domingo 12 de julio de 2009

Ser o parecer

Desde hace unos días atrás, he tomado la costumbre de salir a correr alrededor del pentagonito. Confieso que el deporte no es mi fuerte; de modo que, luego de alcanzar aproximadamente los trescientos metros planos, empiezo a sentir la agitación del cansancio y el arrepentimiento por todas las noches de bohemia en las que, perdido en el frenesí desatado, consumí bebidas espirituosas y hierbas aromáticas. Finalmente, ya por completo agotado, me detengo a respirar hondo y descansar en un agradable parque, que, quizás por su ornamentación excesiva –tiene una laguna con patos reales, una pérgola de madera blanca y un puente con detalles labrados–, se ha convertido en centro para sesiones fotográficas de parejas recién casadas.

Hoy, sudado y con la respiración entrecortada, me senté de nuevo en una de las bancas del mencionado parque, y, entre los árboles sosegados, pude observar al detalle ese trance extraño que es el tratar de perennizar el día del matrimonio. Los novios están tensos, pues temen que los trajes se arruguen o maltraten, que el peinado o el maquillaje se estropee, que se pase la hora y lleguen tarde a la fiesta. En suma, la situación es muy estresante. Sin embargo, al momento de la foto, deben (y repito: deben) fingir felicidad. Así, he visto a novias sonreír de oreja a oreja, y, luego del click fotográfico, volver al gesto de la mujer agobiada, perturbada y enferma de confusión. También he visto al novio mostrar su mejor porte de caballero, y, después del flash, arrojar una andanada de groserías contra la corte de ayudantes que se requiere en esos momentos.

De inmediato, me pregunté: ¿qué es más importante en los ritos contemporáneos como, por ejemplo, el matrimonio: ser o parecer? Y pensé en otros rito: el primer día de nido o colegio –en el que, en muchas ocasiones, el niño o niña está llorando con desesperación, pero la madre trata de sosegarlo para que salga bien en la foto–, la primera comunión –en la que, por lo común, el niño o niña está preocupado o incluso asustado porque recibirá el cuerpo y la sangre de un individuo que murió de forma tortuosa–, la graduación –en la que, por lo menos en mi universidad, los graduandos o graduandas están más interesados en que sea su terno o su vestido el más destacado de la ceremonia–, el primer día de trabajo –en el que, según mi experiencia, el novel trabajador o trabajadora está nervioso, pero siente la obligación de mostrar la tranquilidad de una roca–, y el día del entierro –en el que, usualmente, los deudos y deudas hablan maravillas del finado o finada, cuando, a veces, dichas maravillas esconden una vida llena de maldades y perversiones–.

¿Queda, entonces, algún rito en el que sea más importante ser que parecer? Bueno, creo que el único rito contemporáneo en el que se privilegia el ser se denomina concierto musical. Cuando uno es fan, cuando uno disfruta de la música que está oyendo en vivo, cuando uno siente que las notas atraviesan su cuerpo hasta sacudirlo de electricidad, cuando uno se encuentra rodeado de gente que comparte su placer por determinados sonidos, cuando uno junta su voz a la del cantante en una conjunción poderosa que destella amor a la música, cuando sucede todo ello, la persona no se guía por el “parecer”, sino por el “ser”. Puesto que, cuando se liberan tantas emociones, es difícil estar pendiente del parecer, que siempre requiere una deliberación previa. Así, en el concierto musical, el espectador sólo se deja llevar por el gozo, prescindiendo de las opiniones de los otros e incluso de las de sí mismo, opiniones que, en muchos casos, nos obligan a aparentar lo que no somos.

Entonces, estimado lector / oyente, te invito a que asistas a los conciertos musicales. Pues estos quizás sean el último rito en el que importe más el ser que el parecer. Como diría Gustavo Cerati, “bienvenidos al rito”.

Julio Meza Díaz

jueves 2 de julio de 2009

Apología a los reproductores portátiles

Sé que muchos no estarán de acuerdo conmigo. Sé también que lo que afirmaré es caprichoso y exagerado. No obstante, quiero dejarme llevar por la pasión y el agradecimiento, y soltar en un grito poderoso lo siguiente: ¡El mejor invento del siglo XX es el reproductor portátil!

Era la década del 80, y mi hermano mayor, Renán, recibió como regalo de navidad un walkman. Al principio no me llamó la atención, pues me parecía un objeto demasiado grande como para llevarlo a todas partes. Sin embargo, Renán me lo prestó en una oportunidad, y, casi sin quererlo, salí a pasear a la calle con dicho aparato. ¡Qué enorme fue mi experiencia! ¡Qué maravillosa! Había descubierto que la música, la música que me gustaba, podía estar conmigo incluso en los lugares más insospechados, como en el bus, en una cola del banco o en el medio de un tumulto de gente. Emocionado hasta el tuétano, concluí en seguida: debo comprarme un walkman. Y, al poco tiempo, así lo hice.

Los años pasaron y, con ellos, fui adquiriendo progresivamente los reproductores portátiles más novedosos. En mis manos han estado un discman, un ipod y un mp3. Este último es el que, hoy por hoy, me acompaña en mis desplazamientos por la ciudad y el que, como si fuera una bella dama, recibe mis mejores tratos y mimos. Puesto que, según mi parecer, mi mp3 es la preja ideal: lo da todo sin esperar recibir nada a cambio (salvo una pila que, a veces, hasta es recargable).

Empero, hay detractores de los reproductores portátiles. Un gran profesor de la especialidad de Literatura de la Universidad Católica, quien enseña el curso de Literatura Italiana, me dijo una vez que el walkman empuja a la persona hacia el autismo. En ese momento no supe que responderle. Pero ahora, a manera de una defensa cerrada a favor de mi artilugio electromecánico preferido, puedo decir que el mencionado profesor se equivocaba. El individuo que sufre de autismo está encerrado en una burbuja que limita drásticamente su capacidad comunicativa. Por el contrario, el sujeto que usa, por ejemplo, un mp3, se encuentra en un constante intercambio dialógico con la música que escucha. Como es obvio, así no sea cantada, una pieza sonora es un mensaje expresivo, y lo que genera éste en el oyente (sea una sensación de agrado, desagrado o indiferencia) es una respuesta clara al evento señalado. De modo que, a diferencia del autista, el usuario de reproductores portátiles está en una constante experiencia comunicativa con la música que consume.

Ahora bien, además de lo dicho en el párrafo anterior, quiero manifestar la razón esencial que mueve esta pequeña apología. Cuando tenemos los oídos sin unos audífonos encima, el mundo es el que decide por nosotros qué escucharemos y qué no. Sin embargo, gracias a los reproductores portátiles, nosotros podemos elegir, haciendo uso de nuestra libertad, los sonidos a los que prestaremos atención, y con los que nos regocijaremos o fastidiaremos a lo largo del tiempo que consideremos necesario. Este es, entonces, el valioso favor que nos da el reproductor portátil: una posibilidad más de ejercer la libertad.

Sólo me resta agregar, hasta casi hacer estallar mis pulmones, lo que sigue: ¡El mejor invento del siglo XX es el reproductor portátil!
Julio Meza Díaz

martes 30 de junio de 2009

La radio peruana

Hay una sentencia que repetimos cada cierto tiempo los que gozamos de la música en el Perú: la radio es una basura.

Aunque pareciera demasiado drástica, no es muy difícil sustentar esa afirmación. Sólo hace falta revisar el dial con los oídos atentos, y lo dicho se impregnará en nuestra mente como una sentencia inapelable. No obstante, para aquellos que no manejan el tiempo o la paciencia que demanda pasar de una emisora a otra, procederé a detallar lo que se transmite en el día a día. A favor de quienes se regocijan con la salsa (y, para ser más preciso, con la salsa sensual), hay una diversidad de estaciones que bien pueden satisfacer ese gusto. Pero, debo señalar que, si, por ejemplo, alguien deseara escuchar una salsa barroca, a la manera de las canciones de Maestra Vida, de Rubén Blades, tendría que aguardar un programa especializado o, es lamentable decirlo, la muerte del mencionado músico, hecho que, tal vez, motivaría la puesta en el aire de sus más destacados logros sonoros. Por otra parte, los adictos al folclor también poseen sus espacios en el dial. Pero, en los mencionados ámbitos, además de lo producido por los (as) cantantes de moda, ¿disfrutan de la fina guitarra de Manuelcha Prado o de las rebeldes canciones de Martina Portocarrero? La respuesta obvia es no. Empero, no quiero ser pesimista; de modo que seguiré mencionando otros géneros. Y se me ocurre el siguiente: el reggaetón. Si un sujeto es fanático de dicha corriente rítmica, no me cabe duda de que sí tendrá oportunidad de solazarse con las transmisiones radiales. Pero, si quiere prestar atención a las letras de Calle 13, grupo reggaetonero que crítica a sus pares musicales y, con ironía y desparpajo, ametralla con un verbo trepidante el sistema social, ¿podrá hacerlo? Pues no. Alguien de seguro preguntará: ¿y el rock? Pues, si a un individuo le divierte el rock, tiene a la mano un buen número de emisoras. Pero (y este es el cuarto “pero”), si quiere escuchar la poesía de Spinneta o las atmósferas de Pink Floyd, el sonido sucio del primer Leusemia o la etapa psicodélica de los Beatles, únicamente le resta lo siguiente: coger su cd o su archivo en mp3, presionar play, y sentirse el más raro de los raros… De modo que, y tomando de base los cuatro casos anteriores, resumiré el párrafo con esta pregunta: ¿cabe la posibilidad que grupos o cantantes que no sigan una línea comercial o fresca o ligera o light o como quieran llamarlo sean pasados por la radio peruana? Como sospechas, la réplica es un contundente: NO.

Ahora bien, la radio no es una basura porque en su gran mayoría de emisoras (1) transmita canciones meramente divertidas y populares. No, no es esa la razón de mi calificativo. Este se debe a que el dial peruano niega la diferencia. La rechaza. La esconde. La ningunea. ¿Y por qué lo hace? Quizás porque los programadores no ven más allá de sus narices y se quedan con la epidermis de la oferta sonora. Quizás porque los programadores piensan que el público es idiota y no aceptará algo radicalmente nuevo. Quizás porque los mismos programadores reciben ciertos beneficios económicos que los obliga a poner determinado tipo de música. Quizás. Quizás.

Existe algo, sin embargo, que da una luz de esperanza a esta noche oscura. Y eso es el ejercicio de tu libertad, querido lector / oyente. Si no te agrada o no te es suficiente lo que escuchas en la radio, pregúntales a tus amigos o conocidos, ve a una discotienda surtida, revisa en internet, o, por último, haz tu propia música. Lo importante es que encuentres algo que llene, por lo menos momentáneamente, la necesidad natural que tienen tus oídos de ser atravesados por algo que consideren bello. Y si algún día llegaras a trabajar o dirigir una radio, trata de apostar por la multiplicidad de opciones, porque la única manera de realizar a plenitud la libertad es teniendo la posibilidad de elegir entre la mayor cantidad de caminos. ¿Y cuál es el camino correcto? Eso sólo tú lo sabes.

Julio Meza Díaz

(1) Debo señalar que existen dos emisoras (Radio Filarmonía y Doble Nueve) que apuestan por una señal distinta. La primera se dedica de manera especial a la música de cámara; y la segunda al rock anglosajón más rebuscado. Por otra parte, si se busca con lupa, se puede hallar algunos programas, de muy pocas horas de duración, que tratan de darle nuevos aires al dial peruano. Sin embargo, ambos casos (las emisoras y los programas) constituyen la excepción que, lamentablemente, confirma la regla.

sábado 27 de junio de 2009

Michael Jackson (1958 – 2009)


Cosa rara. Estas dos palabras bien pueden describir la vida entera de Michael Jackson como la reacción de miles o quizás millones de personas frente al fallecimiento del mencionado artista.

Michael tuvo una carrera musical vertiginosa. Desde sus primeros años de vida, se presentó en shows televisivos, encandiló con su voz de una agudeza de almizcle y entusiasmó con sus pasos elásticos de baile. Transcurrió el tiempo, y, poco a poco, lo musical dio un salto al costado, para dejar ingresar la obsesión por una extraña búsqueda: la de una estética anatómica que aliviara (sospecho) retorcidos complejos interiores. De una tez negra, con pelo ensortijado y labios henchidos, Michael se tornó en un moreno de finos rasgos, para, por último, terminar en una suerte de hombre blanco que lindaba más con la truculencia de lo freack, que con lo supuestamente bello y sofisticado. Michael, de un modo evidente, rechazó su color de piel y sus formas corporales de origen, y se lanzó a la persecución de una “mejor” apariencia, que lo contentara a sí mismo y, quizás, a sus admiradores (1).

Ahora bien, con motivo de su reciente muerte, y según las lecturas que he recogido de un sinnúmero de medios, puedo afirmar que no se recuerdan estos hechos enumerados que son tan contundentes como llamativos. La fanaticada (conformada por blancos, negros, cholos, chinos y, quién sabe, hasta marcianos) llora su partida, sin traer a la memoria que el fallecido fue un ejemplo de angustia, confusión y temor. Además, es por lo menos sospechoso que, hasta hace tan sólo unos cuantos años, muchos pedían una drástica sanción contra Michael por haber violentado, según la parte contraria, la integridad sexual de un menor de edad. En aquel entonces, Michael era un perverso, un enfermo sexual que, abusando de su dinero y poder, engatusaba a niños hasta llevarlos a su rancho privado, y, en ese lugar, los empujaba a la realización de tocamientos y demás prácticas lascivas. No olvides, estimado lector / oyente, que el jurado norteamericano que vio el caso nunca señaló si Michael había realizado o no los delitos que se le imputaban, pues el conflicto jurídico se solucionó mediante un trato extralegal.

Y bueno, estimado lector / oyente, mi propósito no es tirarle barro desde un ventilador a Michael y sus seguidores. En primer lugar, Michael no fue el único responsable de su viaje hacia lo extraño: mucha culpa tienen los complejos, las presiones sociales y las enfermedades ideológicas del siglo XX occidental. Nosotros (tanto tú, lector / oyente, como yo) convertimos, de algún modo, al menor de los Jackson en un ser claroscuro y patético. Por último, el público de doble discurso (2), olvidadizo, convenido y mezquino, que ahora lamenta la pérdida de Michael tampoco es del todo responsable de su actuar. Los medios de comunicación, la falta de conciencia crítica y el arrastre de las masas, están casi obligando a esta gente a sufrir por alguien al que, hasta hace un tiempo atrás, rechazaban y vituperaban.

Michael, no sólo tú fuiste raro, también lo es tu público. Cosa rara, ¿no?

(1) Existe un detalle importante a rescatar. La muerte de Jackson, quien había procurado la satisfacción personal mediante el cambio del color de su piel, se ha dado cuando otra persona negra, Barack Obama, sin modificar sus rasgos originales, ha conseguido hace poco un logro mayúsculo: la presidencia de los EEUU. Coincidencia importante, pues señala, tal vez, que nuevos vientos recorren el mundo.
(2) Cuando refiero las palabras “público de doble discurso”, quizás se pueda pensar que tropiezo en el error de la generalización. Por ello, quiero aclarar que dicho término hace mención a determinado tipo de seguidor de Michael. Estos se encuentran en un universo conformado por las siguientes personas: los seguidores fieles de Michael, los que recién ahora lo traen a la memoria, y los que denominaré, con un poco de diplomacia, “cambiantes”. Estos últimos son los que, hasta hace no mucho, pedían un castigo para Michael por sus no probados delitos sexuales, pero que, en estos días, se acongojan por la muerte de dicho artista norteamericano. Estos son los seguidores que incluyo en la categoría de “público de doble discurso”.
Julio Meza Díaz

miércoles 6 de mayo de 2009

JJ Castro - Siempre hay un concepto en mí


Después de semanas y semanas de luchar contra la molicie (si, querido lector / oyente, no conoces ese término, te recomiendo leer un cuento de Julio Ramón Ribeyro titulado de ese modo), después de luchar contra la molicie, decía, logré salir a flote y, tomando el débil bote de mi autoestima, navegar con dudas hacia el norte de mis actividades. De ese modo, además de ponerme al día en mis lecturas (tengo cúmulos de libros que debo revisar para mi tesis), cogí mi grabadora y empecé a transcribir la entrevista que le hiciera a JJ Castro a inicios del año. JJ Castro, líder del (para mí) mejor grupo de rock peruano de los 90, El Aire, me brindó unos minutos de su tiempo, y me maravilló con su transparente inteligencia y su capacidad para saltar de un tema a otro sin perder el sentido general del diálogo. Lamento mucho no haber posteado esta entrevista con anterioridad, y, por ello, le reitero mi pedido de disculpas a JJ Castro. No obstante, ahora que ya he cumplido con mi labor de periodistas-crítico de rock aficionado, creo que puedo quedar tranquilo, pues he puesto a tu disposición, estimado lector / oyente, las palabras de JJ, nuestro principal músico de vanguardia.

El disco “El Aire” abre con una canción llamada “Lluvia en el ande”. Hay una clara referencia allí a lo que es la sierra peruana. ¿Cuál es tu vinculación con la música andina?
He nacido en el Perú y he crecido en el Perú. Entonces, la música andina es una rama sonora que siempre la he tenido presente y que no he podido ignorar. Además, me gusta.
Ahora, yo me considero un músico mecánicamente limitado. De modo que, como un elemento urbano, lo que me queda es la síntesis. Y eso se manifiesta en lo que hago, que es recoger todas las experiencias auditivas, las cuales trato de recrear como un vehículo de expresión.
En el caso de la canción que mencionas, era pertinente hacer referencia a lo andino. Si examinamos los andes, nos daremos cuenta que ellos contienen nuestro sistema hídrico. Decanta la lluvia, se desliza a través de quebradas, y se torna en río o hielo. Y de aquello se propulsa la vida.

Es interesante lo que dices, porque en el disco “El Aire” gran parte de las canciones hablan de un amor que acaba e, incluso, la última canción se llama "Terminal" y hace referencia a una relación de pareja que se muere poco a poco. Entonces, mi pregunta es: ¿cómo relacionas el constante renacer al que haces mención en “Lluvia en el ande” con lo que muere en "Terminal"?
Está bien realizada tu lectura del disco. Hay una microfoto auditiva de eso en el pasaje entre "Cardiograma" y "Limbo". Es decir, falleces, vas al limbo, y luego renaces. Por eso hay como un estrépito. Las canciones están concatenadas, de modo intencional y no intencional.
Ahora, en "Terminal", podemos encontrar la imagen del paciente que está muriendo, pero más que todo es vida. Estoy hablando de vida. Lo que no da para más, no da para más. No concibo el amor si no se practica, si no está el bien. Y este puede suceder aunque la pareja no esté junta. Claro que no necesariamente tiene que haber amor. Pues dicho sentimiento tiene que ir y venir. Cuando se insiste en una relación que tal vez no es positiva, pero que goza de magnetismo -relación en la que se podría caer en lo absurdo-, usualmente el empeño que se pone no producirá ningún resultado. Y la pareja fallecerá.

¿Y qué tiene que ver esto con el renacer del ciclo andino?
Creo que directamente nada. Tendría relación más bien con el ciclo de la vida.
Me refiero a la estructura del disco El Aire. Esta va de un renacer a un…
Acaba como empieza: con una invocación.
Claro, ahora lo recuerdo. Termina con una lluvia. Es decir, el disco es un círculo.
Sí. Y también puedes leer los microciclos. La vida también se compone de microciclos. Lo que empieza acaba de alguna manera. Hay procesos a veces truncados, hay otros completos, pero todos tienen un principio y un fin.

El disco “El Aire” salió el año 96. Me acuerdo que ese año, en la revista Caleta, se eligió como mejor disco para el público “Suicida de 16”, de Rafo Ráez. Y, por otra parte, “El aire” fue señalado como el más destacado para los críticos. ¿Tú crees que los trabajos del El Aire son para los oídos especializados?
Yo creo que ningún grupo es un grupo para críticos o para no críticos. Es decir, una banda es solo una banda.

A lo que me refiero es a que los discos de El Aire han tenido mayor recepción entre los críticos que en el público.
Si eso es así, se debe a varios motivos. Primero, tal vez la música de El Aire no es popular o no se ha popularizado. O, más bien, no se ha hecho mucho esfuerzo en hacerla popular. En ninguno de esos casos he pisado el acelerador. He tocado poco para lo que se suele tocar. Me he esforzado poco en el aspecto mediático para lo que se acostumbra. Mi presencia es inconspicua muchas veces. He hecho conciertos que han estado fuera del circuito, como he tenido también la oportunidad de hacer un concierto muy grande. Entonces, considero que si los críticos le revientan tantos cohetes a mi obra, es quizás porque me he hecho amigo de algunos de ellos –no me gustan los fans sino los amigos–. Y me he relacionado con dichos críticos, porque he deseado conocer de una manera bastante genuina de qué se trata la labor musical.
Ahora, hay personas que tienen legítimamente una convicción positiva sobre mi trabajo, y la defienden y sostienen. Es más, algunos son abogados como tú. Puedo decir que son gente que manejan postulados que no carecen de base, lo cual es muy interesante. Otra cosa que también he descubierto es que muchos de ellos han sido siempre muy aventajados en el colegio y en la universidad –cosa que es mi antítesis de algún modo–, y esto me parece muy atractivo. Por otra parte, se encuentran algunos músicos, quienes no tienen mucha dificultad al momento de valorar mi carrera. Entonces, si El Aire es una banda de críticos y de algunos músicos a quienes ha provocado o influido de alguna forma, es porque hace música alternativa, porque se desempeña bajo las reglas de las bandas hacia las que me siento atraído. Uso metodologías de trabajo que no son las de la industria, sino que más bien son paralelas a las de la industria. De modo que no tengo ningún problema en mostrar distintas calidades de sonido, porque el público que consume mi música entiende cuál es la situación y se informa sobre el tema. Así, al que le gusta El Aire, tiene motivos para que le guste.
Mira, uno de las expresiones más bonitas que he recibidos vino de una persona que estimo y aprecio mucho. Me dijo, refiriéndose a “El Aire” y al disco triple: “a mí estos discos no me dicen cópianos, sino más bien “somos tuyo, haz lo quieras con nosotros””. Ese comentario me quedó muy impreso en la mente.

El disco “El Aire” salió a mediados de los 90. ¿Qué escuchabas por entonces?
Por ahí Nirvana. Había cosas del grunge que me interesaban. Pero en esa época estaba centrado en reconstruir mi adolescencia musical. El CD como formato estaba en auge. De modo que intenté obtener en versión CD los álbumes a los que tenía tanta afición. Sin embargo, cuando salió el “The Downward Spiral” de Nine Inch Nail, me pareció que recién estaba ante una obra maestra después de mucho tiempo. Claro que a mí nunca me ha interesado copiar ese estilo. Pero ese fue el tipo de trabajo que sentí cercano.

¿Escuchaste algo de rock peruano?
Te confieso que, en aquel entonces, descubrí muchos grupos. Por ejemplo, la primera vez que vi tocar a Texturas, en el Árabe, con luces azules en su espalda, me produjo una sensación muy potente. Dentro de la misma vena ochentera, lo que hacía Azules Moro también me parecía interesante. Hay que recordar a la banda del chino Burga. Aunque no sé qué tan noventero sea, Sor Obscena me generó mucho interés. Porque su música me parecía que estaba mucho mejor hecha que el promedio. Tenía una factura muy elevada. Y eso obedece a quienes constituían el grupo: Nino Mele (que es un super productor), Ofelia Arellano (que no se cansa de hacer un buen trabajo), Lucho Sanguinetti (que, muy al margen de lo no musical, es un buen músico). Por otro lado, recuerdo a Los Malditos Poetas y Séptimo Cielo.
Los otros grupos está de más mencionarlos, porque son muy conocidos. Con ellos tenía un vínculo anterior, de cuando empecé a tocar guitarra en Humo Rojo. Te menciono, por ejemplo, que Carlos Gonzalez, de Radio Criminal, le puso mucha fuerza a la escena.
Y bueno, en esa década, como quien no quiere la cosa, caí en Leusemia, para grabar el Moxón.

Y recuerdas discos en especial…
Claro, “El Loco y la Sucia”, que es un trabajo muy paja de Rafo.
En esa década, la salida era hacer lo tuyo. Es por eso que nunca he creído en eso a lo que llaman industria. El gran problema en el Perú es que, cuando una persona empieza a tener éxito, se suele poner importancia en dicha persona, y no tanto en su obra. Así se pierde mucho profesionalismo. Y esto mismo sucede en la gestión estatal y privada. En esa falta de norte cualitativo (que lo vemos mucho en el fútbol), se desperdicia mucho. Lo repito: es el objeto lo principal, y no el sujeto. Y este fenómeno impide la realización de un proceso en grande.
La otra cuestión es algo más natural: la creación de círculos o grupos. Esto lo encuentro más válido. Pues de repente alguien ha estado en la música un tiempo, luego se esfuerza como productor, a su trabajo le va bien, se vincula con gente de afuera, y de pronto genera una comunicación que permite realizar circuitos foráneos. ¿Puedo decir algo en contra de eso? No. Ese logro lo aplaudo. Pues es el logro de un esfuerzo personal…

Que, por cierto, no tiene absolutamente nada de malo.
Por eso también se ven ofertas repetitivas de grupos de rock en ciertos festivales masivos, los que tratan de constituirse en tradicionales. Eso no está mal. Pues a dichas bandas les conviene económicamente.
Ahora, hay un problema allí. No se trabaja la cultura de la opinión crítica. Ser sectario es una opción. Pero lo mejor es cuando uno está expuesto a todo. Y se tiene la capacidad de apreciar todo. De esa manera, se puede llegar a mejores opiniones y juicios. Si tú eres un juez, y conoces un caso parcialmente, no vas a darle un buen proceso a dicho caso. Debes conocerlo de extremo a extremo. Y profundizar en él en detalle para comprenderlo, enfocarlo y solucionarlo dentro de la ley.

El trabajo triple (tres discos) de El Aire sale a inicios del 2000.
Pero lo gracioso es que he usado allí archivos electrónicos que datan de los 90.

¿Con qué disco abre?
Con “El Conflicto de las Emociones” y siguen “Un Día en la Radio” y “La Era de la Luz”. Es una secuencia constructiva.

¿Hay un concepto detrás de esa estructura?
Siempre hay un concepto en mí. Es algo que me fluye naturalmente. El triple disco va más o menos así: hay un caos, que luego deviene en una respuesta.

Es decir: tesis, antítesis, síntesis.
Algo así. Pero el origen está en el conflicto, en la crisis, en el ser o no ser, en el estar o no estar, en la vida o la muerte. El punto de partida es una crisis. La crisis motiva el cambio.
Ahora, la idea de navegar un poco entre los matices del pop es una burla al concepto del cabaret puto. Es decir, la sociedad compuesta por bandas de filibusteros, que vamos por el mar con banderas de pirata y hacemos lo que nos da la gana.

¿Cuál fue tu relación con la dictadura de los diez años y, sobre todo, con la música que era su comparsa: la tecnocumbia?
A la tecnocumbia siempre la vi de modo natural. Era una evolución que iba a darse tarde o temprano. Eso lo anticipé incluso en conversaciones que tuve con otros músicos. Porque, para mí, la forma musical peruana donde la tecnología se adaptaba mejor era la chicha (que es de donde proviene la tecnocumbia). Las guitarras ponían mano en efectos como el dileyer, el wa-wa o el corus. Los chicheros también cogieron los sintetizadores, que producían diferentes sonidos. Algunos abusaban del preset, pero había otros que hacían un trabajo de color. Además, su música tiene una base percusiva, que es muy fácil de reproducir en términos electrónicos y darles arreglos del mismo estilo.
Ahora, sobre que la tecnocumbia fue comparsa de la dictadura, no te puedo hablar de eso con precisión. Lo que sé es que “Los No Sé Quién y los No Sé Cuántos” se vendieron. Y algunos otros grupos.

Yo te puedo mencionar a tecnocumbieras que se vendieron…
Pero hay que separar el género musical de la conducta del artista.
Te menciono esto porque en tu canción “Sonriente Antihéroe”, del triple disco, eres bastante duro con los militares y los políticos que estuvieron implicados en el nefasto gobierno fujimorista.
Yo conocí a un ex coronel del ejército, una persona a la cual yo le tengo mucho cariño y aprecio. Dicho ex coronel tuvo a bien obsequiarme una carta, que creo que nunca envió, donde expresaba su frustración como militar de carrera y como un buen hombre y ciudadano. No era una persona interesada en patear puertas, violar mujeres o quemar con kerosene a sospechosos. Él, mediante el ejército, quiso construir caminos, hacer sistemas de regadíos o cosas semejantes. Él vio como los encargados de las intendencias robaban, es decir, estuvo ante lo que fue realmente el crimen de estado. Pues, además de los asesinatos, también hubo corrupción. Toda esa es la piedra angular de mi diatriba.
La información que te doy la he comprobado. Como he trabajado en proyectos de la costa y sierra del Perú, he podido hablar con los protagonistas de los conflictos, que han tenido diferentes roles, incluso dentro de los bandos terroristas. Y lo que me han contado no es muy distinto de la versión del mencionado ex coronel. Esa es la corrupción y el mal quehacer profesional que nos impide alcanzar una vida más lograda, tranquila, con un desarrollo social amplio. Y esto se da porque no hay un concepto detrás. Cuando no existe un concepto, no se sabe cómo llevar las cosas. Por ejemplo, si tú tienes que llevar un caso en la corte…

Creo que no te debí contar que he estudiado Derecho…
Si quieres cambiamos el ejemplo. Hablemos de Administración. Si no se tiene un concepto de cómo llevar un negocio administrativamente, es imposible que se haga bien. Tal vez se podrá llevar el negocio en el bolsillo, pero esto no es algo adecuado. La sociedad no se lo merece. Pues ella requiere otro tipo de profesionales y líderes. Cambiemos de ejemplo: el trabajo para el estado. Eso debe ser un pináculo en la realización de un individuo. Y detrás debe haber buenos procesos, excelentemente diseñados y con un distribución adecuada.

Te he mencionado también la tecnocumbia, porque en el disco triple hay momentos en que las guitarras son chicheras y tecnocumbieras. ¿Por qué usas ese sonido? ¿Te agrada estéticamente? ¿O es sólo parte del concepto?
Sucede que estos discos fueron perpetrados del siguiente modo. Decía: “Wicho, vamos a poner una percusión de este modo”. Y así se realizaba. De inmediato comenzaba a tirar las líneas. Era algo intuitivo. No estaba compuesto. Fue compuesto en tiempo real, frente al micrófono. No hubo ensayos ni esquemas. Sin embargo, existieron ideas generales previas, que al final se concretaron.
Ahora, la única canción que tenía una data era “Hola Capitán Bryce”, que debió haber estado en el Aire II.

A eso quería llegar. Dime, ¿quién es el capitán Bryce?
Fue el primer amigo entusiasta que tuvo el grupo. Fue el primo de Constantino.

¿Era en efecto un “capitán”?
No. Pero, dentro del mundo lúdico, se creó este personaje. Las personas dan. Y cuando creen en algo dan con una calidad de sentimientos y cariño que es especial. Cuando nosotros perpetrábamos nuestra música, el capitán Bryce estaba por allí, se emocionaba con lo que hacíamos y nos hizo pensar que lo que realizábamos valía la pena.

Al principio deslicé la idea de que El Aire es un grupo para críticos. Sin embargo, el año pasado (2008), en La Noche en Blanco, en Miraflores, realizó un concierto masivo. ¿Cómo fue la experiencia de tener usualmente un público pequeño pero pujante, y, de pronto, pasar a tocar frente a una muchedumbre?
Para nosotros fue sólo tocar. Claro que yo hubiese estado más contento si la persona a cargo del monitoreo hubiese hecho su trabajo. Hubo un detalle técnico que limitó mucho mi performance en el escenario y el del resto de la banda. Menos mal el sonido externo fue bueno, por lo menos aparentemente. Ahora, en principio nosotros no íbamos a tocar. Yo propuse otra banda: La Corporación. Pero los organizadores insistieron que fuera El Aire por un asunto de tradición y otros valores y considerandos. Por otra parte, el concierto era en un espacio abierto, en la calle. Y se tiene que entender que sí hay alguien a quien se le vincula con intervenciones sonoras es a mí, aunque haya personas a quienes esto les afecta en su ego. Además, a los organizadores no les apetecía que la música fuera lo que rota comúnmente.

Has mencionado una frase interesante: “instalaciones sonoras”. ¿Tú crees que tus discos son “instalaciones sonoras”?
Sí, pues son como música incidental para películas.

Dos preguntas más. Una menos jodida que la otra. La primera: ¿qué es para ti la música?
La música para mí es espacio y tiempo. Son imágenes. Un juego mental. Son estímulos. Son retratos. Son mensajes. Mi amigo Camilo dice: “el sonido no existe, es sólo aire en movimiento”. Él me lo explicó. Yo no sabía eso.
La música es una de las expresiones más honestas que tiene el ser humano. Y el negocio de la música es una de las expresiones más comerciales del ser humano.

Aquí viene la pregunta jodida. ¿Leusemia o Río? Ambos se iniciaron en los 80, tuvieron su auge en los 80, siguen sonando aún y desde siempre han conservado gente que los sigue. Te lo repito: ¿Leusemia o Río?
No son excluyentes. Pues tienen públicos muy distintos. Sus públicos optan por diferentes tipos de gratificación.

¿Tú por cual optas?
Por Leusemia, porque es más afín con lo que me gusta. Y bueno, ellos tienen definitivamente talento. Y es rock.
Ahora, el grupo Río no me parece rock. Es pop. Y como tal es minimalista, cosa que por lo general funciona entre cierto grupo de gente. Hay una canción de ellos que sí me gustó un poco más que las otras: Al Norte de América. Me pareció inverosímil ver a Río haciendo música contestataria. Pero me pareció simpática la opción. Además, la producción no era exagerada, sino muy básica. Eso le reconozco a Río. Siempre sus esquemas son básicos, muy básicos. Y han tenido la capacidad de conectarse con un público pop. Pues sus canciones tienen un método claro: el coro con gancho.
Si tú me pones uno o lo otro (Río o Leusemia), es algo que en realidad no puedo contestar. Porque no existe ese paradigma. Es un paradigma que tú quieres escuchar, que quieres inventar o solazarte en él.

Pero tú respuesta es más irónica que elegir uno u otro grupo. Pues estás tratando de decir que ambos no se comparan.
Son completamente diferentes.

Pero en realidad los dos hacen música. Tienen un vínculo. Pero tú dices que uno es A y el otro B. Y no se contrastan.
Pero es así.

Bueno, Río quiere creer que hace rock.
Eso tendría que conversar personalmente con ellos para enterarme que opinan de ellos mismos. Y no he tenido ese privilegio.

Te puedo decir que, a partir de mis lecturas de entrevistas a Río, ellos por lo menos alucinan que hacen rock.
Ahí, para poder cortar el keke de lo que es la verdad, tenemos que entrar a un terreno musicológico. La musicología podría decirnos si uno es rock o no. Pero, básicamente, todo grupo que subsiste es porque tiene algún tipo de público. De modo que, si descalificara al grupo, estaría también descalificando a la gente que consume dicho grupo. Ahora, ¿me interesa ponerme en un plan de juzgar a la gente por el tipo de música que escuchan? No. Me parece absurdo.

Déjame decirte que tu posición es muy tolerante y plural: es inteligente.
Gracias. En realidad, yo estoy dispuesto a escuchar Río en cualquier estación neo ochentera. Ahora, ¿por qué está en la radio? Pues huelgan razones. Claro que nada me obliga a escucharlos. Puedo cambiar el dial. Por otra parte, en el dial no vas a escuchar a Leusemia en igualdad de condiciones que Río. Y al aire, menos, aunque tenga material pop y aparentemente digestivo.
Ok. Esto sería todo. Gracias.
Luces apabullado.

Sí, más o menos.

Espero que, estimado lector / oyente, hayas disfrutado de esta entrevista y que, de ellas, recojas ideas que te ayuden a entender con mayor plenitud el trabajo del El Aire. ¡Hasta el siguiente post!
Julio Meza Díaz
Autor de la foto: Paco Sanseviero
Sacada de la página web:
Con el permiso de JJ Castro, estoy
colgando todos los discos que El Aire
ha publicado hasta este momento.

martes 24 de febrero de 2009

Miguel Ángel Vidal – Bareto no me gusta


Miguel Ángel Vidal, miembro fundador y líder de la banda Voz Propia, me regaló algunos minutos de su tiempo para responder a mis curiosidades de melómano y pseudo periodista. Entre otros temas, Miguel Ángel me habló de sus gustos musicales y su actual postura política. Querido lector / oyente, arrójale una mirada a esta conversación, y juzga por ti mismo si los años han apagado el fuego rebelde de Miguel Ángel o, por el contrario, lo han atizado dándole mayor fuerza.

“El Manifiesto”, que salió el 2006 y es el último disco en estudio de Voz Propia, lleva un título bastante significativo. Por este motivo, cuando uno escucha sus canciones, espera que el grupo haga referencia a un “manifiesto” político o estético. Pero eso no sucede en el disco. ¿Por qué entonces ponerle “El Manifiesto”?
“El Manifiesto” viene de un fragmento que saqué y edité de Kandinsky, quien es de comienzos del siglo 20. Era un manifiesto de este artista sobre una toma de posición al respecto del arte. En aquel entonces, había una tendencia de los artistas de hacer de su trabajo un medio de expresión político e ideológico. Esta es la historia de la canción “El Manifiesto”. Y fue el título del disco porque las producciones de Voz Propia y la postura de Voz Propia no ha sido superficial o ajena a lo que ocurre en su entorno. Voz Propia, en sus letras, siempre ha querido transmitir un mensaje que apuesta hacia algo. El modo no tiene que ser un discurso directo ni panfletario ni hacer referencia a un hecho político concreto. Partimos del reconocimiento de uno mismo y de una perspectiva al respecto de la sociedad. Yo sigo pensando que los artistas juegan un papel importante en la sociedad. Creo que es importante que haya un matiz en el rock, que existan diversos tipos de bandas que expresen cosas de formas diferentes y que hablen de su época.
Ahora bien, en el disco hay temas que tocan el asunto político. Por ejemplo, “Invisible”, que hace referencia a las personas que, en la sociedad, son relegadas, que no tienen voz de protesta y que la ley y el estado las ignoran. Esto se basa en un hecho personal que me pasó en el trabajo. Y empecé a reflexionar sobre el mismo. Y le sumé referencias de Manuel Scorza, que presenta un personaje que es invisible porque la gente y las autoridades no lo escuchan. Hay un tema llamado “Monocarbono”, que habla del asunto racial, sobre las personas que se creen más que otras. “El Destripador” es de rollo existencial. Trata sobre las caretas. Lo que vemos de las personas son máscaras. No sabemos que hay dentro de ellas. “Terrible melodía” hace referencia a canciones que a uno le afectan, le chocan. “Lentes amarillos”, que es más light, aborda tópicos como la depresión, que es resuelta con un elemento material. Y esto es un cuestionamiento a cómo las personas tratan de resolver sus problemas con objetos y hasta con otras personas. “La canción sin fin”, que es un tema muy sencillo, lleva un plus. Para la letra, me basé en la filosofía del oriente. Los mantos persas nunca eran terminados, porque, si los acababan, las cosas se terminaban definitivamente. En cambio, cuando algo se deja inconcluso, es porque siempre hay un modo de continuarlo.
Entonces, digamos que este es el rollo de “El Manifiesto”. Hay grupos que tratan de rellenar las letras, o sólo hablan de una chica, como si estuvieran enamorados todos los meses y años de su vida. Y eso es un cliché.
Por otro lado, con el título traté de darle una nueva estética a la banda. Es difícil que un grupo cambie radicalmente. Voz propia ha tratado de mostrar un matiz distinto en cada disco. Pero siempre se nota nuestro estilo. No obstante, en “El Manifiesto” hemos querido dar a notar ese cambio. Como entró Ramón Escalante en la guitarra, hubo arreglos que trabajamos juntos. Y él tiene un modo diferente de ver las canciones a, por ejemplo, Raúl Montañez, con quien trabajé mucho tiempo. Hay varios temas que tienen riffs o formas de tocar la guitarra que se diferencian a lo que hacíamos antes. Es más, Ramón canta en algunas canciones. Y bueno, quise plasmar estos cambios en la estética del disco, la cual se basa en una pintura de Kandinsky. Sin embargo, yo creo que “El Manifiesto” no es totalmente blanco como la carátula lo indica. En este disco hay todavía un rollo oscuro como en “El flechado”, “El club de la pelea” o “El destripador”.

“Los días y las sombras” tiene la imagen de un guerrillero en la carátula, en el último disco de estudio el título es “El manifiesto”. Voz Propia hace una clara referencia a contenidos políticos. ¿Cuál es la perspectiva política de Voz Propia en la actualidad? ¿Hay una diferencia con lo que la banda afirmaba en los 80?
Yo vengo de una época en la cual había mucho rollo político. Aún se creía que las cosas se podían cambiar. Se hablaba mucho de comunismo y socialismo. Pertenecí a muchos círculos de ese tipo. Un poco que por ahí entré con el rock subterráneo. La idea del grupo era hacer una revolución. Es decir, que el grupo sea un canal para expresar cosas o, como se decía en aquel entonces, despertar conciencias. Y ese criterio varió, porque en los 90 el mundo dio un giro políticamente. En lo personal, cambié también, como muchos otros. Pero no he variado radicalmente. En los 80, mi perspectiva era rebelde y, de alguna manera, ingenua, pero en el fondo verídica y buena, porque en Voz Propia vivíamos nuestra época y decíamos lo que teníamos que decir. Protestábamos contra algo. Y esto fue muy vital e importante para los jóvenes.
Ahora bien, en estos años han cambiado algunas cosas, pero no todas. Siguen habiendo contradicciones de parte del sistema, como lo que ha sucedido con la crisis a nivel mundial. Sigue habiendo pobreza. Que las ideas socialistas no funcionaran no significa que desaparecieran las contradicciones del sistema capitalista. Cada vez los ricos son menos, y cada vez la masa de abajo, que no tiene dinero, crece en número. Por otra parte, en el Perú sigue habiendo estereotipos. En los 80 había el criollo y el chicha. Y ahora, la criollada y la chicha se han mezclado. Y este estereotipo igual lo critico. Pues es el tipo que te puede meter el auto, que te puede robar o pasarse la luz roja. Es un tipo de mucho dinero, que viene de una clase alta, que es una señora o un señor, como también es un tipo muy achorado, que proviene de un barrio popular. Esa es, pues, la nueva careta del Perú. Y el que tiene conciencia de esto lo va a criticar. Esto significa que hay muchas cosas por las cuales pelear. Creo que la juventud de ahora tiene muchas cosas qué decir. Por ejemplo, el internet ha provocado muchos cambios. Hay excesiva información en la red. Pero yo a los trece años sabía más que un chico actual de la misma edad. Y esto hay que verlo reflejado en el arte. Pero los jóvenes viven sin cuestionarse, sin despertar. En el Perú la cosa está un poco plana, no así afuera.

Hubo un concierto famoso de Voz Propia en los 80, en donde quemaron una bandera norteamericana y arrojaron al público una paloma muerta. ¿Volverían a repetir esa performance en la actualidad?
En los 80 Voz Propia era emblemático. Teníamos un público y éramos masivos a diferencia de lo que somos ahora. Y había un contexto político. En aquel entonces era muy peligroso lo que hicimos. Te metían a la cárcel por hacer cosas parecidas. En la actualidad, somos una banda que toca en pequeños conciertos para poca gente. Somos una banda underground. Y no creo que se dé la situación de hacer lo mismo que en aquel concierto. Me parece que, si fuéramos una banda masiva como, por ejemplo, Leusemia, tendríamos un compromiso y un discurso más abierto.
Por otro lado, algunas cosas van cambiando de acuerdo a la época. Cuando tiramos la paloma, nadie criticó el hecho de que sea una paloma muerta. Pero si lo hiciéramos ahora, todo el mundo saltaría porque se intenta proteger a los animales. En lo que respecta a la bandera norteamericana, es algo que sí se podría hacer. Creo que la bandera norteamericana ha sido rota, quemada y orinada por un montón de gente. Hace poco, por de la Gaza, hubo una marcha y se llevó una bandera norteamericana.
En la actualidad no estoy tan involucrado en lo político como en los 80. Pero eso no significa que deje de participar. Por ejemplo, en el trabajo, estuve muy metido en lo que es el sindicato: fui el secretario general. Cuando uno crece, va encontrando otra forma de decir las cosas.

Dices que Voz Propia no es un grupo muy masivo. Sin embargo, en el 2006, con la salida de “El Manifiesto”, en la encuesta de fin de año de El Comercio, Voz Propia alcanzó el puesto de mejor grupo de rock del año. ¿Tú crees que eso se deba al cambio en la estética sonora del grupo?
Sí, un cambio en una banda genera atención en el público. Voz Propia está presente en lo que está sonando ahora. Muchos artistas han tratado de variar en sus componentes y de variar su obra. Por ejemplo, David Bowie, que logró eso a diferencia de sus contemporáneos como Led Zeppelin, Yes, Roxy Music, Deep Purple y tantos otros más, quienes mantuvieron una estética y lograron un tiempo de duración pequeño. Entonces, eso que ha alcanzado David Bowie es más o menos lo que he tratado de hacer con Voz Propia.
Ahora bien, hay mucha gente que sabe de la banda, compra el material, pero que no va a conciertos. Sucede que no nos hemos manejado como los grupos que están sonando y tocan en conciertos masivos. Eso no significa que no podamos tocar. Hemos estado en presentaciones con bastante público como invitados. Claro que, generalmente, hacemos conciertos solos o máximo con un grupo que nos acompaña. De ese modo hemos creado un espacio.

Voz propia ha pasado por tres décadas: los 80, 90 y la que está terminando. ¿Cómo se manejó la banda en su relación con la música imperante en aquellas épocas? Me refiero a su vinculación en los 80 con el rock en español para las masas –Río, Hombre G, etc.–, en los 90 con la technocumbia, y en el 2000 con el reggaetón.
Como las demás bandas de nuestro circuito, nosotros nos hemos preocupado solo de hacer nuestro trabajo. No somos una banda que vive de la música, una banda comercial que está regida por parámetros del sistema. No vamos a dejar de hacer música porque la venta de nuestros discos haya bajado. Casi siempre hacemos lo que queremos: editamos y tocamos cuando queremos. Nos guiamos por lo que sentimos. Así fue en los 80 y hasta ahora seguimos igual. Los integrantes del grupo han variado, pero los que restamos y los nuevos continuamos con la música. Obviamente, hay épocas en que suena poco rock y en que vienen menos grupos, y también sucede lo contrario. Sin embargo, desde los 80, nosotros seguimos nuestro propio ritmo: sacamos nuevas canciones, y, por esto mismo, editamos nuevos discos. Esto último, por cierto, significa una inversión económica. Y, felizmente, hasta ahora las cosas se han ido dando.
Ahora bien, lo importante también son nuestras vidas. Yo tengo cuarenta y cuatro años. Mi día a día ha cambiado, pero no mucho en el sentido de responsabilidades. No soy casado. No tengo hijos. Tengo mis propios horarios. Entonces, sigo haciendo lo mismo de los 80. Las responsabilidades empujan a que las bandas dejen de trabajar en sus asuntos. Porque tener una banda implica invertir tanto tiempo como plata.

¿Qué música escuchabas en los 80?
En los 80 escuchaba bandas punk, como “The Clash”, “The Jam”. Y algunas bandas de atrás, como “Iggy Pop”, “The Velvet Underground”, “David Bowie”. Y músicos que devienen del punk, y que luego hicieron música diferente: “Joy Division”, “Bauhaus”, “Dead Can Dance”, “Cocteau Twins”, a los cuales hasta ahora escucho. No me pegué mucho con “The Cure”, “Depeche Mode” o “U2”, porque eran bandas que sonaban bastante, de modo que no era necesario tener un disco de ellos. Escuchaba también hardcore. Lo interesante era que mis amigos y yo estábamos abiertos a nuevos sonidos. Por eso las bandas trataban de sonar diferentes. No fuimos como algunos que solo se dedicaban a consumir un único estilo de música.

¿Varió tu gusto musical en los 90?
En los 90 no me pegué demasiado al grunge. No me gustaba “Nirvana” ni me gusta. Pero sí escuchaba otras bandas que me parecían mejores, como “Stone Temple Pilots”, “Pear Jam”, “Smashing Pumkings”. Sin embargo, como te dije, no me agradaba tanto el grunge. Más bien, con lo electrónico sí tuve más cercanía. Te puedo mencionar a “Flaming Lips”, por ejemplo, que es una banda que viene de atrás. En los 90, además, empecé a perder la pista de muchos músicos. En los 80 sí sabía los nombres de los discos, de las canciones, pero en los 90, no.
En los 2000, me enganché con la música indie.

¿Indie inglés?
Sobre todo. Pero también americano. El español no me gusta. Para mí, es muy fresa y light. En el new rock, me gustaron los “Killers” y otras bandas, las cuales no me impactaron tanto. No obstante, “Band of Horses” o “MGMT” sí me despiertan ese sentimiento de los 80 cuando descubría grupos nuevos, pues tengo la sensación de estar ante algo muy fresco y juvenil. De los “MGMT” me agradan mucho sus atuendos, que salgan con capas, etc. El rock and roll también es eso. No sólo es mostrar una imagen dura.

De rock peruano, ¿qué estás escuchando ahora?
Hubo un tiempo en que iba a conciertos de bandas nuevas. Y cuando tocaba con Voz Propia, escuchaba a los otros grupos. Pero en realidad ahora no estoy animado con la producción peruana. Las bandas antiguas, de gente que viene de los 80, tienen algunos temas que me gustan. Por ejemplo, “Cementerio Club” posee una que otra canción que me agrada. Igual me pasa con Rafo Ráez y Mar de Copas. No he escuchado mucho de “Inyectores”. A “Leusemia” sí le he prestado atención, pero “Leusemia” nunca fue muy interesante para mí. Me parece que, cuando empezaron, no eran nada nuevo y no apostaban por mucho. Y ahora, la música de Daniel, para mí, no es nada novedosa. Y de las bandas nuevas, he seguido un poco a Turbopótamos y Manganzoides –estos últimos han cambiado su nombre a Protones–. Pero, básicamente, me agradan algunos temas.

¿No te gustan discos completos?
No. Francamente, no he encontrado un disco bueno. Claro que no he escuchado todo, para darte una afirmación absoluta. Pero las cosas a las que he prestado atención no me han gustado. Y no es por ser egocéntrico, pero no he hallado un disco como “El Manifiesto”, en el que todas las canciones son parejas y se escucha de principio a fin. Claro que, ahora que recuerdo, me ha agradado Pestaña por sus letras (musicalmente le falta chambear algunas cosas) y también Electro Z, que tiene un disco bueno. Pero, ponte, Bareto no me gusta. Son comerciales, porque ellos representan la música que tiene que hacer un pituco para que estos mismos puedan escucharla. Además, tienen muchos covers. Pero como rock and roll no me parece interesante.

¿No te gusta ni el primer disco de Bareto, llamado Boleto?
Las primeras canciones que ellos sacaron las escuché en vivo, en la noche. Tocan bien, están preocupados en su sonido. Pero esa honda a lo Santana y vernácula, moviéndose en barranco, no me animaba mucho. A mí me agrada lo contacultural y lo que rompe esquemas. Siempre busco algo nuevo, que no encaje con los estereotipos tradicionales limeños, de lo criollo, negroide, etc. Porque esto de quedar bien con todos, de tener salvada la crítica que menciona que un grupo rescata sonidos peruanos, que dice que esto debe ser tomado en cuenta por su raíz típica y tradicional, ese discurso, pues me parece recontra cagón y una huevada. Me parece que si uno va a sacar ritmos peruanos tiene que ser algo fresco, que sea ruptura. Por eso creo que es más interesante lo que hace Miki Gonzáles. En realidad, no me gusta el estereotipo del barranquino, que es medio hippie, que le gusta de todo y que con nadie se molesta. Además, las canciones del primer disco de Bareto eran muy largas, progresivas, con muchos solos, que no concretaban en melodías. Los de Bareto se dedicaban a jugar, escalear, pero no definían nada. Ser hábil en algo no significa que se sepa concretar.

En “El Manifiesto” hay una mención a un texto de Manuel Scorza (“Invisible”, que proviene de la novela “Garabombo el invisible”). Dime, ¿qué textos de la literatura peruana has leído de los cuales crees que han partido tus líricas?
En realidad en “Invisible”, Scorza es una influencia. No he tomado ningún texto de él. Pero bueno, yo he leído desde muy niño. En el colegio consumí libros de Scorza, Arguedas, Ciro Alegría, Julio Ramón Ribeyro y Vargas Llosa, con sus primeros libros. Estas lecturas son un background que uno tiene.

¿Qué estás leyendo ahora?
Estoy leyendo sobre asuntos de tecnología, ciencias.

¿Qué libros?
Cosas al respecto de la Inteligencia Emocional. Y, como estoy llevando una maestría en museología –trabajo en museo–, estoy leyendo mucho sobre ese tema, comunicación, administración, empresa. A veces leo poesía.

¿Cuáles de poesía?
Ahora no recuerdo los títulos. Pero un amigo que edita poesía, que tiene el sello Universo Bakterial, me ha jugado unos libros. Él diseño la carátula de un disco en vivo de Voz Propia, y nos ha prometido que diseñará la portada del siguiente. Por otra parte, siempre estoy revisando cosas de Rimbaud o Baudelaire. De Rimbaud he incluido algunos de sus versos en lo que será el nuevo disco.

Una pregunta para cerrar. Dime, ¿Rafo Ráez o Pedro Suárez Vértiz?
Son músicos diferentes

Pero ambos son solistas, cumplen su cometido en espacios diferentes, son buenos en lo que hacen a su modo, tienen su propio público.
Creo que opto por Rafo Ráez. Él es prolijo y edita más discos. Y su trabajo está ligado más al rock. Tiene la intensión del artista. Está regido menos por los cánones comerciales. Siempre saca discos. Hace poco sacó uno con poemas de Watanabe. Maneja un compromiso consigo mismo, que lo impulsa a sacar productos coherentes. En cambio, Pedro Suárez Vértiz está manejado a otro nivel: el comercial. Él no trabaja álbumes. No se ve un progreso en sus discos. No hay un manejo a nivel de su arte como lo que uno ve en los grupos de rock de afuera. Él saca singles que salen por ahí, y suenan, y eso es motivo para que haga algo más.

Muy bien. Gracias, Miguel.
Ok.

Y este fue el diálogo con Miguel Ángel Vidal. Querido lector / oyente, espero que lo hayas disfrutado leyendo como yo lo disfruté realizándolo. ¡Hasta la siguiente entrevista!
Julio Meza
Foto sacada de Terra.
En primer plano, Miguel Ángel Vidal.
Con el permiso del mismo Miguel Ángel,
cuelgo para ti, estimado lector / oyente, la canción
"El Manifiesto" del disco del mismo nombre.

martes 17 de febrero de 2009

Disco: No te salves (2008)


Solista: Pelo Madueño (Perú)

Entre otras, hay un tipo de crítica que detesto: la que exalta supuestos valores de una obra artística solo por la procedencia nacional de su autor. Regalar alabanzas al disco Play de Pedro Suárez Vértiz debido únicamente a que dicho cantante es peruano, por ejemplo, indica un hecho terrible: que el comentarista que ejecutó el texto de análisis es un chauvinista obtuso, pues ha preferido superponer el origen patriótico del ex líder de Arena Hash antes que el carácter estético del trabajo musical en cuestión (el cual, por cierto, es tan pobre y hasta estúpido, que invita al sueño por aburrimiento o al odio fanático contra el rock de las masas). De modo que, con esta advertencia de por medio, le señalo, querido lector / oyente, que las palabras que le dedicaré al último disco de Pelo Madueño (y las de los anteriores textos vertidas a las producciones de distintos compatriotas) no se guían por un impulso ciego a favor de mi bandera, sino por mi personalísima apreciación de los logros del señalado creador.

Pelo Madueño es inagotable. Cuando era muy joven, allá por los inicios de los 80, formó parte de la agrupación Narcosis, la cual se ha tornado con el paso del tiempo en un clásico del rock subterráneo peruano. En Narcosis le pegaba duro a la batería y, a causa de su peinado que desafiaba la ley de la gravedad, obtuvo el mote de “Pelo Parao”. Junto con Luis “Wicho” García (actual vocalista de Mar de Copas) y Fernando “Cachorro” Vial, ejecutó himnos punk que fueron la delicia rebelde de sus contemporáneos y que, aún ahora, se siguen coreando en reencuentros de la mentada banda. Posteriormente, ya en la década del 90, Pelo encabezó “La liga del sueño”, grupo que circulaba entre la onda pop, los guiños tropicales y las guitarras del rock más honesto. “La liga del sueño” editó tres discos, dos de los cuales obtuvieron una gran acogida, con videos transmitidos por MTV y singles rotando en las radios. A principios de esta década, Pelo emigró a España y, en dicho país, editó su primera placa como solista, Ciudad Naufragio, en la que, en la canción “Nuestro secreto”, compartió micrófono con Joaquín Sabina. Y ahora, en lo que a mi parecer es su fruto más cuajado, presenta al público “No te salves”.

“No te salves” es en definitiva un trabajo intimista. El que quiera encontrar hits bailables, livianas canciones de amor o meros jugueteos sonoros, pues le doy un consejo: apártese. “No te salves” es una puerta a la melancolía, a la contemplación de un espejo sincero y desgarrador. Su sonido, de una elegancia compleja, invita a la absorción de las líricas como si fueran remedios perversos que, en vez de sanar, agravaran las enfermedades del alma. “No te salves” es un lance a la desorientación, al caos de los sentimientos y las razones, para al final solo obtener la certeza dudosa de que nada se puede asir ni conservar, ni siquiera uno mismo.

Las canciones de “No te salves” tienen en su mayoría un mismo nivel, el que marca una excelente calidad. No obstante, hay algunas que sobresalen por su intensidad o por lo intrincado de su factura. Entre las primeras, señalo a “Amiga” y “Deportación”. Con una batería sencilla y un punteo de guitarra eléctrica, en “Amiga” la voz canta de modo confesional: “amiga, yo no te quiero mentir / quiero que lo sepas todo / que tengas muy claro lo que hay aquí / amiga, no tenemos que fingir / hemos dado muchas vueltas / estás muy clavada dentro de mí”. Es claro, pues, que en esta relación hay más que una simple amistad. Quizás el amor, quizás la pasión, o quizás ambos, son las causas de la ligazón de estos personajes, de los cuales el varón, en un momento de explosiva sinceridad, revela sus atravesados sentimientos. Acompañado de unas cuerdas acústicas, en “Deportación” la lírica señala: “en la oficina de Lucifer / sellan papeles / con aranceles / caí a tus pies / como un ciego fiel / que busca hondo / chulo y horondo / sin más coraje / ni equipaje / que la fuerza de este sol / sin más desidia / ni perfidia / busco la deportación”. Se trata un tema muy contemporáneo: los problemas de la emigración. Cualquiera podría señalar que es un asunto muy manido, pero Pelo no cae en el lugar común: evita el lenguaje de llana literalidad. A base de metáforas sencillas pero efectivas, narra las sensaciones de estar sujeto a la decisión de un ente superior y malvado, y la resignación y tristeza que implica un contexto semejante. Ahora bien, entre las canciones de intrincada compostura, se hallan las siguientes: “Es hora” y “Romántico y ninfómana”. Privilegiando los sonidos del bajo, y mezclándolo con la batería y coros elásticos, Pelo parece marcar un hito en su existencia, pues suelta lo siguiente: “es hora de avanzar un poco más / poner el punto cero en el final / trazar la ruta de la inmensidad / es hora de besarte sin parar / amarte con blanca profundidad / unirnos en un mantra natural”. ¿Se refiere a un borrón y cuenta nueva personal? Únicamente Pelo lo sabe. En “Romántico y ninfómana”, los teclados van construyendo una rara expectativa que, a manera de bombazos de luz, se resuelven con distorsiones de guitarra que invitan al desenfreno del cuerpo. La letra no puede estar más surcada de imágenes: “voy a entregarte el corazón / bajo una lluvia de aserrín / como el dolor / también desapareceré de aquí / eres las doce en mi reloj / vampira en Lima de abril / preciosa sabia amante / mi vida está junto a ti”. Con estos versos, que funcionan a manera de retratos poéticos, Pelo va construyendo la singular historia sentimental de un romántico y una ninfómana, los cuales conforman una pareja que, por lo menos en apariencia, llevan la carga de la atracción y la repulsión en un único vínculo.

Y bueno, estimado lector / oyente, ¿consideras acaso que los elogios a favor de Pelo Madueño se deben solo a la nacionalidad que comparte conmigo? Si tu respuesta es afirmativa, pues te diré lo siguiente: a mí no me alegra ni enorgullece que Pelo sea peruano (es más, no me interesa en absoluto ese detalle). Pero lo que sí me entusiasma y hasta me da una lección de vida es que él sea un artista comprometido con su arte, que haya trabajado incansablemente en el desarrollo de una estética y que, finalmente, haya alcanzado una meta mayor: la consecución de un producto musical muy destacable.
Julio Meza
Foto sacada de: