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miércoles, 29 de octubre de 2008

Disco: Helville De Luxe (2008)

Solista: Enrique Bunbury (España)

Algunos de mis amigos, fanáticos de Héroes del Silencio, me habían afirmado que el ex vocalista de dicho grupo era, en la actualidad, un pésimo cantautor. Dudando de esas palabras, me atreví a juzgar por mí mismo la calidad compositora de Enrique Bunbury. “No quiero dejarme llevar por opiniones de otros”, me dije, y conseguí el Helville De Luxe, el último disco del pelucón español. Y, como sospechas, querido lector / oyente, lo escuché de inmediato, con las ansias que proporciona una curiosidad inapagable. A continuación, luego de la primera experiencia, cavilé: “De repente necesita otra oportunidad”. Y, con ese razonamiento, me metí por las orejas la música de Bunbury como una docena de veces. Finalmente, exhausto, y con la repulsión del que ha probado por terquedad mil pestilencias, vomité mi juicio inapelable: “El Enrique este, para no desperdiciar su tiempo, y el de sus escuchas, debería emplear el resto de su existencia en oficios más adecuados para su talento. Quizás la contabilidad o la ebanistería sean lo indicado para su desarrollo vital”.

Sucede, pues, que el Helville De Luxe es un disco fallido por donde se le analice. Sus canciones carecen de la menor audacia creativa, y parecen cortadas por la tijera de un autor no mediocre, sino más bien evidentemente pésimo. No basta con manejar una voz de registro considerable, estar vestido con los ropajes de la fama del pasado y, además, tener el respaldo de alguna disquera poderosa. No, todo eso no es suficiente. Para hacer buena música, se requiere de trabajo constante y de una luz (dícese, por la mayoría, inspiración) que recoja y organice de manera destacable el conocimiento de la tradición a la que uno se inscribe. Y ese es el gran error de Bunbury. Pareciera que no está informado más que de los referentes de su antigua banda, Héroes del Silencio, y no hubiera tratado de acumular las experiencias de otras estéticas. El Helville de Luxe suena a Héroes del Silencio, pero en su versión más sosa y aburrida, y sin ningún destello en particular.

Comentar por separado las canciones de Bunbury es un ejercicio vacío. Cada una de ellas arrastra una torpeza que hastía e incluso amarga. Pues molesta (sí, lo digo con todas sus letras: molesta) que alguien que fuera considerado un gran artista allá por los 80 y 90, en la actualidad no sea más que la sombra pálida de su propia sombra. Las migajas restantes del gran banquete de la música.

“¿Tenían razón mis amigos?”, pienso. Pues sí. Es triste pero cierto: Enrique Bunbury es un pésimo cantautor. Si desean comprobarlo, adquieran el Helville de Luxe, y vayan pensando, desde ya, qué harán con el disco. Les doy una sugerencia: úsenlo de frisby.

Julio Meza Díaz.

Gracias a You Tube:





jueves, 16 de octubre de 2008

Disco: No sé si es Buenos Aires o Madrid (2008)

Solista: Fito Páez (Argentina)

Recuerdo que en los 90, cuando me encontraba en el colegio -estuve gran parte de mi niñez y adolescencia en el San Agustín, esa ultra conservadora institución educativa que se ubica en Lima, en un barrio pudiente llamado San Isidro-, cuando estaba en quinto o sexto grado de primaría, comentaba, había datos de mi persona que guardaba como secretos de gran valor sentimental. Por ejemplo, nunca le decía a nadie, ni a mis más cercanos compañeros, que era un filatélico empedernido que, con una lupa de por medio, me pasaba horas contemplando las imágenes diminutas de esos papelitos los cuales, pese a su ínfimo tamaño, poseen para los conocedores una inmensa estima artística y monetaria. Otra de las intimidades que no sacaba a la luz era mi gusto por la música rock, y, sobre todo, por el placer que me despertaban las melodías exquisitas de Fito Páez. ¿A qué se debía esta vergüenza? Pues a un hecho execrable. Sucedió en una actuación en el San Agustín. Un grupo de estúpidos y carentes de talento, empuñando con torpeza instrumentos musicales, ejecutaron la peor versión que he escuchado de Mariposa Technicolor. En los coros, dando muestras de un idiotismo palpable, estos chiquillos, en vez de repetir el título de la canción, gritaban a voz en cuello: “¡Fito Páez es un cabrón!”. Que fuera verdad o mentira esta frase era lo de menos. El problema se centraba en que, desde ese momento, en el inmenso ámbito del San Agustín, se condenó a cualquier escucha de Páez al exilio absoluto y a la mofa más pérfida.

En la actualidad, el asunto me causa gracia, por supuesto. Pero en su momento me generó una enorme preocupación. Si, empujado por un arrebato, daba a conocer mi recóndito gusto por el talento del rosarino, pagaría caro mi audacia; de modo que esto lo oculté hasta mi último tarde en ese detestable colegio. Pero, por suerte, la vida siempre da revanchas. Y, en estos días, en que gozo por completo de mis libertades individuales, puedo gritar a medio mundo que, luego de Spinetta y Charly García, y junto a Cerati y Andrés Calamaro, me parece que Fito Páez es uno de los grandes artistas gauchos que más aprecio. Por este motivo, cada vez que este compositor presenta un nuevo álbum, lo disfruto hasta el cansancio auditivo y, además, lo celebró como la llegada de una nueva esperanza en una vida gris.

El disco que ha llegado a mis manos se titula No sé si es Buenos Aires o Madrid. Como algunos saben, no es un producto de estudio, sino la grabación en vivo de algunas de las piezas más destacables de Fito. Si hay algo que las liga, es la estética plasmada por la exigua cantidad de recursos instrumentales. Al igual que en el caso de su penúltimo trabajo, Rodolfo, en esta oportunidad hay canciones que son acompañadas únicamente por las armonías vibrantes de un piano de cola. Encuentro otra constante también, y es la respuesta enfebrecida del público. Cuando escucho un concierto semejante, concluyo lo siguiente: un buen cantante es aquel que despierta pasiones no con uno o dos hits, sino con decenas o, tal vez, centenas de canciones, que su fans disfrutan y conocen de manera parecida a los religiosos frente a sus oraciones místicas.

No sé si es Bueno Aires o Madrid abre bellamente con 11 y 6. El respetable aclama y Fito, con una voz limpia y sus teclas melodiosas, suelta: “En un café / se vieron por casualidad / cansados en el alma de tanto andar…”. Es la tierna historia de una pareja de niños que disfrutan del amor y la libertad de un modo conmovedor y poco ortodoxo. Más adelante se escucha su clásico El amor después del amor. Con una apertura inusual, Fito quiebra la melancolía del piano añadiéndole mucha más melancolía: “El amor después / del amor tal vez / se parezca a este rayo de sol…”. ¿Hay algo mejor que la experiencia del amor luego del amor? A mi parecer, y guiado por la lírica de esta canción, sólo sabemos en verdad del amor cuando se da luego de otro amor. ¿He usado demasiadas veces la palabra amor, no? Bueno, es que en los últimos días, por un mero afán dramatúrgico, le he dado vueltas a ese término tan inexplicable y, a la vez, hermoso que es el amor. Luego, la sorpresa del disco: Contigo, original de Joaquín Sabina, cantado por Fito y por aquel madrileño de ronca garganta y verbo afilado. Dice el estribillo: “Y morirme contigo si te matas / y matarme contigo si te mueres / porque el amor / cuando no muere mata / porque amores que matan / nunca mueren”. Enredado pero certero. Ese juego de palabras carga una verdad poética que he comprobado en más de una oportunidad. Con un piano de teclas alegres, Dar es dar es entonada por Fito como quien hace música en una cantina para beodos felices. “Dar es dar / y no marcar las cartas / simplemente dar”, dice Fito, y, de esta manera tan sencilla, pero profunda, aclama positivamente el desprendimiento en sus diversos matices. Y, para acabar, Mariposa Technicolor, en su enésima versión que, sin embargo, todavía fascina a los escuchas y a este triste comentarista.

Y bueno, ¿habrá todavía algún chiquillo que, por temor o vergüenza, no quiera dar a conocer sus gustos musicales? Espero que no. Porque, si hay algo que, de acuerdo con mi experiencia, brinda placer, es gritar a los cuatro vientos el gozo que nos proporcionan ciertas obras de arte. Esto es lo que me motiva, por ejemplo, a seguir escribiendo estos textos, y a chillar, sin miedo alguno, que SOY UN MELÓMANO QUE DISFRUTA DE FITO PÁEZ, como de tantos otros cantautores. He dicho.

Julio Meza Díaz

Gracias a You Tube:










viernes, 10 de octubre de 2008

Disco: Cumbia (2008)


Grupo: Bareto (Perú)

He puesto el disco Cumbia, de Bareto y, como si una fuerza animal naciera de mis entrañas, me pongo de pie y comienzo a bailar, entregado a la alegría de los sonidos de la selva y a una suerte de relectura de la psicodelia más sensual.

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Arrancaré mi crítica con una afirmación tajante: Bareto es una de las grandes revelaciones peruanas de lo que va de la década del 2000. Corriendo el riesgo de ser rechazados por su estética -pues en nuestro medio se privilegia demasiado la lírica y se menosprecia los grupos meramente sonoros-, emprendieron un proyecto que, en su primera etapa, demostró una influencia básicamente anglosajona. No obstante, en sus declaraciones a la prensa y en una pieza en particular -La calor-, ya daban visos de su interés por la música mestiza, es decir, el arte melódico del occidente más añejo recogido por nuestros pares, reelaborado y presentado con características propias, novedosas y mixtas.

Con Cumbia, su último disco, Bareto ha conseguido llevar muy lejos esta preocupación por los estilos selváticos y andinos tropicales. Sin lugar a dudas, el resultado final de su búsqueda ha sido deslumbrante: entre sus piezas, encontramos ritmos clásicos ejecutados con maestría; arreglos que echan mano tanto del saxofón huancaíno como de la guitarra más aguda y trepidante; golpes furiosos de batería que destacan en una atmósfera que, en su versión antigua, trataba de silenciar la violencia de este instrumento; y gritos felices que celebran, en cada clímax musical, la pasión de estar haciendo una armoniosa combinación de sonidos excitantes.

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Sigo bailando con un júbilo que no había sentido desde hacía mucho. No obstante, algo quiere detener mi goce: estoy sin pareja y, en esta clase de trances -actos dancísticos cercanos a lo orgiástico-, se requiere de una acompañante de naturaleza voluptuosa y arrebatadora. Sin dejar de moverme, tomo entonces el paquete de Cumbia y lo observo con minuciosidad. En los interiores, hay una reina que crece entre flores gigantescas, haciendo vibrar sus carnes generosas y batiendo su cabellera abundante hasta lograr la crispación del macho más inocente.

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Aunque todas las piezas de Cumbia son destacables, quiero señalar con especial énfasis el segmento dedicado a Juaneco y su combo. En Vacilando con ayahuasca, encuentro una guitarra que, tocada con un talento que sobresalta, empuja la pieza a un vértigo de locura. Ya se ha muerto mi abuela es más relajada, pero no por ello carece de detalles importantes: los vientos le insuflan una fuerza que hace trepidar los pies incluso a los duros como tabla. A continuación, en Mujer hilandera y A la fiesta de San Juan, la guitarra vuelve a ponerse de relieve: guían el ritmo a una velocidad que inquieta y alegra, que envuelve y somete de forma determinante. Un brillo aparte es el manejo de los coros: son de una potencia carnavalesca que contagia. Alejado por estilo del Juaneco y su combo, pero incluidos en un mismo género, Soy provinciano, original de Papá Chacalón, es una joya por su mezcolanza musical: con vientos andinos, y una percusión lindante al reggae, genera una ambiente melódico, tierno y relajado, que invita a la apreciación detenida de las notas y a la nostalgia del terruño dejado atrás. Llorando se fue, de los Kjarkas, es interpretado con una velocidad motivadora, dirigida por los vientos contundentes que, como si hablaran con radicalidad, parecen retar a los bailarines avezados a intentar perseguir su compás enfebrecido.

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Ahora no estoy solo: en un giro real maravilloso, la mujer del interior del disco se sacude con su cuerpo pegado al mío, sus caderas se bambolean con ánimo candente, y yo, que, a esta altura de las circunstancias, ya perdí mi característica timidez, entre gestos temblorosos y dubitativos, acerco una mano curiosa y toco eso que se estremece y palpita, esos bultos que me encandilan y que me atrapan y me sumergen en la loca pasión, al rito de la lujuria feliz y sin trabas. “Oh, mi selvática quimera”, pienso, entregado al movimiento puro.

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Por último, tengo que decir que Bareto no sólo ha conseguido un excelente disco. Con su eclecticismo profundo, ha vinculado a ciertos sectores representativos de la capital, Lima -como los estudiantes universitarios, los habitúes de Barranco y un puñado de seguidores de distinta procedencia-, con los círculos más lejanos de la sierra y la selva. Mestizaje, le dicen a este resultado. Y, en un país de tantas y tan diferentes sangres, hay que celebrarlo. ¿De qué manera? Pues escuchando el Cumbia de Bareto, y agitándose con los bamboleos de una selvática liberada. He ahí el mejor elogio para tan excelente disco. ¡Bareto, vamos a la fiesta de San Juan!
Julio Meza Díaz

You Tube y sus videos:




sábado, 13 de septiembre de 2008

Disco: ? (2007)


Grupo: Bersuit Vergarabat (Argentina)

Con una vergüenza que roza el malestar físico, debo confesar que, sobre el tema en el cual me quiero especializar como crítico -el rock iberoamericano-, no manejo una cultura tan amplia que abarque la totalidad de mi universo de observación. Pese a esta carencia, hay un de detalle que quizá me absuelve de la terrible culpa: mi ansia de conocimiento. A cada persona nueva que conozco, le pregunto al respecto de sus gustos musicales y, con mayor exactitud, sobre su posesión de discos de rock en español. Este método, sin embargo, no me ofrece una ampliación drástica en mis nociones previas del asunto que trato. Pero, aunque tú no me lo creas, estimado lector / oyente, me ha permitido escuchar, entre una serie de grupos-basura, una que otra joya que vale la pena rescatar, limpiar y exhibir para su apreciación pública. Esta semana, por ejemplo, mientras estaba atrapado en la redacción de un documento jurídico -me desempeño en el área de asesoría legal de un ministerio-, escuché a lo lejos, es decir, a unos diez metros de distancia de mi escritorio, unas melodías que no caían en el facilismo de la sencillez pop, sino que lucían un mar de movimientos sonoros que me dejó pensativo por un momento. “Caray”, me dije. “¿Qué grupo es ese?”. Dejando mis labores a un costado, me acerqué al compañero que lanzaba desde su computador aquellas piezas musicales que me habían hipnotizado.

-Dime, ¿qué bandas en castellano te vacilan? -le inquirí.

-A mí solo me gusta una -me respondió el compañero, con un gesto de seguridad desconcertante.

-Y, ¿cuál es esa?

-Bersuit Vergarabat.

Y sentí como si me hubiera metido una diestra certera en la quijada: yo desconocía por completo a ese grupo. No obstante, con la ayuda de mi compañero, ingresé a ese mundo raro pero bello que es la obra de Bersuit Vergarabat.

Por supuesto, no te aburriré, estimado lector / oyente, con la detallada narración de mi experiencia con cada uno de los discos de la mencionada banda. Como es costumbre en mis críticas, solo me referiré a la última producción en estudio. En este caso, por suerte, fijaré mi juicio en una obra de regular calidad, que, pese a sus altibajos, da muy buenas luces de la capacidad actual, pero sobre todo del potencial latente de Bersuit Vergarabat.

? es el nombre del trabajo en cuestión. De manera general, se puede decir de este que es un ambicioso proyecto. Lo que se han propuesto los integrantes de Bersuit Vergarabat es hallar su estilo en el crisol de las formas. No se detienen en un único sonido, sino más bien experimentan con una multitud de posibilidades. Escuchar ? es abrir las orejas a ritmos tan disimiles como la cumbia, el rock, la murga, el electrónico, la balada y a un largo etcétera.

? empieza con Laten Bolas. Con un arranque discotequero, las guitarras arman una capa sónica de gran fuerza. Mientras tanto, la voz dispara: “Yo no creo en la suerte / ni en error ni accidentes / solo veo mandatos / que acechan inconscientes / que te atan las manos / o te cortan las piernas / el deseo es estéril / el misterio supera siempre…”. ¿La testosterona como leitmotiv del hombre? Al parecer eso es lo que tratan de decir los Bersuit Vergarabat. Manejando un ritmo festivo, con unos tambores que remiten a la murga y una voz con aires punk, en Mi vida se canta lo siguiente: “Me resisto a tener un celular / como un perro que no quiere su collar / será que por el mundo no me quiero dejar encontrar / y controlar a otro no nos hizo bien / así fue como aprendimos a querer…”. Aquí se detalla, pues, las manías y demás características del personaje que construye la canción. Personaje que, por cierto, se identifica con una serie de gustos muy particulares. De tintes más rockeros, Rebelión es un grito contra el entorno enfermizo. El vocalista afirma: “Millones escasos / penosos retazos / a todos nos falta un pedazo / dientes apretados / siempre enojados / esclavos de los resultados…”. Quizás esto se explica por el desencanto ante una existencia insoportable y trastornadora. Con pincelazos de balada romanticona, Luna hermosa es un canto amoroso al satélite de la noche. La lírica, que conmueve por su sencillez y ternura, dice lo siguiente: “Esta luna es pura belleza de una imposible perfección / carga una luz milenaria que no se aguanta / la divina sabe la receta para un amor bien animal / e invita a beber a los hombre cuando está llena…”. ¿La luna como influencia determinante en las acciones de los hombres? Quién sabe, pues, si bien es cierto que rige los vaivenes del mar, ¿por qué no de un bravo macho? Finalmente, la que para mí es la joya del disco: El lechero. Con una atmósfera que invita a la diversión y al goce del más puro humor, las letras dictan: “… Probar mayonesa / o un chongo que baile arriba de la mesa / cualquier desparpajo / acrobacia del tajo / cascada, frotada, masajes nalgales…”. El lechero es, entonces, un servidor sexual que, con alegría y desvergüenza, ofrece sus diversos talentos a una muchedumbre de necesitadas (os) de afecto espiritual y cariño corpóreo.

¿Y es un buen o mal disco? Es uno recomendable. Y, también, es una excelente manera de ingresar al rico universo de Versuit Bergarabat.

¿Y seguiré preguntando a fulano y mengano qué está escuchando ahora? Sí, por supuesto. Y, antes que nada, tendré las orejas bien limpias para encontrar aquí o allá, bajo un árbol o detrás de una puerta, un buen disco de rock en español.

Julio Meza Díaz

You Tube y lo suyo:





jueves, 21 de agosto de 2008

Disco: Un mañana (2008)

Solista: Luis Alberto Spinetta (Argentina)

¿Quién soy yo para criticar la última obra sonora de uno de los genios de la música contemporánea? Desde la perspectiva más optimista, frente a Luis Alberto Spinetta, mi persona no es más que una hormiga contrahecha. O, quizás, algo peor todavía: un protozoario moribundo de lodazal. Y se me ocurren ejemplos más drásticos, pero me parece que lo que trato de decir se entiende muy bien: no soy nadie ante Spinetta. Sin embargo, tengo que declararme un atrevido desvergonzado, pues emplearé mi humilde pluma para comentar Un mañana, interesante producción que demuestra que, para hacer rock del bueno, a veces se requiere una edad avanzada y un espíritu de lucha inapagable.

De manera muy general, puedo decir que Un mañana se circunscribe dentro de los rasgos jazzísticos con que Spinetta ha venido tiñendo sus últimas obras. No obstante, hay momentos que escapan de la regla, y logran alcanzar picos sublimes, en donde se reconoce un genio inaudito. Sin duda alguna, este trabajo es una demostración más de que Spinetta es todavía ese monstruo super evolucionado que reina en ese mundo alucinante que es el rock argentino.

Pasemos a los detalles.

El disco empieza como un llamado a la puerta: una batería golpea reclamando suma atención. Es La mendiga, que no muestra nada nuevo dentro del universo reciente de Spinetta, pero tampoco desluce sus logros. Mientras al fondo hay un conflicto armonioso entre el piano y los tambores, la voz canta, en un desarrollo verbal intrincado: “…No fue tu amor lo predecible al fin / cuando él se marchó / y se ocultó de tus ojos / tus ojos de estrella / en la tempestad…”. La lírica de Spinetta no deja dudas: es una de las más elaboradas del rock en español. Más adelante, con un estilo que desperdiga elegancia, está No quiere decir. Con los punteos acerados de una guitarra agudísima, Spinetta suelta: “Aunque el sol te abrigue no quiere decir que no tengas más frio / y si la luna se cubre no quiere decir que no tengas su luz / cada día es la mañana desnuda y tu corazón tiene prisa…”. La tendencia de Spinetta es emplear rasgos jazzísticos para acompañar sus letras que son manufacturas de gran precisión y resonancia. A continuación, Hidra al sol es de una forma cercana a lo que el músico argentino empleó en la década del 70: con una guitarra acústica, la voz tiembla y se debata entre las variaciones de registro, que van desde finos quiebres, hasta momentos ligeramente roncos. La lírica entona: “Oh, mi amor / dime cuándo quema el sol / con mis manos haré brisa para que no / oh, dime si podré jugar / sin los sueños la armonía no tiene lugar…”. Con trazos de una tensión creciente, Hombre de luz es tal vez la pieza más singular. Consiste en una atmósfera sonora que trata de recrear el vacío del espacio exterior. La voz canta, con tono frío: “Hombre de luz que vuelas al espacio / señálame la ruta al sol / quiero estar allí / volando…” Alucinante, ¿no? Para cerrar, Spinetta vuelve a los pincelazos jazzísticos, y suelta una letras transparente, que cae en el plano de lo erótico: “Tus ojos vagan tristes / haciéndose en las sombras / mientras la noche abrigue, amor / yo subiré a tu alcoba /y en tu cielo me reuniré / en tus labios me perderé / para soñar”. Se escucha, pues, un Spinetta que festeja con alegría los placeres de la carne. Y, de este modo lúbrico, pone punto final a Un mañana, su más reciente disco.

Y bueno, sólo me resta preguntarte, querido lector / oyente, si estuve a la altura de Spinetta. Claro que no me hago ilusiones. Me contento con que me digas que he abrazado su tobillo y que, desde mi profunda pequeñez, he observado el destello en los ojos de ese gigante, viejo y genial músico argentino que se configura como la muestra viva que, pese y justamente debido a sus casi sesenta años, el espíritu de un hombre maduro aún puede florecer. ¡Y de qué gran manera!


Julio Meza Díaz

You Tube y su virtudes:





jueves, 17 de julio de 2008

Disco: Unplugged (2008)

Solista: Julieta Venegas (México)

Mis amigos más cercanos me preguntan: ¿qué le ves? Y yo les respondo: su mirada melancólica; su cuerpo delicado como una pluma que lleva el viento. Y ellos insisten: ¿pero no la encuentras muy delgada, muy plana? Y yo agrego: no. Para mí, roza la perfección. Es como trazada según mis necesidades afectivas. Es lo más cercano de mi ideal. Y ellos continúan: ¿pero acaso la conoces? De repente es una muchacha indeseable. Una vulgar que resulta más fastidiosa que piedra en el zapato. Y yo la defiendo: No. Eso nunca. Sus canciones son tan tiernas que, estoy seguro, parten de un interior de la misma naturaleza. No tengo duda que ella es luz y, mediante su música, vierte luz. Y ellos, por último, aceptan: estás enamorado hasta el tuétano. Y yo anuncio: Y lo seguiré estando hasta el final de los tiempos.

¿De quién hablábamos? Por supuesto, de mi queridísima Julieta Venegas, que, hace solo unas semanas, ha presentado su última producción, un unplugged de MTV que ha arrancado las más divididas opiniones y que, desde mi trinchera de crítico de rock, estoy obligado a defenderlo… perdón, a comentarlo desde la más neutral perspectiva.

Comencemos.

El disco en cuestión arranca con Limón y sal, pieza que le dio título a su anterior trabajo. El sonido que adopta esta canción en el unplugged da una idea de lo que será el resto de la obra. Una labor pulcra de cuerdas, unos vientos mesurados, un xilofón agudo y preciso, y una batería tan estilizada que únicamente aporta platillos vibrátiles y una tarola de suaves retumbes. Unos detalles que convierten las versiones eléctricas en música para salón. Un verdadero gozo para los oídos. Pero, como siempre, a lo largo del unplugged hay puntos altos y bajos. A mi parecer, entre los destacados, está Andar conmigo, que Julieta Venegas resume de forma muy clara y breve. Dice, antes de empezar a cantarla: “Esta canción que continúa es una canción directa y sincera de amor, para los que saben cuando lo sienten y no lo pueden cambiar”. No hace falta dar mayor explicación. Otro track sobresaliente es Algún día. Con una cortina sonora muy lúdica, en donde se privilegia la flauta, que parece brincar entre flores enormes, la voz suelta: “Algún día quizás / podré decirte algo / que sea importante / algo hecho con sabiduría… mientras tanto vamos todos en el mismo tren / cometiendo errores / y pisando mal”. ¿Reconocimiento de su juventud y, por ende, de su inexperiencia? Por supuesto. Pese a ser una estrella de rock, con una fama que se proyecta en todo el mundo de habla hispana, sabe que aún no ha acumulado un conocimiento profundo de las cosas. A este autoanálisis no se llega con facilidad, pues el ego de una artista, por lo usual sobredimensionado, lo impide y anula. Y que lo haya realizado ella, que haya concluido que por ahora no dispone de ideas penetrantes que ofrecer, es una muestra de su inteligencia. Y, por último, una pieza que me sensibiliza especialmente, y que, por ello, según mi punto de vista escapa del común denominador, es esta: Ilusión. Haciendo dúo con Marisa Montes, y con un acompañamiento etéreo de cuerdas, Julieta canta: “Por ella / no supe qué hacer / por qué la dejé / no sé / solo sé que se me fue / hice todo lo que quería / por qué no me dejó tratar / de hacerla feliz”. ¿Quién no ha cantado alguna vez una letra semejante? Como a casi todo el mundo, a mí también se me fue alguien. ¿Por qué? Tomando las palabras de Julieta, lo único que puedo decir es lo siguiente: sólo sé que se me fue.

¿Y señalaré los puntos bajos del disco de Venegas? No, ni hablar. Eso lo dejo para sus detractores. Para mis ojos y oídos, ella siempre ha sido, es y será una belleza quimérica, un objeto de mi vertiginoso amor. Pues alguien que hace de la ternura su poética no sólo merece admiración, sino también amor. Y eso es lo que logra Julieta Venegas: que su público incondicional la amemos.
Julio Meza Díaz

Youtube, gracias:





jueves, 10 de julio de 2008

Pieza: Borrador Cuatro (2008)

Solista: Murakami (Perú)

Hace unos días, una persona X, especialista en los comentarios sobre rock y con un juicio crítico que respeto, me soltó un par de ideas que me dejaron turulato.

-Sabes, Julio, creo que deberías cuidar tu escritura. A veces eres reiterativo y caes en enredos innecesarios.

“¿Cómo?”, me dije. “¿Eso significa que mi lenguaje es confuso? ¿Qué no me dejo entender?”. Pues me parece que no es cierto, porque siempre he escrito con una claridad que hasta peca de evidente, sin significar esto que menosprecie a mis lectores, ya que ellos saben muy bien que nunca he pergeñado una frase con propósitos facilistas. A mi entender, la prosa que empleo se encuentra en un punto intermedio entre lo sencillo y lo críptico. Y, si no me han comprendido, entonces me expresaré con transparencia en las siguientes palabras: lkajdad kljadhla uihvxkc lmanrwe ja ja ja!. Fácil, ¿no? Creo que cualquiera puede descifrar lo que he escrito.

-Y, además, Julio, te dedicas a los grupos de rock en español comerciales.

“¿Y es cierto eso?”, me pregunté y, luego de algunos segundos de meditación, concluí: “Yo, que siempre he pensado que busco y rebuscó hasta bajo las piedras de lo que se compone en Latinoamérica y España para hacer mis críticas, debo aceptar con tristeza que esa afirmación es verdadera”. Pues las bandas y solistas que salen en mi blog gozan de cierta fama. Sin embargo, no por ello he regalado flores a cada uno de mis objetos de crítica. En la medida de lo posible, he tratado de guiarme por ciertos parámetros para soltar los adjetivos correspondientes. Y, a veces, estos han sido poco gratos e incluso burlones, cuando el producto musical así lo ameritaba.

Pero ahora, yendo a contracorriente de este último comentario de la persona X, hablaré no de un compositor underground, sino de uno under-underground (si es que cabe el término, por supuesto).

Era el 2004, y yo, entre jalados, desamores y lecturas febriles de madrugada, iba la facultad de Derecho de la Universidad Católica. En aquella ocasión, creo que me tocaba Contratos Generales, con un profesor que prefiero nombrarlo de manera cariñosa: so reverendo hijo de puta. Sin ninguna duda, yo en dicha clase sufría a mares. Primero, porque se dictaba luego del almuerzo, y, en ese lapso de tiempo, sólo pienso en dormir en los cómodos muebles de mi sala. Y segundo, porque los contratos unidos al idiota dogma del análisis económico del derecho resultan siendo algo aterrador: reducen el universo a la ley de lo más rentable y menos rentable. So reverendo hijo de puta, ¿acaso cuando le das una caricia a tu hijo o te acuestas con tu esposa piensas en lo más rentable? En fin, el caso es que, en medio de ese caos académico, conocí a un pelucón que se llamaba César. Él era lo que siempre he envidiado: un hombre relajado y sin remordimientos. Y eso me agradaba tanto que decidí seguir sus pasos: yo también empecé a faltar a clase, y no me sorprendí cuando me desaprobaron con un bochornoso cero cinco.

-Por lo menos te puso cinco puntos -me dijo César, cuando comparamos nuestras notas-. A mí me puso dos.
-Bueno, qué chucha. Cambiemos de tema.
-Okey.
-Sabes, hace poco te vi con un libro de poesía. ¿Por casualidad escribes?
-No. Yo compongo y canto. Tengo mi banda de reggae que se llama La Mole.
-Ah caramba. Qué bueno. Y dime, ¿cómo haces para compatibilizar el Derecho con la música?
-Es fácil: no estudio.

Aplicaba entonces una técnica académica suicida. Sin embargo, pese a lo esperado -es decir, que jalara tres veces un curso y lo botarán de una patada de la Católica-, acabó sus estudios a tiempo, y logró convertirse en un alumno egresado de mi facultad. En lo que respecta a lo musical, César ha dejado el reggae, y, oculto en su propio estudio musical, y bajo el pseudónimo de Murakami, compone canciones pop que le deben mucho a la actual vertiente de grupos españoles (Family, El Niño Gusano, La Buena Vida y un pronunciado etcétera). Sus piezas poseen un aire entre melancólico y áspero. Llevan capas envolventes de sonido electrónico y producen una extraña sensación: el escucha se queda con el deseo de gozar de más de este estilo adictivo. Te recomiendo, mi estimado lector / oyente, que te des una vuelta por su My Space (www.myspace.com/peterquistgardyelsindicatodepiratas), y disfrutes las excelentes composiciones de mi amigo César.

Y bueno, ¿comento o no comento grupos no comerciales? Al parecer, en esta oportunidad, he hecho la excepción y le he dado vitrina a un muchacho que, si bien compartió aulas conmigo, también domina la estética musical y se merece una oportunidad en el mundo del rock. Y, por otro lado, mi querido lector / oyente, ¿has leído con facilidad el presente comentario? ¿O has detectado algunos baches en mi sintaxis que hacen ilegible mis párrafos? Si es así, y crees como la persona X que debería mejor mi formato escritural, pues te sugiero que le des una ojeada a mi siguiente explicación, transparente como el agua de manantial: lsjkfhgsldkjf lsfjkslkgjs peowit´ñaslfkg kajdal, cha cha cha!


Julio Meza