un verdadero gozo para los oídos. Pero, como siempre, a lo largo del unplugged hay puntos altos y bajos. A mi parecer, entre los destacados, está Andar conmigo, que Julieta Venegas resume de forma muy clara y breve. Dice, antes de empezar a cantarla: “Esta canción que continúa es una canción directa y sincera de amor, para los que saben cuando lo sienten y no lo pueden cambiar”. No hace falta dar mayor explicación. Otro track sobresaliente es Algún día. Con una cortina sonora muy lúdica, en donde se privilegia la flauta, que parece brincar entre flores enormes, la voz suelta: “Algún día quizás / podré decirte algo / que sea importante / algo hecho con sabiduría… mientras tanto vamos todos en el mismo tren / cometiendo errores / y pisando mal”. ¿Reconocimiento de su juventud y, por ende, de su inexperiencia? Por supuesto. Pese a ser una estrella de rock, con una fama que se proyecta en todo el mundo de habla hispana, sabe que aún no ha acumulado un conocimiento profundo de las cosas. A este autoanálisis no se llega con facilidad, pues el ego de una artista, por lo usual sobredimensionado, lo impide y anula. Y que lo haya realizado ella, que haya concluido que por ahora no dispone de ideas penetrantes que ofrecer, es una muestra de su inteligencia. Y, por último, una pieza que me sensibiliza especialmente, y que, por ello, según mi punto de vista escapa del común denominador, es esta: Ilusión. Haciendo dúo con Marisa Montes, y con un acompañamiento etéreo de cuerdas, Julieta canta: “Por ella / no supe qué hacer / por qué la dejé / no sé / solo sé que se me fue / hice todo lo que quería / por qué no me dejó tratar / de hacerla feliz”. ¿Quién no ha cantado alguna vez una letra semejante? Como a casi todo el mundo, a mí también se me fue alguien. ¿Por qué? Tomando las palabras de Julieta, lo único que puedo decir es lo siguiente: sólo sé que se me fue.

¿Y señalaré los puntos bajos del disco de Venegas? No, ni hablar. Eso lo dejo para sus detractores. Para mis ojos y oídos, ella siempre ha sido, es y será una belleza quimérica, un objeto de mi vertiginoso amor. Pues alguien que hace de la ternura su poética no sólo merece admiración, sino también amor. Y eso es lo que logra Julieta Venegas: que su público incondicional la amemos.
Julio Meza Díaz

Youtube, gracias:





jueves, 10 de julio de 2008

Pieza: Borrador Cuatro (2008)

Solista: Murakami (Perú)

Hace unos días, una persona X, especialista en los comentarios sobre rock y con un juicio crítico que respeto, me soltó un par de ideas que me dejaron turulato.

-Sabes, Julio, creo que deberías cuidar tu escritura. A veces eres reiterativo y caes en enredos innecesarios.

“¿Cómo?”, me dije. “¿Eso significa que mi lenguaje es confuso? ¿Qué no me dejo entender?”. Pues me parece que no es cierto, porque siempre he escrito con una claridad que hasta peca de evidente, sin significar esto que menosprecie a mis lectores, ya que ellos saben muy bien que nunca he pergeñado una frase con propósitos facilistas. A mi entender, la prosa que empleo se encuentra en un punto intermedio entre lo sencillo y lo críptico. Y, si no me han comprendido, entonces me expresaré con transparencia en las siguientes palabras: lkajdad kljadhla uihvxkc lmanrwe ja ja ja!. Fácil, ¿no? Creo que cualquiera puede descifrar lo que he escrito.

-Y, además, Julio, te dedicas a los grupos de rock en español comerciales.

“¿Y es cierto eso?”, me pregunté y, luego de algunos segundos de meditación, concluí: “Yo, que siempre he pensado que busco y rebuscó hasta bajo las piedras de lo que se compone en Latinoamérica y España para hacer mis críticas, debo aceptar con tristeza que esa afirmación es verdadera”. Pues las bandas y solistas que salen en mi blog gozan de cierta fama. Sin embargo, no por ello he regalado flores a cada uno de mis objetos de crítica. En la medida de lo posible, he tratado de guiarme por ciertos parámetros para soltar los adjetivos correspondientes. Y, a veces, estos han sido poco gratos e incluso burlones, cuando el producto musical así lo ameritaba.

Pero ahora, yendo a contracorriente de este último comentario de la persona X, hablaré no de un compositor underground, sino de uno under-underground (si es que cabe el término, por supuesto).

Era el 2004, y yo, entre jalados, desamores y lecturas febriles de madrugada, iba la facultad de Derecho de la Universidad Católica. En aquella ocasión, creo que me tocaba Contratos Generales, con un profesor que prefiero nombrarlo de manera cariñosa: so reverendo hijo de puta. Sin ninguna duda, yo en dicha clase sufría a mares. Primero, porque se dictaba luego del almuerzo, y, en ese lapso de tiempo, sólo pienso en dormir en los cómodos muebles de mi sala. Y segundo, porque los contratos unidos al idiota dogma del análisis económico del derecho resultan siendo algo aterrador: reducen el universo a la ley de lo más rentable y menos rentable. So reverendo hijo de puta, ¿acaso cuando le das una caricia a tu hijo o te acuestas con tu esposa piensas en lo más rentable? En fin, el caso es que, en medio de ese caos académico, conocí a un pelucón que se llamaba César. Él era lo que siempre he envidiado: un hombre relajado y sin remordimientos. Y eso me agradaba tanto que decidí seguir sus pasos: yo también empecé a faltar a clase, y no me sorprendí cuando me desaprobaron con un bochornoso cero cinco.

-Por lo menos te puso cinco puntos -me dijo César, cuando comparamos nuestras notas-. A mí me puso dos.
-Bueno, qué chucha. Cambiemos de tema.
-Okey.
-Sabes, hace poco te vi con un libro de poesía. ¿Por casualidad escribes?
-No. Yo compongo y canto. Tengo mi banda de reggae que se llama La Mole.
-Ah caramba. Qué bueno. Y dime, ¿cómo haces para compatibilizar el Derecho con la música?
-Es fácil: no estudio.

Aplicaba entonces una técnica académica suicida. Sin embargo, pese a lo esperado -es decir, que jalara tres veces un curso y lo botarán de una patada de la Católica-, acabó sus estudios a tiempo, y logró convertirse en un alumno egresado de mi facultad. En lo que respecta a lo musical, César ha dejado el reggae, y, oculto en su propio estudio musical, y bajo el pseudónimo de Murakami, compone canciones pop que le deben mucho a la actual vertiente de grupos españoles (Family, El Niño Gusano, La Buena Vida y un pronunciado etcétera). Sus piezas poseen un aire entre melancólico y áspero. Llevan capas envolventes de sonido electrónico y producen una extraña sensación: el escucha se queda con el deseo de gozar de más de este estilo adictivo. Te recomiendo, mi estimado lector / oyente, que te des una vuelta por su My Space (www.myspace.com/peterquistgardyelsindicatodepiratas), y disfrutes las excelentes composiciones de mi amigo César.

Y bueno, ¿comento o no comento grupos no comerciales? Al parecer, en esta oportunidad, he hecho la excepción y le he dado vitrina a un muchacho que, si bien compartió aulas conmigo, también domina la estética musical y se merece una oportunidad en el mundo del rock. Y, por otro lado, mi querido lector / oyente, ¿has leído con facilidad el presente comentario? ¿O has detectado algunos baches en mi sintaxis que hacen ilegible mis párrafos? Si es así, y crees como la persona X que debería mejor mi formato escritural, pues te sugiero que le des una ojeada a mi siguiente explicación, transparente como el agua de manantial: lsjkfhgsldkjf lsfjkslkgjs peowit´ñaslfkg kajdal, cha cha cha!


Julio Meza

miércoles, 2 de julio de 2008

Disco: Mucho (2008)


Grupo: Babasónicos (Argentina)

Los Babasónicos son una de las excelentes bandas latinoamericanas que nació en la década del 90, bajo el auspicio y la difusión continental de MTV, que era un canal de cable que transmitía rock en español de calidad y no se dedicaba a la tonta tarea de programar reality shows sosos y vacíos, cosa que en la actualidad es su rasgo distintivo. Los Babasónicos destacaron en un principio por su sonido experimental y siempre cambiante, que iba desde la psicodelia, pasaba por el rock más fluido y guitarrero, y hasta rozaba con la estética de la nueva ola. Luego de cinco discos de buena factura, en el 2001, sacaron el Jessico, que fue nombrado por la crítica de su país como la producción del año. Para sus seguidores, por el contrario, dicho trabajo fue una concesión al mainstream, pues, a partir de aquel cd, su estilo se tornó estable y muy cercano a un pop convencional, aunque con rasgos personales y una atmósfera enrarecida por una especial distorsión.

Este año, los Babasónicos han sacado a la luz Mucho, una placa de estudio que sigue los pasos de la estela sonora trazada por el Jessico. Aunque a ratos peca de predecible, el último disco de los Babasónicos está constituido por algunas piezas de exaltado espíritu y sonido envolvente que, con estas características, sobresalen como potenciales tracks de culto.

Paso a analizar dichas canciones.

“Mi proceder es poco probable / y mi destino es ser un bandido / señor juez, soy culpable / solo llegué e hice bang bang bang”, dice la voz en Cuello rojo, canción en la que, en medio de un bloque de guitarras enrarecidas, un asesino confiesa su culpa y, sin ningún remordimiento, aguarda con paciencia escuchar el traqueteo que producirá la silla eléctrica el día de su ejecución. ¿Frialdad acérrima ante la propia muerte? ¿Desvergüenza del criminal? Quizás lo importante en esta canción no sea la moral que se esconde tras el discurso, sino la construcción de un personaje que sorprende por su aterradora insensibilidad. En Estoy rabioso, los Babasónicos prosiguen con su representación de desadaptados. El track arranca con unos golpes rápidos de tambores, y sigue con unas cuerdas que repetirán hasta el final el mismo violento rasgueo. La voz dice, con un tono de desdén: “Todo bien con el diablo solo somos amigos / es que anduve negociando algo con él / y como del intercambio salí vivo / me la voy a festejar hasta que me alcance la ley”. En este caso, aunque se tropiezan con el fácil recurso de la mención de “lo maldito”, los Babasónicos hacen una canción potente, que inyecta energía en sus escuchas y que, estoy seguro, dará pie a desgarradores gritos de emoción cuando sea tocada en vivo. Finalmente, en El ídolo, mi pieza favorita, con aires countries y de extraña francachela, se canta sobre algunos planes post mortem. Dice el vocalista: “Cuando yo me muera / haré una fiesta en donde nunca salga el sol / donde amigos y enemigos brindarán / porque regrese en la piel de una canción”. Se observa la muerte como el paso a un cambio de naturaleza, transformación que, por cierto, no implica sufrimiento ni juicio divino, sino alegría y bienestar. Una sana forma de ver la muerte.

¿Y las demás canciones? Pues, aunque son buenas (como su actual hit, Pijamas) corren por la ruta de lo esperado por músicos tan talentosos como los Babasónicos. ¿Y es un buen o un mal álbum? Es uno regular. De una banda con mucho potencial, y que, en cierto momento, tenía acostumbrado a su público al cambio, se espera la innovación creativa o, por último, el simple movimiento. Pero, al parecer, por ahora los Babasónicos han decidido apostar a ganador y han sacado a relucir sus armas conocidas. Sólo queda esperar que este grupo de rock argentino tome vuelo otra vez o haga un aterrizaje forzoso por el terreno de la repetición.

Julio Meza Díaz

Gracias a los que suben videos en you tube:





sábado, 14 de junio de 2008

Disco: Plástico Divino (2008)

Grupo: Dolores Delirio (Perú)

-Tus críticas llevan una misma estructura -me señaló una estudiante universitaria-. Presentas al grupo en cuestión. Hablas de su último álbum. Describes algunas de sus canciones. Y, al final, cierras con una frase de aire reflexivo. ¿Por qué insistes en seguir esa línea?
-Bueno, quizás se deba a que la mecanización hace más fácil un trabajo -le respondí, un poco fastidiado por su observación.
-Y dime, ¿sobre qué vas a escribir ahora?
-Tengo varios discos en proceso de escucha. Pero en estos momentos le estoy prestando más atención al de Dolores Delirio: Plástico Divino.
-¿Qué vas a decir sobre ese cd?
-Bueno…

1998. Parque Kennedy. Rodeados por adolescentes que visten camisas afraneladas y botas de leñador, los integrantes de Dolores Delirio atrapan sus guitarras y rompen el silencio con un punteo envolvente. Ha comenzado “No ves el sol”. Ganas el tiempo que suelo perder. También el dinero que nunca tendré. Aunque dicha canción lleva impresa en su sonido la estética de los 80, en estos días ya es un clásico contemporáneo del rock no comercial. Los asistentes se entusiasman y, mientras agitan las cabezas y siguen el ritmo con el pie, alzan las voces hasta convertirlas en un solo grito ronco y sentido. No ves en mi rostro la misma expresión. Aunque eso te cause quizás decepción. Los trajes oscuros de los muchachos de Dolores Delirio contrastan con la luna llena que está particularmente blanca. Y, como si esto les hubiera despertado un espíritu lobezno, algunos entusiastas de entre el público aúllan con frenesí, llegando a un estado de verdadero paroxismo. Mira este sol. Ve la lluvia caer. Y esta flor del desierto en la luna. Observa estos niños bañados en barro. Somos… Somos tú y yo.

-Bueno… de acuerdo con mi punto de vista, señalaré que no es un disco redondo. Contiene piezas regulares. Pero también hay de las buenas. Y de las que son muy buenas.
-¿Cuáles son estas últimas?
-A mí me parece que son Cielo - Infierno, Histeria, (Ultramar) Azul y, sobre todo, Jardín de estatuas. Esta última creo que está trazada con mucho talento. Define el nuevo sonido de Dolores Delirio. Entre lo electrónico y el rock guitarrero. Algo muy lejano a su inicial tendencia ochentera. Pero hay algo más importante que estos detalles.
-¿Y qué cosa es eso?
-Bueno…

2008. Vocé. El público, que está conformado por jóvenes y adolescentes, aguarda a que inicie la siguiente canción. Los muchachos de Dolores Delirio afinan los instrumentos, sueltan un arpegio agudo y arranca una vibración inquietante. Los oídos de los asistentes reconocen la tonada. “¡Histeriaaa!”, grita uno, y todos se mueven al ritmo del golpe de las baquetas, manteniendo un gesto de furia contenida. Vuelo despacio y así soy fatal. Si acelero seré un suicida. Algunos levantan los brazos y los sacuden una y otra vez, mientras dan ligeros saltos sobre su sitio. La atmosfera se torna tensa, pues cada vez hay más gente entonando la lírica. La risa es porque nunca maduré. Mi silencio, tu obsequio porque ya quemé. Pese a los reflectores y los rayos de luz, el ambiente es lúgubre y compacto, y da la sensación de incrementar la fuerza que despiden los parlantes y las gargantas de los asistentes. Los cuerpos reaccionan, y hay empujones y danzas extrañas: se arma un conato de pogo. Ven, anima mis desvelos y complace todos mis deseos. Tan fáciles de odiar. No me das tiempo a protestar. Ya me disfrazaste de maldad.
-¿Y qué es lo importante?
-Que Dolores Delirio, pese a la muerte de uno de sus guitarristas, pese a los cambios entre sus miembros, sigue en pie, haciendo canciones destacables. Que, aunque tienen ciertos márgenes por entre los cuales va su estilo, han sabido evolucionar: Dolores Delirio de los 90 no es el mismo que el del 2000. Y aún enciende pasiones, muchas pasiones.
-En fin. Si es como lo describes, escucharé el disco… Una cosa más: ¿continuarás con la misma estructura en tus críticas?
-Estoy pensando en hacer lo mismo, pero con cierto toque distinto, al igual que la música de Dolores Delirio a lo largo de su carrera.
-Ah mira, qué interesante.
-Sí, pronto lo leerás.
Julio Meza Díaz

Gracias a You Tube y a los que suban los videos:





domingo, 1 de junio de 2008

Disco: Humo y Espejos (2008)


Grupo: La Monja Enana (España)

A inicios del nuevo milenio, explotó en España una bomba compuesta de melodías dulces y una actitud que se inclinaba entre lo aguerrido y lo rosa. Los críticos, los periodistas especializados y el público en general, llamaron a esta dinamita sonora con una palabrita un tanto despectiva: Tontipop. Fueron muchos los grupos que practicaron dicho género (entre los más destacados, cito a los siguientes: Blas y Las Astrales, Los Fresones Rebeldes, La Casa Azul, Meteosat, Niza, etcétera), pero muy pocos de ellos continuaron en la brega, y casi ninguno construyó una obra sólida que perdurará más allá de la moda y los requerimientos del mercado. Entre los sobrevivientes, que sí lograron hacer de una estética generacional su sonido propio, y, además, se popularizaron fuera de las fronteras de su país, podemos hallar al excelente proyecto denominado La Monja Enana.

Con seis discos en su haber, este 2008 han presentado al público el que, a mi parecer, es su mejor producción: Humos y espejos. Sin alejarse de su sonido con aires infantiles, La monja enana ha compuesto doce temas que, sin mucho esfuerzo, logran demostrar que la creatividad musical a veces requiere de pocos elementos para expresarse con plenitud. En Humo y espejos (y como en toda la discografía de este grupo español), no hay grandes performances sonaras, tampoco la voz se disfuerza en demostraciones vacías de histrionismo, mucho menos se procura una lírica barroca e ininteligible. Sólo con la simpleza (que no es igual a la estupidez de varios grupos pop), La monja enana ha logrado capturar su belleza, una que causa admiración, enternecimiento y alegría. Una rosa feliz que exuda imaginación.

Paso a analizar el disco Humo y espejos.

Pessoa, a través de su heterónimo Álvaro de Campos, escribió lo siguiente: “Todas las cartas de amor son ridículas”. Según mi perspectiva, dicha afirmación se puede extender a las canciones. Para comprobar lo que digo, sólo basta encender la radio y escuchar el hit romántico de turno. Sin embargo, pese a ser ridículas, debo aclarar que hay composiciones sentimentales de las buenas y de las malas. Y, en Humo y espejos, se puede encontrar un ejemplo de las primeras. Con una guitarra eléctrica sin pretensiones, Canción de amor n° 3, demuestra que se puede hablar de forma inteligente del sentimiento más humano. Dice la voz, con ironía: “Por ti voy a escribir una canción de amor / llenaré el escenario con músicos de sesión / hablaré de mi bañera, de colillas y café / con citas y referencias que sólo yo entenderé”. ¿Una burla o una canción de amor? Pues es una meta canción. Una canción de amor que habla sobre las canciones de amor. Inteligente juego, ¿no? Más adelante, se encuentra Café Kafka. Con un secuenciador de fondo, la cantante le rinde tributo al escritor de Praga con unos versos inquietantes: “Leo mi esquela en el diario / asistiré a mi funeral / empiezo a sospechar que algo no va bien”. A La monja enana le gusta la literatura, ¿no? Claro, pero tampoco le produce asco las matemáticas. Con mayor complejidad sonora, en Ciencia en la vida cotidiana suena: “Tardé a fichar, me quedé a resolver un problema complicado / la tensión superficial entre pompas de jabón me ha costado el trabajo / le he cogido antipatía al incremento de entropía”. Unas piezas después, se hace referencia a al cine, mencionando un tipo de equívoco en la filmación, que se denomina Fallo de raccord o Error en la continuidad. Dice la voz en Raccord: Entro en mi cuarto / noto que algo no es igual / es un decorado, no parece de verdad / las paredes de mi habitación / no han tenido nunca ese color / se ha producido un fallo de raccord. En Héroes del pasado, que según mi opinión es el mejor track, La monja enana da muestras de su audaz ironía. Con un ritmo festivo, la lírica dice, refiriéndose a los más viejos rockeros: “Héroes del pasado muertos y enterrados / héroes del pasado muertos y olvidados / uno se ha vuelto loco, otro es un desgraciado / uno murió en el coche, otro se ha suicidado / gracias a la técnica digital / este año habrá gran gira mundial”. Al respecto, suelto una pregunta: ¿querrán los integrantes de La monja enana que se burlen de ellos de la misma manera? Supongo que sí. Porque será un indicador que el rock vive, pues éste es iconoclasta hasta con sus propios ídolos.

Este disco es, pues, la comprobación que lo sencillo no carece de rigor creativo. Como ha repetido una y otra vez Mario Vargas Llosa, “la oscuridad no es sinónimo de profundidad”. A veces, pues, es preferible realizar lo de La monja enana: hacer canciones transparentes, y conseguir muy logradas vibraciones emocionales e intelectuales. Un gustazo de primera oída.
 
Julio Meza Díaz

You Tube:




sábado, 3 de mayo de 2008

Disco: Doce segundos de oscuridad (2006)


Solista: Jorge Drexler (Uruguay)

La primera noticia que tuve de Jorge Drexler fue que había ganado un Oscar por la composición de una pieza para una película sobre el Che Guevara. “¡Qué estupidez!”, exclamé. “La revolución cubana es un fiasco, y aún se componen canciones para ese barbudo venido a menos”. Y luego, seguro de que el artista uruguayo no era más que un bluff creado por los medios, me encerré en mi habitación para escuchar discos y olvidarme de la existencia de Drexler. Pero, como diría Rubén Blades, “la vida te da sorpresas”, porque, años después, me encontraba en la casa de mi amiga Ivette, y ella me hizo escuchar una versión delicada y laboriosa de High and Dry de Radio Head. “¿Quién es ese cantante?”, le pregunté, admirado. “Es Jorge Drexler”, me respondió, y, de inmediato, le pedí prestado su cd y me marché corriendo a mi casa: la curiosidad me mataba, pero, sobre todo, me daba vergüenza el juicio de valor que elaboré sobre un artista antes de escucharlo con detenimiento. “Los prejuicios, carajo”, me dije. “A veces nos impiden encontrar lo bello”.

Y así llegué a Doce segundos de oscuridad. Un disco en verdad valioso, con canciones construidas con una pericia admirable, y una voz ligeramente áspera, pero a ratos diáfana como un cristal pulido. Sin exagerar, es una de las mejores producciones que se han hecho en Latinoamérica en lo que va de la década del 2000. Sólo basta detenerse en las melodías sugestivas y complicadas, y en la lírica destacable y, por momentos, bellísima, para caer en la cuenta que mis calificativos no mienten ni caen en la simplicidad del fan. Estoy seguro que, a cualquiera que disfruta de la buena música, se conmoverá de placer cuando tenga en los oídos Doce Segundos de oscuridad.

El mencionado disco gusta desde el principio. La canción que le da título, si bien no impresiona por su estética musical, empuja a la reflexión por su lírica sencilla, pero, a la vez, compleja como el día a día del hombre. Dice la voz, refiriéndose a un faro que se ubica en la costa: “No es la luz lo que importa en verdad / son los doce segundos de oscuridad”. En La vida es más compleja de lo que parece, unas guitarras acústicas dan un fondo relajado y entusiasta, que permite los devaneos existenciales de la voz. Ésta dice: “El velo semi transparente del desasosiego / un día se vino a instalar entre el mundo y mis ojos / yo estaba empeñado en no ver lo que vi / pero a veces / la vida es más compleja de lo que parece”. Las ideas sobre las complicaciones del vivir prosiguen más adelante. A éstas, se suman las dificultades del deseo. En El otro engranaje, sobre una caja de sonido programado, Drexler canta: “El deseo sigue un curso paralelo / y la historia es una red y no una vía… la fidelidad / brumosa palabra / con sus incierta lista de gestos prohibidos / muerde siempre menos de lo que ladra”. Con una musicalización más compleja, en Hermana duda, Jorge Drexler continúa en su enumeración de los cuestionamientos del hombre contemporáneo. Es más, la incertidumbre se torna en el tema central: “No tengo a quien rezarle pidiendo luz / ando tanteando el espacio a ciegas / no me malinterpreten / no estoy quejándome / soy jardinero de mis dilemas”. Por supuesto, el amor no se queda atrás, y aparece, pero con un tono de ironía. Quizás porque esa sea la manera más adecuada de tocar sin solemnidad el tema del afecto. Así, en Inoportuna, dice la voz: “Tú por ejemplo / tan a tiempo / y tan inoportuna”. Con unas ligeras guitarras punteando acordes apretados, en Soledad, un hombre solitario, que acepta su situación con valentía, dialoga con la mismísima soledad y concluye con ella: “Ya pasó / ya he dejado que se empañe / la ilusión / de que vivir es indoloro”. El dolor y la vida, conceptos que, a veces, no pueden ir separados.

Pero no todo es luz en el día, pues también hay una que otra sombra que empaña el paisaje. A mi parecer, las canciones Disneylandia y La infidelidad en la era informática no encajan en el disco. Con unas mezclas electrónicas, y unas letras de cierto rebusque intelectual, dichas piezas decepcionan por su disfuerzo y por su carencia de estilo y armonía. Son, finalmente, dos puntos en contra de Doce segundos de oscuridad.

Y bueno, sólo me resta agradecer a mi amiga Ivette, que me regaló un disco excelente (¿porque me has regalado el disco, verdad Ivette? De todos modos, hazte a la idea que me lo obsequiaste, pues pienso devolvértelo cuando en Lima llueva a cántaros; o sea, nunca). Por otra parte, hay una lección que rescatar de mi manera de conocer a Drexler, a quien lo despreciaba por meros prejuicios. La enseñanza es la siguiente: en el mundo de los discos, hay que escuchar primero antes de opinar.
Julio Meza Díaz

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