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martes, 15 de abril de 2008

Disco: Verano Fatal (2007)

Dúo: Nacho Vegas y Chritina Rosenvinge (España)

Para comprender este disco basta con analizar su portada. Christina Rosenvinge luce gesto de desdén, que cuadra de forma adecuada con el estereotipo de la femme fatal que desea pero que no demuestra su goce. Nacho Vegas, con su rostro anguloso, pone al descubierto su papel activo, pues, con su ligera postura que tiende hacia la caída, es el que sostiene la unión de los cigarros, los que, por cierto, se vinculan en un detalle importante: el fuego. Es un micro incendio, una candela mínima, la que mantiene el contacto de estos artistas. No hace falta el encuentro de las miradas (por este motivo, tienen los ojos cubiertos con enormes lentes negros), ya que la ligazón es mucho más intensa. Esta se da por el elemento que consume y redime, que a veces explota pero funde: la llama rojiza, propia del infierno satánico y de la totalidad de Dios en el antiguo testamento.

“¡Tirada de los pelos!”, puede gritarme usted, querido lector / oyente, sobre mi interpretación. Pero yo sacaré a mi favor el mencionado disco y lo pondré a girar: mis argumentos, entonces, serán los sonidos armónicos de este agradable álbum.

Ahora bien, de las siete canciones que componen Verano Fatal, me parece que hay dos que destacan sobre las demás: la que da título al disco y Me he perdido. La primera, Verano Fatal, es en la que mejor se aprecia el diálogo de las voces. Teniendo como fondo un muro acerado de guitarras eléctricas, Christina Rosenvinge suelta: “hacer siempre lo incorrecto es una forma de acertar”. Más adelante, Nacho Vegas dice: “para ser un buen cantante tienes que desafinar”. Con frases de tono asertivo, la canción avanza en una estructura semejante al movimiento del péndulo, es decir, va de un lado a otro: en un momento pareciera retener cierta fuerza explosiva y, en otro, revienta hasta una plenitud grisácea y melancólica. En Me he perdido, con punteos delicados de cuerdas, y una voz seca y afilada como una navaja, se narra el encuentro metafórico de un hombre con una mujer sombría. La voz dice, describiendo a su manera el espíritu destrozado de la fémina: “Miré hacia el suelo y me santigüé / te encontré entre los escombros / y aún quedaba un muro en pie / te vi apoyada en él y creo que / lo hacías para no perder la fe”.

“¿Pero es bueno o malo este disco?”, me preguntará con razón el lector / oyente. Pues seré claro en este punto: si bien la junta entre Nacho Vegas y Christina Rosenvinge ha sacado chispas y, es más, ha originado un ardor que no sólo enciende cigarros, sino también los ánimos de los oyentes, el disco en mención convence cuando llega a su clímax, como en Me he perdido o en Verano Fatal, pero en otros temas, como en Ayer te vi, por ejemplo, la simpleza musical y las voces que se arrastran corroen los buenos cimientos del proyecto musical del dúo español.

Así, llego a la conclusión que sólo lo que es candela en el mundo de la música pervive y sobresale, pues, parafraseando la legendaria frase de Mario Vargas Llosa, afirmo que “la música es fuego”.
Julio Meza Díaz

Videos para un verano fatal:





martes, 8 de abril de 2008

Disco: Aznar - Lebón / Lebón Aznar (2007)


Dueto: Pedro Aznar y David Lebón (Argentina)

Hay algo que siempre me ha inquietado de los argentinos: es difícil encontrar rock de pésima calidad hecho por ellos. Desde Litto Nebbia hasta más allá de Fito Páez, siempre se han destacado por su brillante manejo de la plástica sonora. Es cierto que la influencia de los ingleses es determinante en sus diversos estilos, pero se tiene que señalar que han sabido leer la escuela extranjera desde su óptica personal, creando de este modo un sonido propio y de rasgos definidos. Por supuesto que mis afirmaciones caen en el saco roto y dudoso del juicio de valor que opta por la generalización. Sin embargo, mi propósito no es dictar cátedra, sino hacer una breve semblanza que justifique creaciones tan sencillas pero a la vez tan maravillosas como el disco Aznar - Lebón / Lebón - Aznar.

Este estupendo disco doble, trazado a cuatro manos por Pedro Aznar y David Lebón, la mitad de aquel mítico grupo llamado Serú Giran, es el resultado de un conjunto de presentaciones que la dupla de cantantes dio en el teatro Nd Ateneo de Buenos Aires. Sin duda alguna, el público que estuvo presente deliró con las canciones que entonaron, con un talento de tono entrañable, tanto Aznar como Lebón. Prueba de eso son las palmas y gritos que se encuentran entre track y track, y que no representan más que la euforia de contemplar la destreza artística en su más armoniosa evolución.

¿Resaltan algunas piezas? Pues me parece que sí. Por ejemplo, Sólo Dios sabe, canción en principio grabada por los Beach Boys con el título de God only knows. La versión realizada por Aznar y Lebón no es superior a la original, pero tampoco inferior. Es, a mi parecer, del mismo nivel. Algo que quiero resaltar de Sólo Dios sabe es el manejo de voces de ambos artistas: siendo corto en la adjetivación, dicha técnica puede calificarse como sumamente pulida. Otra pieza que destaca como las rosas frente a las demás flores es Amor de juventud. Con un bajo que acompaña dulcemente a la voz, la canción se va construyendo en una progresión delicada, hasta llegar a la versatilidad que da el conjunto de todos los instrumentos. Dice la voz: “Amor de juventud / sus brazos por primera vez / amor de juventud / un beso y es el infinito / amor de juventud”. Con tinte político, un track interesante es Mano dura. Imprimiendo una atmósfera siniestra y tensa gracias a la batería sincopada y las cuerdas que avanzan al ritmo de caballos marchantes, dicha canción dispara: “Hey, mano dura / tanto hablar de la maldad / hey, mano dura / puño y fuego no traen paz”. Palabras estas que me hacen recordar a las personas desaparecidas durante la dictadura militar: ese hijo de puta de Videla parecía el mismísimo demonio. Y, para cerrar con la cereza sobre el delicioso helado, se escucha en el último track del último disco una pieza para los nostálgicos: Seminare, de Serú Girán. Por supuesto, comentar esta canción está de más.

¿Y qué resultado dan las sumas y las restas? Pues uno solo: únicamente hay sumas. Y, para el cierre, quiero dar una frase que me despierta el disco en mención: en el arte, como en el mundo del vino y de los argentinos, los néctares maduros dan siempre un buen producto.

Julio Meza Díaz

You Tube y sus servicios:




domingo, 30 de marzo de 2008

Disco: A talonear! (2007)

Grupo: El Tri (México)

Lo que voy a decir es casi un pecado para mi grupo de amigos adictos a la buena música: me encanta El Tri. Lo sé: es un grupo demasiado comercial, en términos artísticos sus composiciones son pobres, la voz es inaguantable como la fricción de dos hierros oxidados, y su actitud rockera es tan anacrónica que incluso sus ingenuos ropajes generan más ternura que excitación. Pero hay algo que debo agregar a favor de esta banda mexicana: Alex Lora y compañía, con sus virtudes y defectos, han trazado algunas canciones muy efectivas, que aún se siguen coreando en fiestas y conciertos. Y, como si lo anterior fuera poco, han logrado algunos imposibles para muchos rockeros: ser escuchados, admirados y, sobre todo, queridos.

Con casi tres décadas en la brega, El Tri ha publicado A talonear, su más reciente disco, que es un conjunto de diez canciones que, para los fanáticos, será melodía deleitosa en sus oídos y, para los críticos ortodoxos, será más de lo mismo. ¿Mi postura? Pues me colocó en un punto intermedio. Es cierto, lo expuesto en esta producción es semejante a lo que, en el pasado más reciente, ha sido el estilo guerrero del Tri. Pero eso no significa que sus actuales composiciones sean malas. Pues, como cualquiera con buen gusto diría, los tracks de A talonear tienen un brillo propio y rotundo.

El disco comienza con A talonear, que abre con un puñado de gritos y sonidos guturales que dan una buena pista de lo que serán los minutos siguientes: rock and roll del más fuerte y puro. Las guitarras, estridentes y distorsionadas; la batería, enérgica y cómplice; la voz, acerada y ronca; todos los componentes suman para dar cabida a un tema poderoso como el estallido de un misil. La letra dice: “Hoy es uno de esos días / en que no tengo ganas de hacer nada / quisiera quedarme acostado / tocando la guitarra / pero tengo muchas deudas / y muchas preocupaciones / así que más me vale ponerme ya a talonear”. ¿El tocar música como puerta de escape de una realidad cruda? Al parecer, sí. “El talonear” o hacer rock, para esta canción, es la única manera de producir ingresos materiales. O, como dice un amigo idealista que recién empieza en el mundo de la composición, “se vive del rock o se muere por él”. Con la misma potencia, en Nunca es tarde, Alex Lora canta: “Vamos vagando sin rumbo / como animas en pena… nuestra visión es borrosa… señor danos la serenidad / para aceptar las cosas que no podemos cambiar / valor para cambiar las que podemos”. La presencia de Dios en las canciones de El Tri es continua. En sus discos previos, ya había presentado piezas con referencias a íconos de la cultura religiosa mexicana (la Virgen de Guadalupe, por ejemplo). Alex Lora es un compositor creyente que expone en sus trabajos sus necesidades y cuestionamientos de fe. Con una música más liviana, cercana a una suerte de balada dark, en Mañana, la voz de Alex Lora canta: “No te creas todas tus mentiras / no inventes mas pretextos / si tu quieres la puedes hacer / ahorita es el momento / en el que hay que echarle ganas”. En esta pieza, la lírica casi roza con el discurso de autoayuda, situación que, si bien para algunos es positiva, a mí me parece una concesión para las masas. Esto mismo se repite en Tenemos que hacer el amor, en el cual destaca un coro en verdad vergonzoso, que, sin ningún objeto estético, repite hasta el cansancio el mismo estribillo. El disco cierra con, quizás, la mejor canción: Qué padre es soñar. Ésta es una pieza melancólica con un discurso político optimista y hasta tal vez ingenuo, pero de una conmovedora melodía. Dice la voz: “Prefiero seguir soñando / que aceptar la realidad”. Excelente, sin duda.

¿Y es un buen disco esta última entrega de El Tri? Pues no será de lo mejor del rock mexicano, pero es destacable y, sobre todo, da luces sobre lo que es una vida de coherencia (es decir, la vida de El Tri) ligada al arte y, sobre todo, al rock and roll.
Julio Meza Díaz

Videos:




sábado, 23 de febrero de 2008

Disco: Boleto (2006)

Grupo: Bareto (Perú)

Una pregunta: si uno hace un grupo musical, ¿necesariamente tiene que hacer canciones? ¿O, prescindiendo de un vocalista, se pueden hacer únicamente piezas sonoras? Tal vez en estos devaneos existenciales se entregó la gente de Bareto antes de trazar su primera composición. Y, sin temor al rechazo, acaso se respondieron: queremos hacer música sin letra, música que comunica más con un La sostenido que con un verso estúpido y soso, música al fin y al cabo, que hace vibrar al que la escucha y hace sentir fuego vivo al que la ejecuta. Quizás se dijeron eso o quizás no. Pero de lo que estoy seguro es que atinaron en el blanco, y supieron guiar sus esfuerzos hacia un propósito creativo que sorprende por su iniciativa y agrada por su calidad. Por eso, no arrojo mis palabras al vacío cuando sugiero, a mi estimable lector / oyente, que, si quiere pasar un momento simpático, se ponga a oír el Boleto (2006) o el Ombligo (2005), ambas producciones de Bareto, que demuestran que no sólo de punk vive el hombre.

Pero bueno, antes de los elogios, pasemos a la crítica de rigor. Saquemos nuestro Boleto y comencemos un viaje por las intimidades sonoras de Bareto.

La fuga de Túnez abre el disco con unos sonidos cautelosos que, poco a poco, tras el ingreso de uno y otro instrumento, van describiendo una huída mágica por territorios ondulantes. Algo que se debe apreciar con atención son los instrumentos de viento, que parecen iniciar un diálogo cadencioso con los punteos de la guitarra eléctrica. En seguida, suena Bam Bam. Con la misma estructura musical, se da predominio al aparato de las seis cuerdas, tanto en su lado más agudo como en los vibrantes bajos. Algunas piezas después, le toca el turno a La del brazo, el que, a mi parecer, es el track más hermoso del álbum. Con una melodía tomada de una canción de Frágil, el emblemático grupo de rock progresivo peruano, Bareto desarrolla una elegante y sabrosa composición, que empieza con un tímido bajo, pero que fluye con un saxofón que parece una cometa en un apacible cielo celeste. Con la misma atmósfera que su nombre genera, Tarantino (nombre del talentoso director de películas como Reservoir dogs o Kill Bill) es una pieza sombría, que hace alusión a movimientos sospechosos, a pasos calculados pero desenvueltos con temeridad. Tarantino es, según mi parecer, la más dura de las ejecuciones de Bareto, dura en el sentido de un ritmo latino muy barroco. Por último, no puedo concluir sin comentar La calor, que, como su nombre lo indica con su equivocado pero sugestivo artículo (la), hereda mucho de la música selvática, sobre todo de los sonidos alegres y acalorados de Juaneco y su combo, los cuales, aún después de varias separaciones y muertes de sus integrantes, siguen tocando y alegrando la deliciosa selva peruana y alrededores.

Bareto, pues, hace pensar que nuevos aires corren en la composición musical peruana. Y hace pensar, sobre todo, que la buena música de ahora no necesariamente debe ser cantada, sino pregúnteles a los excelentísimos Bareto.
Julio Meza Díaz

Gracias a Youtube algunos videos:





viernes, 25 de enero de 2008

Disco: Vuelves en tu ley (2005)


Grupo: Jas (Perú)

Perú. Finales de los 80. En el campo, el terrorismo, encabezado por los asesinos de Sendero Luminoso, estaba en su auge sangriento. En represalia equivocada, nuestro ejército, enceguecido por la enfermedad de la violencia, se manchaba las manos con sangre de gente inocente. En las ciudades, el gobierno de Alan García demostraba que, cuando hay un mal manejo económico y corrupción enquistada en el aparato estatal, toda buena voluntad (así sea verdadera o fingida) termina hundiéndose en las profundidades de un desagüe maloliente. En medio de este panorama, Leusemia, una de las bandas subterráneas más importantes del Perú, demostraba que se puede hacer rock inteligente y desaforado sin recibir mayor apoyo que el que dicta la buena voluntad y los magros recursos. Por su lado, con el apoyo de las radios populares de por medio, Arena Hash, cuarteto comercial y con ligeros trazos de talento, dictaba cátedra sobre la manera de vender un producto musical a las masas necesitadas de distracción y momentos divertidos. Ubicados entre ambas agrupaciones, entre la creatividad musical de los subterráneos y la masificación de los comerciales, nació Jas, el grupo que, liderado aquel entonces por Sergio Cava (hoy, Fiorella Cava), sorprendió a Tirios y Troyanos, y se impuso con la fuerza de su música burbujeante y su líricas lúbricas.

Mueres en tu ley (1988) fue el primer disco de Jas y, a mi entender, el mejor que grabó dicha agrupación. Casi dos décadas después, Fiorella Cava se reunió con algunos de sus ex compañeros de banda, y re editó la mencionada producción, le añadió nuevas piezas, y la tituló, de manera muy certera, Vuelves en tu ley (2005). Yo, que tuve casi en mis manos el Mueres en tu ley (mi hermano mayor poseyó por unas semanas el casete allá por la década del 80), me veo obligado a ceñir mi crítica a lo mostrado en la re edición, pues mis comentarios se limitan a trabajos presentadas en los últimos años. Comencemos, pues, a analizar el disco en cuestión.

Demostrando que no han perdido el talento, Fiorella y compañía abren el álbum con Intensa Soledad, canción compuesta el 2004. Con la melancolía de los Voz Propia (quizás debido a la presencia de uno de sus ex integrantes: Boui), la voz se desespera señalando su trance espiritual. Dice: Intensa soledad / intensa de verdad. A continuación, se escuchan las canciones masterizadas del Mueres en tu ley, de entre las cuales, para los oídos menos acuciosos, destacarán Personalidad, Ya no quiero más Ska y Hubo en el mundo, que fueron hits radiales en la década del 80 y que, pese al transcurrir del tiempo, aún siguen sonando en las radios especializadas en el rock en español. Además de las piezas archiconocidas, con clara influencia de Soda Stereo (¿dígame, querido lector / oyente, en los 80, qué banda no tenía toques del trío argentino de marras?), influencia que, por cierto, se notaba tanto sonora como líricamente, se encuentran en el disco piezas emblemáticas como Nos vamos a divertir, en la cual, en medio de una atmósfera sinuosa, el cantante dice: “la diversión / fundamenta mi existir”. Con aires latinos (se debe señalar el coro agazapado y la trompeta aguda), en De vez en cuando, se repite: “A veces pienso / que hay que hacer el amor / sin mirar a quién”. Más adelante, en Secuestro mental, acompañado de un escenario sonoro relajado y elegante, la voz grita a los cuatro vientos que esta harto de su doble moral. Dice: “Estoy cansado de serte fiel / me tienes atrapado / me tienes anulado”.

Sin ninguna duda, las canciones que he mencionado son, para mi juicio, logros musicales de alto nivel. No obstante, hay en el disco dos joyas que, además de destacar frente al resto, me emocionan hasta el paroxismo: Piloto Adolescente y Me voy de aquí. La primera, con un órgano de trazos infantiles, un bajo lúdico y una voz rebeldona, tiene una lírica de transparente contenido adolescente. Dice la voz: “Sueña a través de las fronteras / es una forma de escapar / es una forma de volar”. Por otro lado, con tono irónico y del bajo lumpen, y con sonidos de sabroso tropicalismo, Me voy de aquí cuenta la única historia que se halla en el disco. Un joven es llevado a la comisaría por no tener documentos, y pasa allí la noche. El final, aunque previsible, no deja de robar una sonrisa al oyente, y pone en claro el talento de Jas para componer líricas ingeniosas.

Y bueno, qué importa si Sergio ahora es Fiorella, qué importa que hayan pasado tantos años. (Qué bueno, sin embargo, que la realidad nacional sea otra). Lo que importa es que, cuando se hace buen arte en cualquiera de sus formas, siempre se deja una huella que, aunque sea chica o grande, no se borra nunca.
Julio Meza Díaz

Algunas canciones gracias al You Tube:





jueves, 17 de enero de 2008

Disco: Dos Pájaros De Un Tiro (2007)


Dúo: Serrat y Sabina (España)

Es tal el aura bohemia de Serrat y Sabina que la primera vez que escuché Dos Pájaros De Un Tiro una fuerza invisible pero poderosa, que me hizo pensar que sufría de algún mal psiquiátrico, me empujó a vaciarme una botella de pisco peruano con la angustia de un sediento alcohólico anónimo. Ahora, sin embargo, que tengo la misma producción musical en mi cd player encendido, y mantengo las ansias controladas, sólo estoy brindando recatadamente con pequeños sorbitos de un vino semiseco que he robado del depósito de licores de mi padre. Pero bueno, iré a lo mío: ¿qué pienso de este trabajo sonoro? Pues que pudo ser mucho, tanto como el infinito número de estrellas que hay en los cielos, pero que únicamente consiguió algo mesurado, algo humanamente contable: un éxito que demuestra que el talento siempre brilla, como cuando, entre el carbón, destaca la luz blanquecina del diamante.

Comencemos.

Cuando supe de la existencia de Dos Pájaros De Un Tiro, concluí que era un buen proyecto musical, pues lo imaginé compuesto de tres elementos: a) la fuerza natural que dan las versiones en vivo, b) el juego de voces de dos talentos de estilo definido pero lúdico, c) y una reconstrucción novedosa de las clásicas canciones del dúo español; elementos que, unidos, según mi parecer, darían un excelente disco. ¿Encontré estos tres rasgos mencionados? Sí y, lamentablemente, no. ¿Cómo es eso? Es decir, hay dos, pero falta uno. ¿Pero por qué hablas de manera tan rara? Creo que es porque el vino se me está subiendo a la cabeza. ¡Ah caramba! ¿Es un buen vino? Claro que sí ¿No deseas una copita? Por supuesto… ¡Salud!

Volvamos al tema en cuestión. El elemento a), sin ninguna duda, está presente. A lo largo del disco, se escucha el rigor pasional de las gastadas pero emocionantes voces de Serrat y Sabina. El público, por otra parte, responde con una entrega desinteresada en el momento de los coros, y es tan vehemente que, en una oportunidad, da la sensación que obligara a los cantantes a alargar la pieza (escúchese Y sin embargo). El punto b) también se encuentra en la producción. Serrat y Sabina, pese a tener diferentes registros vocales, combinan de forma elegante sus gargantas y logran una mixtura que, entre carrasposa y despejada, entre melancólica y feliz, es un dulce regalo para el oído del público. El elemento c), sin embargo, es la pata que le falta al disco para que ande con desenvoltura. Serrat y Sabina no aportan nada nuevo a sus clásicos musicales, y, peor aún, a ratos es tan pobre el manejo de la producción musical que el único detalle que diferencia las canciones de uno y otro autor es que, cuando suena una pieza de Serrat, hay acompañamientos de trompetas y, cuando se desarrolla una de Sabina, se escuchan guitarras y piano. ¿Demasiado simplón, no crees, estimado lector/oyente?... ¿Que qué? ¿Qué no deje de brindar? ¡Pero por supuesto!… Comencemos con otra botella, por favor… ¡Y salud!

¿Y qué canciones recomiendo? Bueno, entre muchos hits, indicaré solo tres, que destacan por su gran calidad lírica y musical.

Princesa. “Entre la cirrosis y la sobredosis andas siempre muñeca”. Este es el primer verso, y lo dice todo del personaje central. Quién haya sido alguna vez “el perro” de una princesa, sabrá que esta canción no sólo es bella, sino que dice una verdad: uno no puede pasarse la vida pagándole la fianza a una princesa.

Tu nombre me sabe a hierba. La melancolía de quién ha dejado el campo por amor. El querer como el combustible de la voluntad. La celebración de la tristeza o la sublimación del dolor.

Pastillas para no soñar. “Si lo que quieres es vivir 100 años, no pruebes los licores del placer”, dicta el verso que abre esta canción, y nos da la única receta para combatir la muerte: el humor.

Ya voy en la tercera botella de vino, y aún el disco no termina. ¿Quieres que termine? No. Pero, ¿quién eres tú? ¿Por qué me conversas? Yo soy tú. Pero caramba, ¡tan borracho estoy! Sólo resta hacer algo entonces. ¿Qué? Brindar… ¡Salud!

Y sabes, mi querido lector / oyente, mientras bebo conmigo mismo, y compruebo que escuchar a este dúo español no sólo me ha producido alcoholismo, sino también locura furiosa, debo concluir esta reseña afirmando que Serrat y Sabina son unos cantautores talentosos, los cuales han hecho un disco con defectos, que, como dije más arriba, muestra que entre los errores y horrores de carbón, hay un diamante musical que brilla hasta el deslumbramiento, y seguirá brillando como todo gran logro artístico.
Julio Meza Díaz

Youtube y tú:











jueves, 13 de diciembre de 2007

Disco: Manifiesto (2006)


Grupo: Voz Propia (Perú)

Con más de dos décadas moviéndose en la escena underground, Voz Propia llegó a una de las cúspides de su masificación, cuando obtuvo el 2006 la nómina de mejor grupo de rock nacional, según una encuesta realizada por el diario El Comercio. ¿La razón de este nombramiento? Pues su última producción: El Manifiesto. ¿Estoy de acuerdo con este galardón? Para dar una respuesta adecuada, primero tendría que haber oído todos los discos de rock peruano del año que pasó. Y, como soy ocioso, me limitaré solo a prestar atención a lo hecho por Voz Propia.

Empecemos.

Aunque lleva un título que pareciera anunciar música panfletaria o la presentación de una novísima corriente dentro de la escena del rock local, El Manifiesto es un disco de rock que no apuesta por una postura política clara (en términos criollos, no es ni chicha ni limonada) ni da la dirección de un reciente camino musical. Veo pues, que este disco de Voz Propia, por lo menos en un principio, es un embauque. Y, lamentablemente, a medida que voy avanzando en el acto de escuchar las canciones, voy descubriendo que el resto de la producción es de la misma calaña: un timo tras otro. ¿Por qué? Pues El Manifiesto no está a la altura de varios de los discos de Voz Propia (por ejemplo, Los días y las sombras, Ave de paso o Hamlet) y me da la impresión que me han vendido un cd de un grupo en el cual canta a veces Miguel Ángel Vidal, pero en el que no se nota un esfuerzo por buscar una mejora sonora.

Ya lejos de su característico sonido dark, Voz Propia suena, por momentos, reposado o, más bien, cansado como un viejo que sufre de artrosis. Esto se nota en el primer track del disco: Invisible. Con unas guitarras simplonas y una batería menos potente que un tambor de fiesta infantil, el cantante bota con desgano la sosa historia de un hombre invisible. Sin el menor entusiasmo (pues si hay una forma de expresar la mediocridad de manera musical, Voz Propia la halló en esta canción), la pieza termina como invitando al sueño o al hecho de apagar el cd player. Pero no me dejo vencer, e insisto. A continuación, el despliegue musical no mejora. En El flechado, me encuentro con el mismo esquema: la voz de Miguel Ángel Vidal que canta como si no lo quisiera hacer, una batería sin la menor audacia y una guitarra que se pierde en punteos indescifrables, que parten bien pero que acaban perdidos en secuencias tontas y chillonas. Lo único rescatable: el órgano. Y es rescatable quizá porque no se deja escuchar del todo. En la misma línea siguen: Monocarbono, Terrible Melodía (que, por cierto, es literalmente terrible por lo mala que es), El club de la pelea y La canción sin fin (que, gracias a Dios, en un momento termina). Mención aparte merecen A lo lejos y Gigoló. Cantadas por Ramón Escalante, dan la impresión que pertenecen a otro disco o, peor aún, que son de otro grupo. Hay que recordar que es bueno el cambio y la búsqueda de nuevas estéticas por parte de las agrupaciones de rock, pero esto no se debe llevar al extremo. En A lo lejos y Gigoló, Voz Propia suena a una suerte de mezcla de punk y música adulto contemporánea. Cosa que no me sorprende, pero ¿estarán a gusto sus incondiciones de escuchar semejante incongruencia con las posturas de dicho grupo en los años 80? Habrá que esperar la opinión de los mencionados.

¿Algo rescatable? Sí. Un grupo con talento siempre tiene algo bueno que ofrecer. Y eso hace Voz Propia con Lentes Amarillos. Con guitarras que están atrapadas por una rapidez desbordante, la voz declara que ante el cielo gris ha encontrado una solución: usar lentes amarillos. Sin duda, esta pieza es lo mejor de El Manifiesto.

¿Y es el mejor disco del 2006? Me parece que no. En aquel año, la producción nacional dio a luz a muchos cd rescatables y de calidad artística superior a El Manifiesto. ¿Mejorará Voz Propia? Pues habrá que esperar. Quizás nuevos vientos soplen en su vida creativa y termine en buen puerto o, por el contrario, acabe encallado en una playa de piedras filudas.

Julio Meza Díaz

You Tube y lo nuestro: