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domingo, 28 de diciembre de 2008

Rock en español, 2008. Algunas listas.



Sí, lo sé, el dibujo que encabeza este post es horrible y delata mi nulo talento para la combinación de colores. Pero, ¡demonios!, sentí que algo debía poner a manera de gráfico y no se me ocurrió mejor idea que usar el paint y perpetrar semejante marranada visual. En fin.

Bueno, este año, en lo concerniente al rock en español, nos ha regalado algunos discos inolvidables y otros, no muchos, para el olvido. Me hubiera gustado reseñar cada uno de los trabajos sonoros que pasaron por mis manos (y orejas), pero, debido a la falta de tiempo, la vaguería, el poco entusiasmo y un largo etcétera, no lo he realizado. Sin embargo, prometo que el 2009 procuraré estar a la altura de las circunstancias, e intentaré darle una que otra palabra a las producciones que se lo merezcan.

En primer lugar, quiero hablar sobre el rock de mi país, el Perú. En medio de una lluvia de publicaciones discográficas, en las que a veces destaca más el entusiasmo que el talento, ha habido tres discos que me llamaron mucho la atención. Y son los siguientes:

La Reina Pastrula - Rafo Ráez
Ya lo comenté, de modo que no diré mucho al respecto. Es un gran disco. Uno de los mejores que ha hecho Rafo. Escucharlo es casi tan obligatorio para el melómano como fumar una buena hierba para el drogadicto.

No te salves - Pelo Madueño
Yo no le tenía mucha fe a Pelo. Aunque en la liga del sueño hizo canciones destacables, sus discos eran demasiado irregulares. Su primera producción en solitario me pareció mediocre. De modo que pensé que Madueño solo sería recordado por su participación en Narcosis. Pero, ¡caray!, me equivoqué. No te salves es un buen trabajo. Con unas atmósferas intimistas, Pelo ha hecho piezas maravillosas. Espero que No te salves sea el primer ladrillo en la construcción de una obra solida y atractiva.

Hoy más que ayer – Catervas
Aunque ha pasado un poco desapercibido por los medios, Hoy más que ayer es un disco que merece una gran difusión, pues goza de una calidad altísima. Me sorprende mucho que, pese a la juventud de los músicos de Catervas, estos sean capaces de trazar líricas de temática adolescente pero con melodías muy bien trabajadas y, sobre todo, de una mesura o suave relajo que invita a la contemplación.

Aunque no es precisamente rock, también deseo indicar la excelente labor de Bareto en su disco Cumbia, el que, por cierto, ha sido objeto de una crítica positiva en este blog.

Ahora bien, en lo que respecta a lo hecho en otras latitudes donde se habla el español, señalaré que hay países que tienen una gran actividad rockera, que, por ese motivo, han originado discos de considerable calidad. Entres esas naciones, tenemos a Argentina, México y España. Lamentablemente, hasta hace muy poco, no había mucho intercambio de experiencias y trabajos entre los grupos rockeros de esos lugares. No obstante, gracias a los blogs, de los cuales se puede bajar todo tipo de discos, los latinoamaericanos y españoles nos estamos escuchando (y conociendo) con mayor facilidad. Y esto es una buena noticia.
Bueno, a continuación, sin ningún orden de jerarquía, enumero los discos extranjeros que me parecen los más importantes de este año que se va:

Reptilectric – Zoé

Ronroneando - Señor Chinarro

El manifiesto desastre - Nacho Vegas

Solar Extendido – Moenia

Un mañana - Luis Alberto Spineta

La luz del ritmo - Los Fabulosos Cadillacs

Humo y espejos - La monja enana

Unplugged - Julieta Venegas

45 – Jaguares

No sé si es Buenos Aires o Madrid - Fito Páez

Macho de monte suit – Cienfue

Tu labio superior - Christina Rosenvinge

Babasónicos – Mucho

Río folder - Aterciopelados

Airbag - Alto disco

Espero que, si las cosas salen bien, pueda escribir en los meses siguientes algunas frases sobre estos trabajos, los que, unos más que otros, recomiendo como objetos de placer auditivo.

Ahora bien, en lo que respecta a publicaciones escritas (tanto en formato convencional como en modo digital) relacionadas al rock, creo que han sobresalido estas que indico:

69
Excelente revista peruana que exhibe plumas en verdad talentosas. Algunos de sus textos no sólo están bien escritos, sino que incluso son joyas literarias. Otro detalle interesante: hay un humor socarrón que la atraviesa y la sazona hasta hacerla exquisita.

Freak out
Aunque no me dejaron escribir en esta revista -cosa que me generó cierto malestar que apagué con cerveza y rock-, respeto su calidad y la recomiendo como lectura obligatoria para cualquier melómano. Debo señalar que su plato fuerte son sus reseñas de discos.

Señor Pollo
Blog que se especializa en el rock de la península y que, con excelente criterio, hace buenas recomendaciones.

Madruguemos al tibu
Blog que recoge producciones rockeras peruanas de décadas pasadas. Lo interesante de este blog es que, a veces, cuelga discos de otros géneros musicales, dando muestras de un gusto musical abierto a distintas manifestaciones.

Oirán tu voz
Blog peruano que es una suerte de ventana al extranejero de la producción rockera nacional.

Lávate las orejas
Blog de unos enmascarados a los que tengo que agradecer mil y una veces por los cientos de discos que he conseguido gracias a ellos. La revisión diaria de este blog es una necesidad imperativa para cualquier amante de la buena música.

En lo tocante al hecho más conmovedor y feliz vinculado al rock, está la caída y mejora de Charly García. Sé muy bien que para muchos (quienes por lo común solo conocen al músico por sus berrinches o por el estribillo "estoy verde") Charly García es un insoportable. Pero para mí este argentino es un genio musical, y, sobre todo, es el autor de la banda sonora de mi ya lejana adolescencia. Sus canciones formaron mi educación sentimental y eso se lo agradeceré por siempre. Ojalá, pues, que Charly continúe con salud para seguir creando canciones con esos rasgo que tanto me gustan: tiernas, melancólicas y emotivas.

Y bueno, para cerrar este recuento, sólo resta nombrar la lista más atractiva: la de los peores discos del año. Y los ganadores son:

Helville De Luxe - Bunbury
Le he dedicado un post, y, por ello, no lo calificaré más que con dos palabras: lamentable fiasco.

Miedo escenico - Beto Cuevas
Este disco es tan malo que, luego de escucharlo estoicamente una docena de veces, me dije: "Ojalá Beto sea víctima de un miedo escenico y no vuelva a cantar ni componer jamás".

***

Llegué al final. Deseo, estimado lector / oyente, que esta lista sea una suerte de invitación para que trates de conseguir los discos mencionados. Pues ese es el objetivo de este blog: generar interés o curiosidad hacia el buen rock en español. Y espero que, por lo menos mínimamente, lo haya logrado en ti.

Feliz Año.
Julio Meza

sábado, 6 de diciembre de 2008

Disco: La Reina Pastrula (2008)

Solista: Rafo Ráez (Perú)

Hay un problema terrible en el Perú en lo que respecta al rock actual. Y ese problema es la ignorancia. Si tú, querido lector / oyente, te detienes en el Jirón de la Unión, que es un vía peatonal por donde transcurren cientos o, más bien, miles de individuos por hora, y preguntas al primer desprevenido, como un encuestador de institución sociológica, cuál es el mejor rockero peruano joven, lo más probable es que el entrevistado, muy suelto de huesos y con la seguridad de quien enuncia una verdad irrefutable, diga: Gianmarco o, en el mejor de los casos, Pedro Suárez Vértiz. ¿Por qué sucede esto? ¿A qué se debe tan escasas posibilidades de respuestas? ¿Y, por último, cuál es la razón por la cual nosotros, los peruanos, tengamos un gusto tan dudoso, por decir lo menos? Pues bueno, según mi parecer, los principales culpables son los medios, que reducen las opciones musicales a un puñado de perpetradores de bazofias sonoras, y, actuando a la manera de los peores dictadores, arrojan al olvido o al destierro a los verdaderos talentos, acusándolos de underground, difíciles o, incluso, poco agradables. ¿Por qué los comunicadores toman el privilegio de elegir por las masas? ¿Por qué no actúan de forma más transparente y reparten todas las cartas del juego -es decir, todos y cada uno de los caminos trazados por los diferentes músicos- y esperan a que el público, guiado por su mera intuición o preferencia estética, elija la mano con la que se debatirá en el mundo de las preferencias musicales? No lo sé. Tal vez haya intereses económicos detrás. Tal vez (cosa que es lo más probable) haya simple y llanamente estupidez en sus cabezas. Y es entonces esta estupidez la que mantiene en una perpetua ignorancia al público el cual, esperanzado en la supuesta buena iniciativa de los medios, elige únicamente entre lo que le ofrecen estos, y cree, en una suerte de ceguera cultural, que el mundo del rock contemporáneo es tan básico y esperpéntico como lo que ofrecen los mencionados Gianmarco y Pedro Suárez Vértiz.

Ahora bien, tú, querido lector /oyente, me preguntarás entonces: ¿qué otras alternativas hay en el rock peruano actual? Pues te diré una que, desde hace un largo trecho de tiempo, no es un secreto bajo inquebrantable llave, pero aún no logra la explosión de popularidad y reconocimiento que merece su obra. Y el artista en cuestión es Rafo Ráez.

Es cierto que Rafo no goza de una obra de una calidad constante. En su perenne búsqueda de nuevos sonidos, ha caído a veces en el pozo oscuro del disco fallido. Un ejemplo de esto es su penúltimo trabajo, Chasqui Change, en el cual, por tratar de dominar las teclas, diseñó canciones que bordean el abismo de lo horrible. No obstante, si hacemos las sumas y las restas, sacamos un resultado positivo en lo que respecta a lo hecho por Ráez. Este ha sido el artífice de discos tan redondos como Suicida de 16, El loco y la Sucia, Pez de Fango (en coautoría con el espléndido poeta José Watanabe), y esa cúspide melodiosa que es el Obsequio.

Pero lo mejor de Rafo no está solo en el pasado. Pues, en la línea de los mencionados discos, hace solo unas semanas sacó al mercado La Reina Pastrula, que, sin ninguna duda, es uno de los mejores productos del año no únicamente en el Perú, sino también en todo el mundo de habla hispana.

Con un sonido inaudito, que va desde lo juguetón hasta lo desaforado y violento, y pasa por lo tierno, desvariado y reflexivo, Ráez ha compuesto una amalgama de melodías y ritmos que llegan, a ratos, y con una fluidez desconcertante, a picos de genialidad que en pocas ocasiones se encuentran en nuestro hábitat sonoro. Y lo repito: no estoy hablando de la simple y talentosa perfección. Señalo, sin ninguna hipérbole de por medio, que Rafo en La Reina Pastrula linda con lo excepcional. Y esto, estimadísimo lector / oyente, hay que celebrarlo con palmas, licor y mucho rock and roll.

Pero vayamos a los detalles.

Las piezas de La Reina Pastrula son como joyas en una caja de chocolate: escogieras la que escogieras siempre te llevarás el premio mayor. Subrayaré en primer lugar las instrumentales: King Kong Palace e Incendio. King Kong Palace es una composición jazzística que procura una atmósfera entre gansteril y solemne, entre celebradora y melancólica. Incendio, de otro lado, es de aires andinos (con mayor precisión, ayacuchanos) y se asemeja mucho a Campo Minado de Corazones, un punteo de guitarra eléctrica que presentó Rafo en el Suicida de 16. Incendio, que es de un tristeza enfermiza, hunde al oyente en la explanada inabarcable de la soledad. Es, a mi parecer, como el gatillo del arma de una depresión profunda. En la Reina Pastrula hay también reflexión sobre lo nacional. Esto lo tenemos en Blanco y Rojo, en el que, alineando diferentes capas vocales, la voz dice: Yo soy peruano / rojo, blanco, rojo /pasión, quietud, pasión. Esta es, pues, una hermosa analogía entre los colores de la bandera y las características de lo peruano. En Mi Gordita encuentro alegría y buen humor, conectado con un ritmo bailable que haría las delicias de cualquier habitué de discoteca u otro lugar de diversión. Dice la lírica: Yo la quiero mucho y la quiero comer / yo la quiero mucho y la quiero tener / cerca siempre mío para fornicar / cerca siempre mío para conversar. Divertido, ¿no? Para los románticos, Ráez toca Los Amantes de Fuego, con una potencia que, gracias a la tensión de la guitarra y la batería sincopada, dibuja de manera muy sensual las pulsiones que dominan a los enamorados y que los empujan a las concreciones de los sueños de placer más salvajes. Dice Ráez: Se quieren besar / se quieren beber / se quieren pensar / los amantes de fuego / se dan uno a uno / se dan uno a dos. La pareja que persigue una imposible unidad hasta que, en ese camino desordenado y enloquecido, alcanzan la extinción crepitante que ofrecen las llamas del fuego. ¿Y la genialidad? ¿Dónde está la genialidad? Si eso deseas, querido lector / oyente, pues te invito a prestarle atención a Pueblo Jardinero. En un crescendo hermoso, esta canción parece dirigida a penetrar el alma del escucha y dominarla por unos breves minutos hasta hacerle recordar el platónico mundo de la ideas. Pueblo Jardinero es el sumun de la peripecia musical de Ráez en este disco, pues, con una sencillez que conmueve y perturba, elabora un discurso lírico que confunde y maravilla como el sueño del estremecedor opio o el retozar blando luego del amor perfecto. Un detalle de la lírica: Pueblo Jardinero / está clara la cosa / la espina es la hermana de la rosa / no es un sacrificio / la tierra es morirse / seré un jardinero de raíces / si muero.

¿Seguirás, pues, estimado lector / oyente, prefiriendo a Gianmarco o Pedro Suárez Vértiz? ¿Continuarás creyendo que el rock se limita a lo indicado por nuestros comunicadores obtusos (de los otros, de los inteligentes, también los hay, pero, lamentablemente, son pocos y están en extinción)? ¿Pensarás que Pedro Suárez Vértiz es nuestro Bob Dylan, como dijo alguna vez Jaime Bayli -ese excelente periodista político, pero pésimo escritor y peor crítico de arte-? Por favor, espero que cambies de opinión y le des una oportunidad a Rafo Ráez, quien, de seguro, no te decepcionará y al que, luego de apreciarlo, no lo considerarás de ninguna manera como nuestro Bob Dylan nacional, sino, orgullosa y definitivamente, como nuestro único e incomparable Rafo Ráez.
Julio Meza Díaz

You Tube y los amigos que suben música:




domingo, 16 de noviembre de 2008

Disco: Cuentos Chinos para niños del Japón (2007)

Grupo: Love of Lesbian (España)

En la actualidad, en la lejana madre patria, hay una movida pop muy interesante. Con sonidos delicados y armoniosos, algunos grupos le están insuflando un nuevo espíritu a su tradicional música popular. Sin embargo, en esta parte del mundo -latinoamérica-, se desconoce casi por completo lo que sucede en España. En las radios o programas de televisión, sólo se da espacio a proyectos demasiado comerciales (por ejemplo, la Oreja de Van Gogh) y hasta estúpidos (ahí tienes, querido lector / oyente, a Alejadro Sanz o Enrique Iglesias). Al otro lado del charco, hay creadores tan interesantes que, me parece, deberían obtener una mayor difusión por estos lares. Acá, se les llega a conocer únicamente por contactos personales o, de manera más amplia, por los excelentes blogs de propaganda y crítica (toma nota del siguiente: misterpollo.blogspot.com). En esta ocasión, pues, hablaré de uno de los protagonistas de esta nueva generación de talentos: Love of Lesbian.

Aunque comenzaron cantando en inglés, este puñado de barceloneses ha sacado a la luz un par de discos en español que conforman lo último de su excelente carrera artística. Un buen melómano como tú, estimadísimo lector / oyente, debe tener entre sus archivos las siguientes joyas: Maniobras de Escapismo (2005) y Cuentos Chinos para niños del Japón (2007). Para mí, este último trabajo es de una calidad estética tan notable que, desde su primera apreciación, conmueve de modo rotundo y genera una necesidad adictiva a su sonido. Las canciones de Cuentos Chinos para niños del Japón no son simples estructuras de melodías ligeras y tiernas. El estilo que impera entre estos tracks va más allá de la mera realización de un producto agradable para el oído corriente. En estas logradas piezas, se puede detectar el oficio cuidadoso de unos creadores que dominan la materia sonora. Gracias a esta capacidad, según sus deseos y aspiraciones, obtienen formas musicales ingeniosas, de tonos que van de lo festivo a lo melancólico y de una carga expresiva que sorprende por su transparencia y, a la vez, complejidad.

Cuentos Chinos para niños del Japón arranca con una pieza que posee una suavidad que hipnotiza y atrae. Esta es Universos infinitos que, con una guitarra acústica y otros artificios, brinda la entrada correcta para lo que será la atmósfera general de la producción: un espacio sónico de alegre melancolía. La lírica suelta: “Ahora dicen que hay muchos más universos / infinitos como el nuestro / dime si no es para volverse loco / ¿no te sientes más pequeño?”. Quizás esta sea una forma de referirse a su propio universo creativo. Un guiño intertextual de apertura del conjunto. Noches reversibles sigue con la misma lógica. Un fondo suave, sin muchas pretensiones, pero que seduce con efectividad. Es como cada uno de los giros casi imperceptibles de un trampolín vertiginoso que conduce al placer de los oídos. La voz canta: “Si pudiera transformar nuestras noches en ciclos sin final / podría ser tan fácil, sería espectacular si fueran reversibles aquellas noches de incendio”. Se hace mención, pues, a la imposibilidad de volver al pasado. Inmediatamente después, el disco tiene una transformación interesante, pero que no destruye la lógica general. Con Villancico para mi cuñado Fernando, Love of Lesbian opta por darle un ligero cambio a su estilo: acelera sus cuerdas, hace malabares verbales y torna lúdico su sonido. Dice la voz en los coros: “Te acabas de buscar la ruina / y ahora yo empiezo a reaccionar / mis brazos se mueven como aspas de ventilador / me da igual que sea navidad / con hilo dental pienso hacerte la circuncisión”. La violencia se impone en una relación familiar quebrada por desavenencias. En “Me amo”, que constituye un alegato feliz sobre la autoestima más desmesurada, se aprecia con claridad los chispazos virtuosos y juguetones que marcan esta parte de Cuentos Chinos para niños del Japón. La lírica detalla: “Soy un ser divino / ven a adorarme / qué buena suerte / amarme tanto”. Evidente auto aprecio, ¿no? Y, por último, comentaré la canción que me ha subyugado: Shiwa. Aunque no comparte el sonido del resto del conjunto, es tan encantadora que, empujado por su mensaje pacifista, estuve a punto de cambiarme de religión y flotar por las aguas mansas de las doctrinas sencillas pero iluminadas. Esto no lo digo nunca, querido lector / oyente, de modo que presta atención: quizás Shiwa, gracias a su redonda belleza, pueda cambiarte la vida definitivamente.

Y bueno, ¿se llegarán a popularizar discos tan contundentes como Cuentos Chinos para niños del Japón? ¿Tendremos que seguir escuchando en las radios bodrios españoles semejantes a David Bisbal? ¿Nuestras quinceañeras latinoamericanas y demás féminas de dudoso criterio continuarán pensando que Alejandro Sanz es un gran letrista y se yergue como el non plus ultra de la composición en la península ibérica? ¿Alguien reconocerá que el pop de la madre patria no murió con Mecano o con los trabajos ochenteros de Miguel Bosé? ¿Quién nos podrá salvar del terrible destino que le esperan a nuestras oídos? ¿Colgarán a los DJS de marras que se rigen por el gusto (o estupidez) de las mayorías? ¿Maldita sea, vendrá el Chapulín Colorado y asesinará a los dueños de las enormes disqueras idiotas?... Sólo hay algo cierto, finalmente: el mundo de los sonidos gratos no se limita a las obras de un puñado de autores archiconocidos y archibabosos; después del horizonte del dial, hay más, mucho más. Querido lector / oyente, libérate, y ve tras ese infinito de placer.
Julio Meza Díaz


Youtube y sus virtudes:






miércoles, 29 de octubre de 2008

Disco: Helville De Luxe (2008)

Solista: Enrique Bunbury (España)

Algunos de mis amigos, fanáticos de Héroes del Silencio, me habían afirmado que el ex vocalista de dicho grupo era, en la actualidad, un pésimo cantautor. Dudando de esas palabras, me atreví a juzgar por mí mismo la calidad compositora de Enrique Bunbury. “No quiero dejarme llevar por opiniones de otros”, me dije, y conseguí el Helville De Luxe, el último disco del pelucón español. Y, como sospechas, querido lector / oyente, lo escuché de inmediato, con las ansias que proporciona una curiosidad inapagable. A continuación, luego de la primera experiencia, cavilé: “De repente necesita otra oportunidad”. Y, con ese razonamiento, me metí por las orejas la música de Bunbury como una docena de veces. Finalmente, exhausto, y con la repulsión del que ha probado por terquedad mil pestilencias, vomité mi juicio inapelable: “El Enrique este, para no desperdiciar su tiempo, y el de sus escuchas, debería emplear el resto de su existencia en oficios más adecuados para su talento. Quizás la contabilidad o la ebanistería sean lo indicado para su desarrollo vital”.

Sucede, pues, que el Helville De Luxe es un disco fallido por donde se le analice. Sus canciones carecen de la menor audacia creativa, y parecen cortadas por la tijera de un autor no mediocre, sino más bien evidentemente pésimo. No basta con manejar una voz de registro considerable, estar vestido con los ropajes de la fama del pasado y, además, tener el respaldo de alguna disquera poderosa. No, todo eso no es suficiente. Para hacer buena música, se requiere de trabajo constante y de una luz (dícese, por la mayoría, inspiración) que recoja y organice de manera destacable el conocimiento de la tradición a la que uno se inscribe. Y ese es el gran error de Bunbury. Pareciera que no está informado más que de los referentes de su antigua banda, Héroes del Silencio, y no hubiera tratado de acumular las experiencias de otras estéticas. El Helville de Luxe suena a Héroes del Silencio, pero en su versión más sosa y aburrida, y sin ningún destello en particular.

Comentar por separado las canciones de Bunbury es un ejercicio vacío. Cada una de ellas arrastra una torpeza que hastía e incluso amarga. Pues molesta (sí, lo digo con todas sus letras: molesta) que alguien que fuera considerado un gran artista allá por los 80 y 90, en la actualidad no sea más que la sombra pálida de su propia sombra. Las migajas restantes del gran banquete de la música.

“¿Tenían razón mis amigos?”, pienso. Pues sí. Es triste pero cierto: Enrique Bunbury es un pésimo cantautor. Si desean comprobarlo, adquieran el Helville de Luxe, y vayan pensando, desde ya, qué harán con el disco. Les doy una sugerencia: úsenlo de frisby.

Julio Meza Díaz.

Gracias a You Tube:





jueves, 16 de octubre de 2008

Disco: No sé si es Buenos Aires o Madrid (2008)

Solista: Fito Páez (Argentina)

Recuerdo que en los 90, cuando me encontraba en el colegio -estuve gran parte de mi niñez y adolescencia en el San Agustín, esa ultra conservadora institución educativa que se ubica en Lima, en un barrio pudiente llamado San Isidro-, cuando estaba en quinto o sexto grado de primaría, comentaba, había datos de mi persona que guardaba como secretos de gran valor sentimental. Por ejemplo, nunca le decía a nadie, ni a mis más cercanos compañeros, que era un filatélico empedernido que, con una lupa de por medio, me pasaba horas contemplando las imágenes diminutas de esos papelitos los cuales, pese a su ínfimo tamaño, poseen para los conocedores una inmensa estima artística y monetaria. Otra de las intimidades que no sacaba a la luz era mi gusto por la música rock, y, sobre todo, por el placer que me despertaban las melodías exquisitas de Fito Páez. ¿A qué se debía esta vergüenza? Pues a un hecho execrable. Sucedió en una actuación en el San Agustín. Un grupo de estúpidos y carentes de talento, empuñando con torpeza instrumentos musicales, ejecutaron la peor versión que he escuchado de Mariposa Technicolor. En los coros, dando muestras de un idiotismo palpable, estos chiquillos, en vez de repetir el título de la canción, gritaban a voz en cuello: “¡Fito Páez es un cabrón!”. Que fuera verdad o mentira esta frase era lo de menos. El problema se centraba en que, desde ese momento, en el inmenso ámbito del San Agustín, se condenó a cualquier escucha de Páez al exilio absoluto y a la mofa más pérfida.

En la actualidad, el asunto me causa gracia, por supuesto. Pero en su momento me generó una enorme preocupación. Si, empujado por un arrebato, daba a conocer mi recóndito gusto por el talento del rosarino, pagaría caro mi audacia; de modo que esto lo oculté hasta mi último tarde en ese detestable colegio. Pero, por suerte, la vida siempre da revanchas. Y, en estos días, en que gozo por completo de mis libertades individuales, puedo gritar a medio mundo que, luego de Spinetta y Charly García, y junto a Cerati y Andrés Calamaro, me parece que Fito Páez es uno de los grandes artistas gauchos que más aprecio. Por este motivo, cada vez que este compositor presenta un nuevo álbum, lo disfruto hasta el cansancio auditivo y, además, lo celebró como la llegada de una nueva esperanza en una vida gris.

El disco que ha llegado a mis manos se titula No sé si es Buenos Aires o Madrid. Como algunos saben, no es un producto de estudio, sino la grabación en vivo de algunas de las piezas más destacables de Fito. Si hay algo que las liga, es la estética plasmada por la exigua cantidad de recursos instrumentales. Al igual que en el caso de su penúltimo trabajo, Rodolfo, en esta oportunidad hay canciones que son acompañadas únicamente por las armonías vibrantes de un piano de cola. Encuentro otra constante también, y es la respuesta enfebrecida del público. Cuando escucho un concierto semejante, concluyo lo siguiente: un buen cantante es aquel que despierta pasiones no con uno o dos hits, sino con decenas o, tal vez, centenas de canciones, que su fans disfrutan y conocen de manera parecida a los religiosos frente a sus oraciones místicas.

No sé si es Bueno Aires o Madrid abre bellamente con 11 y 6. El respetable aclama y Fito, con una voz limpia y sus teclas melodiosas, suelta: “En un café / se vieron por casualidad / cansados en el alma de tanto andar…”. Es la tierna historia de una pareja de niños que disfrutan del amor y la libertad de un modo conmovedor y poco ortodoxo. Más adelante se escucha su clásico El amor después del amor. Con una apertura inusual, Fito quiebra la melancolía del piano añadiéndole mucha más melancolía: “El amor después / del amor tal vez / se parezca a este rayo de sol…”. ¿Hay algo mejor que la experiencia del amor luego del amor? A mi parecer, y guiado por la lírica de esta canción, sólo sabemos en verdad del amor cuando se da luego de otro amor. ¿He usado demasiadas veces la palabra amor, no? Bueno, es que en los últimos días, por un mero afán dramatúrgico, le he dado vueltas a ese término tan inexplicable y, a la vez, hermoso que es el amor. Luego, la sorpresa del disco: Contigo, original de Joaquín Sabina, cantado por Fito y por aquel madrileño de ronca garganta y verbo afilado. Dice el estribillo: “Y morirme contigo si te matas / y matarme contigo si te mueres / porque el amor / cuando no muere mata / porque amores que matan / nunca mueren”. Enredado pero certero. Ese juego de palabras carga una verdad poética que he comprobado en más de una oportunidad. Con un piano de teclas alegres, Dar es dar es entonada por Fito como quien hace música en una cantina para beodos felices. “Dar es dar / y no marcar las cartas / simplemente dar”, dice Fito, y, de esta manera tan sencilla, pero profunda, aclama positivamente el desprendimiento en sus diversos matices. Y, para acabar, Mariposa Technicolor, en su enésima versión que, sin embargo, todavía fascina a los escuchas y a este triste comentarista.

Y bueno, ¿habrá todavía algún chiquillo que, por temor o vergüenza, no quiera dar a conocer sus gustos musicales? Espero que no. Porque, si hay algo que, de acuerdo con mi experiencia, brinda placer, es gritar a los cuatro vientos el gozo que nos proporcionan ciertas obras de arte. Esto es lo que me motiva, por ejemplo, a seguir escribiendo estos textos, y a chillar, sin miedo alguno, que SOY UN MELÓMANO QUE DISFRUTA DE FITO PÁEZ, como de tantos otros cantautores. He dicho.

Julio Meza Díaz

Gracias a You Tube:










viernes, 10 de octubre de 2008

Disco: Cumbia (2008)


Grupo: Bareto (Perú)

He puesto el disco Cumbia, de Bareto y, como si una fuerza animal naciera de mis entrañas, me pongo de pie y comienzo a bailar, entregado a la alegría de los sonidos de la selva y a una suerte de relectura de la psicodelia más sensual.

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Arrancaré mi crítica con una afirmación tajante: Bareto es una de las grandes revelaciones peruanas de lo que va de la década del 2000. Corriendo el riesgo de ser rechazados por su estética -pues en nuestro medio se privilegia demasiado la lírica y se menosprecia los grupos meramente sonoros-, emprendieron un proyecto que, en su primera etapa, demostró una influencia básicamente anglosajona. No obstante, en sus declaraciones a la prensa y en una pieza en particular -La calor-, ya daban visos de su interés por la música mestiza, es decir, el arte melódico del occidente más añejo recogido por nuestros pares, reelaborado y presentado con características propias, novedosas y mixtas.

Con Cumbia, su último disco, Bareto ha conseguido llevar muy lejos esta preocupación por los estilos selváticos y andinos tropicales. Sin lugar a dudas, el resultado final de su búsqueda ha sido deslumbrante: entre sus piezas, encontramos ritmos clásicos ejecutados con maestría; arreglos que echan mano tanto del saxofón huancaíno como de la guitarra más aguda y trepidante; golpes furiosos de batería que destacan en una atmósfera que, en su versión antigua, trataba de silenciar la violencia de este instrumento; y gritos felices que celebran, en cada clímax musical, la pasión de estar haciendo una armoniosa combinación de sonidos excitantes.

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Sigo bailando con un júbilo que no había sentido desde hacía mucho. No obstante, algo quiere detener mi goce: estoy sin pareja y, en esta clase de trances -actos dancísticos cercanos a lo orgiástico-, se requiere de una acompañante de naturaleza voluptuosa y arrebatadora. Sin dejar de moverme, tomo entonces el paquete de Cumbia y lo observo con minuciosidad. En los interiores, hay una reina que crece entre flores gigantescas, haciendo vibrar sus carnes generosas y batiendo su cabellera abundante hasta lograr la crispación del macho más inocente.

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Aunque todas las piezas de Cumbia son destacables, quiero señalar con especial énfasis el segmento dedicado a Juaneco y su combo. En Vacilando con ayahuasca, encuentro una guitarra que, tocada con un talento que sobresalta, empuja la pieza a un vértigo de locura. Ya se ha muerto mi abuela es más relajada, pero no por ello carece de detalles importantes: los vientos le insuflan una fuerza que hace trepidar los pies incluso a los duros como tabla. A continuación, en Mujer hilandera y A la fiesta de San Juan, la guitarra vuelve a ponerse de relieve: guían el ritmo a una velocidad que inquieta y alegra, que envuelve y somete de forma determinante. Un brillo aparte es el manejo de los coros: son de una potencia carnavalesca que contagia. Alejado por estilo del Juaneco y su combo, pero incluidos en un mismo género, Soy provinciano, original de Papá Chacalón, es una joya por su mezcolanza musical: con vientos andinos, y una percusión lindante al reggae, genera una ambiente melódico, tierno y relajado, que invita a la apreciación detenida de las notas y a la nostalgia del terruño dejado atrás. Llorando se fue, de los Kjarkas, es interpretado con una velocidad motivadora, dirigida por los vientos contundentes que, como si hablaran con radicalidad, parecen retar a los bailarines avezados a intentar perseguir su compás enfebrecido.

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Ahora no estoy solo: en un giro real maravilloso, la mujer del interior del disco se sacude con su cuerpo pegado al mío, sus caderas se bambolean con ánimo candente, y yo, que, a esta altura de las circunstancias, ya perdí mi característica timidez, entre gestos temblorosos y dubitativos, acerco una mano curiosa y toco eso que se estremece y palpita, esos bultos que me encandilan y que me atrapan y me sumergen en la loca pasión, al rito de la lujuria feliz y sin trabas. “Oh, mi selvática quimera”, pienso, entregado al movimiento puro.

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Por último, tengo que decir que Bareto no sólo ha conseguido un excelente disco. Con su eclecticismo profundo, ha vinculado a ciertos sectores representativos de la capital, Lima -como los estudiantes universitarios, los habitúes de Barranco y un puñado de seguidores de distinta procedencia-, con los círculos más lejanos de la sierra y la selva. Mestizaje, le dicen a este resultado. Y, en un país de tantas y tan diferentes sangres, hay que celebrarlo. ¿De qué manera? Pues escuchando el Cumbia de Bareto, y agitándose con los bamboleos de una selvática liberada. He ahí el mejor elogio para tan excelente disco. ¡Bareto, vamos a la fiesta de San Juan!
Julio Meza Díaz

You Tube y sus videos:




sábado, 13 de septiembre de 2008

Disco: ? (2007)


Grupo: Bersuit Vergarabat (Argentina)

Con una vergüenza que roza el malestar físico, debo confesar que, sobre el tema en el cual me quiero especializar como crítico -el rock iberoamericano-, no manejo una cultura tan amplia que abarque la totalidad de mi universo de observación. Pese a esta carencia, hay un de detalle que quizá me absuelve de la terrible culpa: mi ansia de conocimiento. A cada persona nueva que conozco, le pregunto al respecto de sus gustos musicales y, con mayor exactitud, sobre su posesión de discos de rock en español. Este método, sin embargo, no me ofrece una ampliación drástica en mis nociones previas del asunto que trato. Pero, aunque tú no me lo creas, estimado lector / oyente, me ha permitido escuchar, entre una serie de grupos-basura, una que otra joya que vale la pena rescatar, limpiar y exhibir para su apreciación pública. Esta semana, por ejemplo, mientras estaba atrapado en la redacción de un documento jurídico -me desempeño en el área de asesoría legal de un ministerio-, escuché a lo lejos, es decir, a unos diez metros de distancia de mi escritorio, unas melodías que no caían en el facilismo de la sencillez pop, sino que lucían un mar de movimientos sonoros que me dejó pensativo por un momento. “Caray”, me dije. “¿Qué grupo es ese?”. Dejando mis labores a un costado, me acerqué al compañero que lanzaba desde su computador aquellas piezas musicales que me habían hipnotizado.

-Dime, ¿qué bandas en castellano te vacilan? -le inquirí.

-A mí solo me gusta una -me respondió el compañero, con un gesto de seguridad desconcertante.

-Y, ¿cuál es esa?

-Bersuit Vergarabat.

Y sentí como si me hubiera metido una diestra certera en la quijada: yo desconocía por completo a ese grupo. No obstante, con la ayuda de mi compañero, ingresé a ese mundo raro pero bello que es la obra de Bersuit Vergarabat.

Por supuesto, no te aburriré, estimado lector / oyente, con la detallada narración de mi experiencia con cada uno de los discos de la mencionada banda. Como es costumbre en mis críticas, solo me referiré a la última producción en estudio. En este caso, por suerte, fijaré mi juicio en una obra de regular calidad, que, pese a sus altibajos, da muy buenas luces de la capacidad actual, pero sobre todo del potencial latente de Bersuit Vergarabat.

? es el nombre del trabajo en cuestión. De manera general, se puede decir de este que es un ambicioso proyecto. Lo que se han propuesto los integrantes de Bersuit Vergarabat es hallar su estilo en el crisol de las formas. No se detienen en un único sonido, sino más bien experimentan con una multitud de posibilidades. Escuchar ? es abrir las orejas a ritmos tan disimiles como la cumbia, el rock, la murga, el electrónico, la balada y a un largo etcétera.

? empieza con Laten Bolas. Con un arranque discotequero, las guitarras arman una capa sónica de gran fuerza. Mientras tanto, la voz dispara: “Yo no creo en la suerte / ni en error ni accidentes / solo veo mandatos / que acechan inconscientes / que te atan las manos / o te cortan las piernas / el deseo es estéril / el misterio supera siempre…”. ¿La testosterona como leitmotiv del hombre? Al parecer eso es lo que tratan de decir los Bersuit Vergarabat. Manejando un ritmo festivo, con unos tambores que remiten a la murga y una voz con aires punk, en Mi vida se canta lo siguiente: “Me resisto a tener un celular / como un perro que no quiere su collar / será que por el mundo no me quiero dejar encontrar / y controlar a otro no nos hizo bien / así fue como aprendimos a querer…”. Aquí se detalla, pues, las manías y demás características del personaje que construye la canción. Personaje que, por cierto, se identifica con una serie de gustos muy particulares. De tintes más rockeros, Rebelión es un grito contra el entorno enfermizo. El vocalista afirma: “Millones escasos / penosos retazos / a todos nos falta un pedazo / dientes apretados / siempre enojados / esclavos de los resultados…”. Quizás esto se explica por el desencanto ante una existencia insoportable y trastornadora. Con pincelazos de balada romanticona, Luna hermosa es un canto amoroso al satélite de la noche. La lírica, que conmueve por su sencillez y ternura, dice lo siguiente: “Esta luna es pura belleza de una imposible perfección / carga una luz milenaria que no se aguanta / la divina sabe la receta para un amor bien animal / e invita a beber a los hombre cuando está llena…”. ¿La luna como influencia determinante en las acciones de los hombres? Quién sabe, pues, si bien es cierto que rige los vaivenes del mar, ¿por qué no de un bravo macho? Finalmente, la que para mí es la joya del disco: El lechero. Con una atmósfera que invita a la diversión y al goce del más puro humor, las letras dictan: “… Probar mayonesa / o un chongo que baile arriba de la mesa / cualquier desparpajo / acrobacia del tajo / cascada, frotada, masajes nalgales…”. El lechero es, entonces, un servidor sexual que, con alegría y desvergüenza, ofrece sus diversos talentos a una muchedumbre de necesitadas (os) de afecto espiritual y cariño corpóreo.

¿Y es un buen o mal disco? Es uno recomendable. Y, también, es una excelente manera de ingresar al rico universo de Versuit Bergarabat.

¿Y seguiré preguntando a fulano y mengano qué está escuchando ahora? Sí, por supuesto. Y, antes que nada, tendré las orejas bien limpias para encontrar aquí o allá, bajo un árbol o detrás de una puerta, un buen disco de rock en español.

Julio Meza Díaz

You Tube y lo suyo:





jueves, 21 de agosto de 2008

Disco: Un mañana (2008)

Solista: Luis Alberto Spinetta (Argentina)

¿Quién soy yo para criticar la última obra sonora de uno de los genios de la música contemporánea? Desde la perspectiva más optimista, frente a Luis Alberto Spinetta, mi persona no es más que una hormiga contrahecha. O, quizás, algo peor todavía: un protozoario moribundo de lodazal. Y se me ocurren ejemplos más drásticos, pero me parece que lo que trato de decir se entiende muy bien: no soy nadie ante Spinetta. Sin embargo, tengo que declararme un atrevido desvergonzado, pues emplearé mi humilde pluma para comentar Un mañana, interesante producción que demuestra que, para hacer rock del bueno, a veces se requiere una edad avanzada y un espíritu de lucha inapagable.

De manera muy general, puedo decir que Un mañana se circunscribe dentro de los rasgos jazzísticos con que Spinetta ha venido tiñendo sus últimas obras. No obstante, hay momentos que escapan de la regla, y logran alcanzar picos sublimes, en donde se reconoce un genio inaudito. Sin duda alguna, este trabajo es una demostración más de que Spinetta es todavía ese monstruo super evolucionado que reina en ese mundo alucinante que es el rock argentino.

Pasemos a los detalles.

El disco empieza como un llamado a la puerta: una batería golpea reclamando suma atención. Es La mendiga, que no muestra nada nuevo dentro del universo reciente de Spinetta, pero tampoco desluce sus logros. Mientras al fondo hay un conflicto armonioso entre el piano y los tambores, la voz canta, en un desarrollo verbal intrincado: “…No fue tu amor lo predecible al fin / cuando él se marchó / y se ocultó de tus ojos / tus ojos de estrella / en la tempestad…”. La lírica de Spinetta no deja dudas: es una de las más elaboradas del rock en español. Más adelante, con un estilo que desperdiga elegancia, está No quiere decir. Con los punteos acerados de una guitarra agudísima, Spinetta suelta: “Aunque el sol te abrigue no quiere decir que no tengas más frio / y si la luna se cubre no quiere decir que no tengas su luz / cada día es la mañana desnuda y tu corazón tiene prisa…”. La tendencia de Spinetta es emplear rasgos jazzísticos para acompañar sus letras que son manufacturas de gran precisión y resonancia. A continuación, Hidra al sol es de una forma cercana a lo que el músico argentino empleó en la década del 70: con una guitarra acústica, la voz tiembla y se debata entre las variaciones de registro, que van desde finos quiebres, hasta momentos ligeramente roncos. La lírica entona: “Oh, mi amor / dime cuándo quema el sol / con mis manos haré brisa para que no / oh, dime si podré jugar / sin los sueños la armonía no tiene lugar…”. Con trazos de una tensión creciente, Hombre de luz es tal vez la pieza más singular. Consiste en una atmósfera sonora que trata de recrear el vacío del espacio exterior. La voz canta, con tono frío: “Hombre de luz que vuelas al espacio / señálame la ruta al sol / quiero estar allí / volando…” Alucinante, ¿no? Para cerrar, Spinetta vuelve a los pincelazos jazzísticos, y suelta una letras transparente, que cae en el plano de lo erótico: “Tus ojos vagan tristes / haciéndose en las sombras / mientras la noche abrigue, amor / yo subiré a tu alcoba /y en tu cielo me reuniré / en tus labios me perderé / para soñar”. Se escucha, pues, un Spinetta que festeja con alegría los placeres de la carne. Y, de este modo lúbrico, pone punto final a Un mañana, su más reciente disco.

Y bueno, sólo me resta preguntarte, querido lector / oyente, si estuve a la altura de Spinetta. Claro que no me hago ilusiones. Me contento con que me digas que he abrazado su tobillo y que, desde mi profunda pequeñez, he observado el destello en los ojos de ese gigante, viejo y genial músico argentino que se configura como la muestra viva que, pese y justamente debido a sus casi sesenta años, el espíritu de un hombre maduro aún puede florecer. ¡Y de qué gran manera!


Julio Meza Díaz

You Tube y su virtudes:





jueves, 17 de julio de 2008

Disco: Unplugged (2008)

Solista: Julieta Venegas (México)

Mis amigos más cercanos me preguntan: ¿qué le ves? Y yo les respondo: su mirada melancólica; su cuerpo delicado como una pluma que lleva el viento. Y ellos insisten: ¿pero no la encuentras muy delgada, muy plana? Y yo agrego: no. Para mí, roza la perfección. Es como trazada según mis necesidades afectivas. Es lo más cercano de mi ideal. Y ellos continúan: ¿pero acaso la conoces? De repente es una muchacha indeseable. Una vulgar que resulta más fastidiosa que piedra en el zapato. Y yo la defiendo: No. Eso nunca. Sus canciones son tan tiernas que, estoy seguro, parten de un interior de la misma naturaleza. No tengo duda que ella es luz y, mediante su música, vierte luz. Y ellos, por último, aceptan: estás enamorado hasta el tuétano. Y yo anuncio: Y lo seguiré estando hasta el final de los tiempos.

¿De quién hablábamos? Por supuesto, de mi queridísima Julieta Venegas, que, hace solo unas semanas, ha presentado su última producción, un unplugged de MTV que ha arrancado las más divididas opiniones y que, desde mi trinchera de crítico de rock, estoy obligado a defenderlo… perdón, a comentarlo desde la más neutral perspectiva.

Comencemos.

El disco en cuestión arranca con Limón y sal, pieza que le dio título a su anterior trabajo. El sonido que adopta esta canción en el unplugged da una idea de lo que será el resto de la obra. Una labor pulcra de cuerdas, unos vientos mesurados, un xilofón agudo y preciso, y una batería tan estilizada que únicamente aporta platillos vibrátiles y una tarola de suaves retumbes. Unos detalles que convierten las versiones eléctricas en música para salón. Un verdadero gozo para los oídos. Pero, como siempre, a lo largo del unplugged hay puntos altos y bajos. A mi parecer, entre los destacados, está Andar conmigo, que Julieta Venegas resume de forma muy clara y breve. Dice, antes de empezar a cantarla: “Esta canción que continúa es una canción directa y sincera de amor, para los que saben cuando lo sienten y no lo pueden cambiar”. No hace falta dar mayor explicación. Otro track sobresaliente es Algún día. Con una cortina sonora muy lúdica, en donde se privilegia la flauta, que parece brincar entre flores enormes, la voz suelta: “Algún día quizás / podré decirte algo / que sea importante / algo hecho con sabiduría… mientras tanto vamos todos en el mismo tren / cometiendo errores / y pisando mal”. ¿Reconocimiento de su juventud y, por ende, de su inexperiencia? Por supuesto. Pese a ser una estrella de rock, con una fama que se proyecta en todo el mundo de habla hispana, sabe que aún no ha acumulado un conocimiento profundo de las cosas. A este autoanálisis no se llega con facilidad, pues el ego de una artista, por lo usual sobredimensionado, lo impide y anula. Y que lo haya realizado ella, que haya concluido que por ahora no dispone de ideas penetrantes que ofrecer, es una muestra de su inteligencia. Y, por último, una pieza que me sensibiliza especialmente, y que, por ello, según mi punto de vista escapa del común denominador, es esta: Ilusión. Haciendo dúo con Marisa Montes, y con un acompañamiento etéreo de cuerdas, Julieta canta: “Por ella / no supe qué hacer / por qué la dejé / no sé / solo sé que se me fue / hice todo lo que quería / por qué no me dejó tratar / de hacerla feliz”. ¿Quién no ha cantado alguna vez una letra semejante? Como a casi todo el mundo, a mí también se me fue alguien. ¿Por qué? Tomando las palabras de Julieta, lo único que puedo decir es lo siguiente: sólo sé que se me fue.

¿Y señalaré los puntos bajos del disco de Venegas? No, ni hablar. Eso lo dejo para sus detractores. Para mis ojos y oídos, ella siempre ha sido, es y será una belleza quimérica, un objeto de mi vertiginoso amor. Pues alguien que hace de la ternura su poética no sólo merece admiración, sino también amor. Y eso es lo que logra Julieta Venegas: que su público incondicional la amemos.
Julio Meza Díaz

Youtube, gracias:





jueves, 10 de julio de 2008

Pieza: Borrador Cuatro (2008)

Solista: Murakami (Perú)

Hace unos días, una persona X, especialista en los comentarios sobre rock y con un juicio crítico que respeto, me soltó un par de ideas que me dejaron turulato.

-Sabes, Julio, creo que deberías cuidar tu escritura. A veces eres reiterativo y caes en enredos innecesarios.

“¿Cómo?”, me dije. “¿Eso significa que mi lenguaje es confuso? ¿Qué no me dejo entender?”. Pues me parece que no es cierto, porque siempre he escrito con una claridad que hasta peca de evidente, sin significar esto que menosprecie a mis lectores, ya que ellos saben muy bien que nunca he pergeñado una frase con propósitos facilistas. A mi entender, la prosa que empleo se encuentra en un punto intermedio entre lo sencillo y lo críptico. Y, si no me han comprendido, entonces me expresaré con transparencia en las siguientes palabras: lkajdad kljadhla uihvxkc lmanrwe ja ja ja!. Fácil, ¿no? Creo que cualquiera puede descifrar lo que he escrito.

-Y, además, Julio, te dedicas a los grupos de rock en español comerciales.

“¿Y es cierto eso?”, me pregunté y, luego de algunos segundos de meditación, concluí: “Yo, que siempre he pensado que busco y rebuscó hasta bajo las piedras de lo que se compone en Latinoamérica y España para hacer mis críticas, debo aceptar con tristeza que esa afirmación es verdadera”. Pues las bandas y solistas que salen en mi blog gozan de cierta fama. Sin embargo, no por ello he regalado flores a cada uno de mis objetos de crítica. En la medida de lo posible, he tratado de guiarme por ciertos parámetros para soltar los adjetivos correspondientes. Y, a veces, estos han sido poco gratos e incluso burlones, cuando el producto musical así lo ameritaba.

Pero ahora, yendo a contracorriente de este último comentario de la persona X, hablaré no de un compositor underground, sino de uno under-underground (si es que cabe el término, por supuesto).

Era el 2004, y yo, entre jalados, desamores y lecturas febriles de madrugada, iba la facultad de Derecho de la Universidad Católica. En aquella ocasión, creo que me tocaba Contratos Generales, con un profesor que prefiero nombrarlo de manera cariñosa: so reverendo hijo de puta. Sin ninguna duda, yo en dicha clase sufría a mares. Primero, porque se dictaba luego del almuerzo, y, en ese lapso de tiempo, sólo pienso en dormir en los cómodos muebles de mi sala. Y segundo, porque los contratos unidos al idiota dogma del análisis económico del derecho resultan siendo algo aterrador: reducen el universo a la ley de lo más rentable y menos rentable. So reverendo hijo de puta, ¿acaso cuando le das una caricia a tu hijo o te acuestas con tu esposa piensas en lo más rentable? En fin, el caso es que, en medio de ese caos académico, conocí a un pelucón que se llamaba César. Él era lo que siempre he envidiado: un hombre relajado y sin remordimientos. Y eso me agradaba tanto que decidí seguir sus pasos: yo también empecé a faltar a clase, y no me sorprendí cuando me desaprobaron con un bochornoso cero cinco.

-Por lo menos te puso cinco puntos -me dijo César, cuando comparamos nuestras notas-. A mí me puso dos.
-Bueno, qué chucha. Cambiemos de tema.
-Okey.
-Sabes, hace poco te vi con un libro de poesía. ¿Por casualidad escribes?
-No. Yo compongo y canto. Tengo mi banda de reggae que se llama La Mole.
-Ah caramba. Qué bueno. Y dime, ¿cómo haces para compatibilizar el Derecho con la música?
-Es fácil: no estudio.

Aplicaba entonces una técnica académica suicida. Sin embargo, pese a lo esperado -es decir, que jalara tres veces un curso y lo botarán de una patada de la Católica-, acabó sus estudios a tiempo, y logró convertirse en un alumno egresado de mi facultad. En lo que respecta a lo musical, César ha dejado el reggae, y, oculto en su propio estudio musical, y bajo el pseudónimo de Murakami, compone canciones pop que le deben mucho a la actual vertiente de grupos españoles (Family, El Niño Gusano, La Buena Vida y un pronunciado etcétera). Sus piezas poseen un aire entre melancólico y áspero. Llevan capas envolventes de sonido electrónico y producen una extraña sensación: el escucha se queda con el deseo de gozar de más de este estilo adictivo. Te recomiendo, mi estimado lector / oyente, que te des una vuelta por su My Space (www.myspace.com/peterquistgardyelsindicatodepiratas), y disfrutes las excelentes composiciones de mi amigo César.

Y bueno, ¿comento o no comento grupos no comerciales? Al parecer, en esta oportunidad, he hecho la excepción y le he dado vitrina a un muchacho que, si bien compartió aulas conmigo, también domina la estética musical y se merece una oportunidad en el mundo del rock. Y, por otro lado, mi querido lector / oyente, ¿has leído con facilidad el presente comentario? ¿O has detectado algunos baches en mi sintaxis que hacen ilegible mis párrafos? Si es así, y crees como la persona X que debería mejor mi formato escritural, pues te sugiero que le des una ojeada a mi siguiente explicación, transparente como el agua de manantial: lsjkfhgsldkjf lsfjkslkgjs peowit´ñaslfkg kajdal, cha cha cha!


Julio Meza

miércoles, 2 de julio de 2008

Disco: Mucho (2008)


Grupo: Babasónicos (Argentina)

Los Babasónicos son una de las excelentes bandas latinoamericanas que nació en la década del 90, bajo el auspicio y la difusión continental de MTV, que era un canal de cable que transmitía rock en español de calidad y no se dedicaba a la tonta tarea de programar reality shows sosos y vacíos, cosa que en la actualidad es su rasgo distintivo. Los Babasónicos destacaron en un principio por su sonido experimental y siempre cambiante, que iba desde la psicodelia, pasaba por el rock más fluido y guitarrero, y hasta rozaba con la estética de la nueva ola. Luego de cinco discos de buena factura, en el 2001, sacaron el Jessico, que fue nombrado por la crítica de su país como la producción del año. Para sus seguidores, por el contrario, dicho trabajo fue una concesión al mainstream, pues, a partir de aquel cd, su estilo se tornó estable y muy cercano a un pop convencional, aunque con rasgos personales y una atmósfera enrarecida por una especial distorsión.

Este año, los Babasónicos han sacado a la luz Mucho, una placa de estudio que sigue los pasos de la estela sonora trazada por el Jessico. Aunque a ratos peca de predecible, el último disco de los Babasónicos está constituido por algunas piezas de exaltado espíritu y sonido envolvente que, con estas características, sobresalen como potenciales tracks de culto.

Paso a analizar dichas canciones.

“Mi proceder es poco probable / y mi destino es ser un bandido / señor juez, soy culpable / solo llegué e hice bang bang bang”, dice la voz en Cuello rojo, canción en la que, en medio de un bloque de guitarras enrarecidas, un asesino confiesa su culpa y, sin ningún remordimiento, aguarda con paciencia escuchar el traqueteo que producirá la silla eléctrica el día de su ejecución. ¿Frialdad acérrima ante la propia muerte? ¿Desvergüenza del criminal? Quizás lo importante en esta canción no sea la moral que se esconde tras el discurso, sino la construcción de un personaje que sorprende por su aterradora insensibilidad. En Estoy rabioso, los Babasónicos prosiguen con su representación de desadaptados. El track arranca con unos golpes rápidos de tambores, y sigue con unas cuerdas que repetirán hasta el final el mismo violento rasgueo. La voz dice, con un tono de desdén: “Todo bien con el diablo solo somos amigos / es que anduve negociando algo con él / y como del intercambio salí vivo / me la voy a festejar hasta que me alcance la ley”. En este caso, aunque se tropiezan con el fácil recurso de la mención de “lo maldito”, los Babasónicos hacen una canción potente, que inyecta energía en sus escuchas y que, estoy seguro, dará pie a desgarradores gritos de emoción cuando sea tocada en vivo. Finalmente, en El ídolo, mi pieza favorita, con aires countries y de extraña francachela, se canta sobre algunos planes post mortem. Dice el vocalista: “Cuando yo me muera / haré una fiesta en donde nunca salga el sol / donde amigos y enemigos brindarán / porque regrese en la piel de una canción”. Se observa la muerte como el paso a un cambio de naturaleza, transformación que, por cierto, no implica sufrimiento ni juicio divino, sino alegría y bienestar. Una sana forma de ver la muerte.

¿Y las demás canciones? Pues, aunque son buenas (como su actual hit, Pijamas) corren por la ruta de lo esperado por músicos tan talentosos como los Babasónicos. ¿Y es un buen o un mal álbum? Es uno regular. De una banda con mucho potencial, y que, en cierto momento, tenía acostumbrado a su público al cambio, se espera la innovación creativa o, por último, el simple movimiento. Pero, al parecer, por ahora los Babasónicos han decidido apostar a ganador y han sacado a relucir sus armas conocidas. Sólo queda esperar que este grupo de rock argentino tome vuelo otra vez o haga un aterrizaje forzoso por el terreno de la repetición.

Julio Meza Díaz

Gracias a los que suben videos en you tube:





sábado, 14 de junio de 2008

Disco: Plástico Divino (2008)

Grupo: Dolores Delirio (Perú)

-Tus críticas llevan una misma estructura -me señaló una estudiante universitaria-. Presentas al grupo en cuestión. Hablas de su último álbum. Describes algunas de sus canciones. Y, al final, cierras con una frase de aire reflexivo. ¿Por qué insistes en seguir esa línea?
-Bueno, quizás se deba a que la mecanización hace más fácil un trabajo -le respondí, un poco fastidiado por su observación.
-Y dime, ¿sobre qué vas a escribir ahora?
-Tengo varios discos en proceso de escucha. Pero en estos momentos le estoy prestando más atención al de Dolores Delirio: Plástico Divino.
-¿Qué vas a decir sobre ese cd?
-Bueno…

1998. Parque Kennedy. Rodeados por adolescentes que visten camisas afraneladas y botas de leñador, los integrantes de Dolores Delirio atrapan sus guitarras y rompen el silencio con un punteo envolvente. Ha comenzado “No ves el sol”. Ganas el tiempo que suelo perder. También el dinero que nunca tendré. Aunque dicha canción lleva impresa en su sonido la estética de los 80, en estos días ya es un clásico contemporáneo del rock no comercial. Los asistentes se entusiasman y, mientras agitan las cabezas y siguen el ritmo con el pie, alzan las voces hasta convertirlas en un solo grito ronco y sentido. No ves en mi rostro la misma expresión. Aunque eso te cause quizás decepción. Los trajes oscuros de los muchachos de Dolores Delirio contrastan con la luna llena que está particularmente blanca. Y, como si esto les hubiera despertado un espíritu lobezno, algunos entusiastas de entre el público aúllan con frenesí, llegando a un estado de verdadero paroxismo. Mira este sol. Ve la lluvia caer. Y esta flor del desierto en la luna. Observa estos niños bañados en barro. Somos… Somos tú y yo.

-Bueno… de acuerdo con mi punto de vista, señalaré que no es un disco redondo. Contiene piezas regulares. Pero también hay de las buenas. Y de las que son muy buenas.
-¿Cuáles son estas últimas?
-A mí me parece que son Cielo - Infierno, Histeria, (Ultramar) Azul y, sobre todo, Jardín de estatuas. Esta última creo que está trazada con mucho talento. Define el nuevo sonido de Dolores Delirio. Entre lo electrónico y el rock guitarrero. Algo muy lejano a su inicial tendencia ochentera. Pero hay algo más importante que estos detalles.
-¿Y qué cosa es eso?
-Bueno…

2008. Vocé. El público, que está conformado por jóvenes y adolescentes, aguarda a que inicie la siguiente canción. Los muchachos de Dolores Delirio afinan los instrumentos, sueltan un arpegio agudo y arranca una vibración inquietante. Los oídos de los asistentes reconocen la tonada. “¡Histeriaaa!”, grita uno, y todos se mueven al ritmo del golpe de las baquetas, manteniendo un gesto de furia contenida. Vuelo despacio y así soy fatal. Si acelero seré un suicida. Algunos levantan los brazos y los sacuden una y otra vez, mientras dan ligeros saltos sobre su sitio. La atmosfera se torna tensa, pues cada vez hay más gente entonando la lírica. La risa es porque nunca maduré. Mi silencio, tu obsequio porque ya quemé. Pese a los reflectores y los rayos de luz, el ambiente es lúgubre y compacto, y da la sensación de incrementar la fuerza que despiden los parlantes y las gargantas de los asistentes. Los cuerpos reaccionan, y hay empujones y danzas extrañas: se arma un conato de pogo. Ven, anima mis desvelos y complace todos mis deseos. Tan fáciles de odiar. No me das tiempo a protestar. Ya me disfrazaste de maldad.
-¿Y qué es lo importante?
-Que Dolores Delirio, pese a la muerte de uno de sus guitarristas, pese a los cambios entre sus miembros, sigue en pie, haciendo canciones destacables. Que, aunque tienen ciertos márgenes por entre los cuales va su estilo, han sabido evolucionar: Dolores Delirio de los 90 no es el mismo que el del 2000. Y aún enciende pasiones, muchas pasiones.
-En fin. Si es como lo describes, escucharé el disco… Una cosa más: ¿continuarás con la misma estructura en tus críticas?
-Estoy pensando en hacer lo mismo, pero con cierto toque distinto, al igual que la música de Dolores Delirio a lo largo de su carrera.
-Ah mira, qué interesante.
-Sí, pronto lo leerás.
Julio Meza Díaz

Gracias a You Tube y a los que suban los videos:





domingo, 1 de junio de 2008

Disco: Humo y Espejos (2008)


Grupo: La Monja Enana (España)

A inicios del nuevo milenio, explotó en España una bomba compuesta de melodías dulces y una actitud que se inclinaba entre lo aguerrido y lo rosa. Los críticos, los periodistas especializados y el público en general, llamaron a esta dinamita sonora con una palabrita un tanto despectiva: Tontipop. Fueron muchos los grupos que practicaron dicho género (entre los más destacados, cito a los siguientes: Blas y Las Astrales, Los Fresones Rebeldes, La Casa Azul, Meteosat, Niza, etcétera), pero muy pocos de ellos continuaron en la brega, y casi ninguno construyó una obra sólida que perdurará más allá de la moda y los requerimientos del mercado. Entre los sobrevivientes, que sí lograron hacer de una estética generacional su sonido propio, y, además, se popularizaron fuera de las fronteras de su país, podemos hallar al excelente proyecto denominado La Monja Enana.

Con seis discos en su haber, este 2008 han presentado al público el que, a mi parecer, es su mejor producción: Humos y espejos. Sin alejarse de su sonido con aires infantiles, La monja enana ha compuesto doce temas que, sin mucho esfuerzo, logran demostrar que la creatividad musical a veces requiere de pocos elementos para expresarse con plenitud. En Humo y espejos (y como en toda la discografía de este grupo español), no hay grandes performances sonaras, tampoco la voz se disfuerza en demostraciones vacías de histrionismo, mucho menos se procura una lírica barroca e ininteligible. Sólo con la simpleza (que no es igual a la estupidez de varios grupos pop), La monja enana ha logrado capturar su belleza, una que causa admiración, enternecimiento y alegría. Una rosa feliz que exuda imaginación.

Paso a analizar el disco Humo y espejos.

Pessoa, a través de su heterónimo Álvaro de Campos, escribió lo siguiente: “Todas las cartas de amor son ridículas”. Según mi perspectiva, dicha afirmación se puede extender a las canciones. Para comprobar lo que digo, sólo basta encender la radio y escuchar el hit romántico de turno. Sin embargo, pese a ser ridículas, debo aclarar que hay composiciones sentimentales de las buenas y de las malas. Y, en Humo y espejos, se puede encontrar un ejemplo de las primeras. Con una guitarra eléctrica sin pretensiones, Canción de amor n° 3, demuestra que se puede hablar de forma inteligente del sentimiento más humano. Dice la voz, con ironía: “Por ti voy a escribir una canción de amor / llenaré el escenario con músicos de sesión / hablaré de mi bañera, de colillas y café / con citas y referencias que sólo yo entenderé”. ¿Una burla o una canción de amor? Pues es una meta canción. Una canción de amor que habla sobre las canciones de amor. Inteligente juego, ¿no? Más adelante, se encuentra Café Kafka. Con un secuenciador de fondo, la cantante le rinde tributo al escritor de Praga con unos versos inquietantes: “Leo mi esquela en el diario / asistiré a mi funeral / empiezo a sospechar que algo no va bien”. A La monja enana le gusta la literatura, ¿no? Claro, pero tampoco le produce asco las matemáticas. Con mayor complejidad sonora, en Ciencia en la vida cotidiana suena: “Tardé a fichar, me quedé a resolver un problema complicado / la tensión superficial entre pompas de jabón me ha costado el trabajo / le he cogido antipatía al incremento de entropía”. Unas piezas después, se hace referencia a al cine, mencionando un tipo de equívoco en la filmación, que se denomina Fallo de raccord o Error en la continuidad. Dice la voz en Raccord: Entro en mi cuarto / noto que algo no es igual / es un decorado, no parece de verdad / las paredes de mi habitación / no han tenido nunca ese color / se ha producido un fallo de raccord. En Héroes del pasado, que según mi opinión es el mejor track, La monja enana da muestras de su audaz ironía. Con un ritmo festivo, la lírica dice, refiriéndose a los más viejos rockeros: “Héroes del pasado muertos y enterrados / héroes del pasado muertos y olvidados / uno se ha vuelto loco, otro es un desgraciado / uno murió en el coche, otro se ha suicidado / gracias a la técnica digital / este año habrá gran gira mundial”. Al respecto, suelto una pregunta: ¿querrán los integrantes de La monja enana que se burlen de ellos de la misma manera? Supongo que sí. Porque será un indicador que el rock vive, pues éste es iconoclasta hasta con sus propios ídolos.

Este disco es, pues, la comprobación que lo sencillo no carece de rigor creativo. Como ha repetido una y otra vez Mario Vargas Llosa, “la oscuridad no es sinónimo de profundidad”. A veces, pues, es preferible realizar lo de La monja enana: hacer canciones transparentes, y conseguir muy logradas vibraciones emocionales e intelectuales. Un gustazo de primera oída.
 
Julio Meza Díaz

You Tube:




sábado, 3 de mayo de 2008

Disco: Doce segundos de oscuridad (2006)


Solista: Jorge Drexler (Uruguay)

La primera noticia que tuve de Jorge Drexler fue que había ganado un Oscar por la composición de una pieza para una película sobre el Che Guevara. “¡Qué estupidez!”, exclamé. “La revolución cubana es un fiasco, y aún se componen canciones para ese barbudo venido a menos”. Y luego, seguro de que el artista uruguayo no era más que un bluff creado por los medios, me encerré en mi habitación para escuchar discos y olvidarme de la existencia de Drexler. Pero, como diría Rubén Blades, “la vida te da sorpresas”, porque, años después, me encontraba en la casa de mi amiga Ivette, y ella me hizo escuchar una versión delicada y laboriosa de High and Dry de Radio Head. “¿Quién es ese cantante?”, le pregunté, admirado. “Es Jorge Drexler”, me respondió, y, de inmediato, le pedí prestado su cd y me marché corriendo a mi casa: la curiosidad me mataba, pero, sobre todo, me daba vergüenza el juicio de valor que elaboré sobre un artista antes de escucharlo con detenimiento. “Los prejuicios, carajo”, me dije. “A veces nos impiden encontrar lo bello”.

Y así llegué a Doce segundos de oscuridad. Un disco en verdad valioso, con canciones construidas con una pericia admirable, y una voz ligeramente áspera, pero a ratos diáfana como un cristal pulido. Sin exagerar, es una de las mejores producciones que se han hecho en Latinoamérica en lo que va de la década del 2000. Sólo basta detenerse en las melodías sugestivas y complicadas, y en la lírica destacable y, por momentos, bellísima, para caer en la cuenta que mis calificativos no mienten ni caen en la simplicidad del fan. Estoy seguro que, a cualquiera que disfruta de la buena música, se conmoverá de placer cuando tenga en los oídos Doce Segundos de oscuridad.

El mencionado disco gusta desde el principio. La canción que le da título, si bien no impresiona por su estética musical, empuja a la reflexión por su lírica sencilla, pero, a la vez, compleja como el día a día del hombre. Dice la voz, refiriéndose a un faro que se ubica en la costa: “No es la luz lo que importa en verdad / son los doce segundos de oscuridad”. En La vida es más compleja de lo que parece, unas guitarras acústicas dan un fondo relajado y entusiasta, que permite los devaneos existenciales de la voz. Ésta dice: “El velo semi transparente del desasosiego / un día se vino a instalar entre el mundo y mis ojos / yo estaba empeñado en no ver lo que vi / pero a veces / la vida es más compleja de lo que parece”. Las ideas sobre las complicaciones del vivir prosiguen más adelante. A éstas, se suman las dificultades del deseo. En El otro engranaje, sobre una caja de sonido programado, Drexler canta: “El deseo sigue un curso paralelo / y la historia es una red y no una vía… la fidelidad / brumosa palabra / con sus incierta lista de gestos prohibidos / muerde siempre menos de lo que ladra”. Con una musicalización más compleja, en Hermana duda, Jorge Drexler continúa en su enumeración de los cuestionamientos del hombre contemporáneo. Es más, la incertidumbre se torna en el tema central: “No tengo a quien rezarle pidiendo luz / ando tanteando el espacio a ciegas / no me malinterpreten / no estoy quejándome / soy jardinero de mis dilemas”. Por supuesto, el amor no se queda atrás, y aparece, pero con un tono de ironía. Quizás porque esa sea la manera más adecuada de tocar sin solemnidad el tema del afecto. Así, en Inoportuna, dice la voz: “Tú por ejemplo / tan a tiempo / y tan inoportuna”. Con unas ligeras guitarras punteando acordes apretados, en Soledad, un hombre solitario, que acepta su situación con valentía, dialoga con la mismísima soledad y concluye con ella: “Ya pasó / ya he dejado que se empañe / la ilusión / de que vivir es indoloro”. El dolor y la vida, conceptos que, a veces, no pueden ir separados.

Pero no todo es luz en el día, pues también hay una que otra sombra que empaña el paisaje. A mi parecer, las canciones Disneylandia y La infidelidad en la era informática no encajan en el disco. Con unas mezclas electrónicas, y unas letras de cierto rebusque intelectual, dichas piezas decepcionan por su disfuerzo y por su carencia de estilo y armonía. Son, finalmente, dos puntos en contra de Doce segundos de oscuridad.

Y bueno, sólo me resta agradecer a mi amiga Ivette, que me regaló un disco excelente (¿porque me has regalado el disco, verdad Ivette? De todos modos, hazte a la idea que me lo obsequiaste, pues pienso devolvértelo cuando en Lima llueva a cántaros; o sea, nunca). Por otra parte, hay una lección que rescatar de mi manera de conocer a Drexler, a quien lo despreciaba por meros prejuicios. La enseñanza es la siguiente: en el mundo de los discos, hay que escuchar primero antes de opinar.
Julio Meza Díaz

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